Jorge Eduardo Arellano
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Este artículo corresponde a la entrega número 750. En hojas de calendario, significan catorce años, seis meses y dos semanas de su publicación de forma ininterrumpida. Siempre aquí, en Opinión de EL NUEVO DIARIO. En esta misma página, la cual, no necesito decirlo para ser comprobado, es la más pluralista de cuantos diarios han existido en Nicaragua.

Esta jornada de 750 semanas continuas quizás sólo sea vista como una muestra de disciplina, pero es también una muestra de voluntad, aunque, al fin y al cabo, voluntad y disciplina tienen mucho en común, cuando ésta no es resultado de una imposición. Y es, además, ¿por qué lo voy a ocultar?, una necesidad para el mantenimiento activo de la mente y el cuerpo a una edad que, si nos atenemos a las estadísticas sobre las expectativas de vida en nuestro país, hace ya muchos años el autor debía estar en “el otro barrio” o, cuando más, cebando la senectud en un ocio improductivo.

Estoy, entonces, haciendo horas extras. Y mientras no ocurra en próximas horas o próximos días “aquel” inconveniente fatal, del cual casi nadie quiere acordarse, pronto agotaré el 79 por ciento de un centenar de febreros. Entonces sentiré, supongo, como si hubiere llegado a una meta que nunca me propuse, aunque nunca me parecerá mal haber llegado. Y si llegare a completar el porcentaje dicho, a partir de entonces no me será fácil dejar de pensar, no en “el inconveniente fatal” (que es mejor seguir fingiendo que lo ignoramos), sino en que ya estaré muy lejos del día cuando nací. Y es tan inútil que me haga la ilusión de llegar al próximo lunes 11 de febrero de 2030, como imaginar el retorno al pasado miércoles 11 de febrero de 1930. Es la duda razonable de no poder ir muy largo hacia adelante y la seguridad de lo imposible de volver hacia atrás.

Sé que a ninguna edad es conveniente desesperarse. Me imagino cuánto me hubiera desesperado si de joven me hubiese propuesto llegar a sentir sobre mi piel el calor del sol del Siglo XXI. Aunque sí, pensé y mucho, en cómo sería de avanzada la vida social en este siglo. Ni qué decir que he pensado en balde sobre los cambios sociales que, en justicia, ya deberían haber sucedido en este nuevo siglo. Pero todavía no se ven. Me satisface sí, no haber querido esperar que llegaran como regalados, sino que pretendí –aun consciente de mis limitaciones—, contribuir al adelanto de sus partos. Pretensión de joven soñador que aún no la cura la vejez, pues todavía sueño, pero no pretendo poder hacer nada importante para verlos concretados.

De los 65 años que mal que bien, y seguramente menos bien, he dedicado a esa pretensión, más de la mitad han sido a través de un periodismo de denuncias contra el régimen político, ataques a las injusticias del sistema social, críticas a sus defensores, defensa frente a los adversarios y divulgación de ideas, creo yo, socialistas.

La revolución de 1979 me la imaginé lo más parecido a un escenario en donde se le podría ver, al menos, el contorno real a la utopía. Y al tratar de probarlo escribí 14 años. Pero no pudo ser. No me ha sido ajena la frustración por ello, pero sólo respecto a hechos puntuales. En cuanto a los sueños básicos de liberación, justicia y progreso social, aún no puedo evitar el optimismo.

No le hago campo a la frustración total, porque pienso que sentirla y cultivarla es como un íntimo y sugestivo medio con el cual la persona se autoconvoca a justificar de previo su mala tentación a seguir por torcidos rumbos.


He escrito acerca de lo sucedido en los últimos 18 años, años que no han sido, precisamente, un aliciente para el optimismo ingenuo de antes. Menos después de haber visto derrumbarse las posibilidades de borrar las aberraciones de 45 años de somocismo, bajo el cual 40 años me tocó vivir consciente de que nuestro país era regido por una dictadura. Después de los diez años de la defensa de la revolución, y escribiendo sobre las esperanzas de que aún era posible hacerlo todo mejor, vimos y sentimos caer el techo sobre los sueños de liberación y justicia social.

Luego, escribí 16 años contra el reciclado sistema de dominación clasista del somocismo de los gobiernos neoliberales, sin dictadura militar, pero con dictadura social y económica en su plenitud, agravada con una corrupción de dimensiones descomunales. Ese período, fue como superar la prueba contra todas las arremetidas montadas por los industriales del individualismo.

Desde la conversión del FSLN en el orteguismo, con sus aletazos corruptos contra la ética revolucionaria de los primeros años noventa, y ahora, cuando con las armas sucias de la política tradicional ha recuperado el poder, han llegado a caudales los motivos para ahogar el optimismo. Pero más poderosas son las razones para no bajar el ánimo en la lucha contra las falsificaciones y los abusos del poder.

Durante el tiempo que hoy estamos rememorando, han quedado registradas mis opiniones en torno a hechos sucedidos durante dos de los tres gobiernos neoliberales, los últimos años del primero de la restauración burguesa del poder y dos años del comienzo de la falsificación orteguista. Aunque no han de valer mucho, son reflejo de mis convicciones (quien escribe es como un buen padre: no malquiere a sus vástagos, sólo los corrige).

He tratado de superar el sectarismo, sin debilitar la convicción, de aprender a ser tolerante con quienes son portadores de otras ideas, pero no con quienes negocian con ellas. He procurado no abordar temas cuya esencia desconozco, y no me gusta cometer la ingenuidad de aconsejar a ningún político acerca de lo bueno que debe o podría hacer, le hago crítica siempre que lo hace mal. Nunca he encontrado motivo ni creo poderlo encontrar, para escribir algo complaciente para ningún político en busca de lograr algo personal, cualquiera que sea el político, así ostente todos los poderes.

Aquí está el último producto de estas convicciones y, mientras pueda seguir burlando “aquel inconveniente fatal”, otros los tendrán en sus manos los próximos martes que sean posibles. Esta confianza no es casual. Y soy justo al decirlo. Sin la existencia de EL NUEVO DIARIO, por las razones que se desprenden de lo que aquí he dicho, no hubiera podido publicar mucho, o quizá nada, en otro medio de comunicación.

Eso no sólo lo sé yo. Lo saben también los amigos y los no amigos. Porque END no es un hecho fortuito. Es resultado del mismo proceso de lucha del pueblo por la libertad. Tampoco su política editorial pluralista es casual, sino una conquista permanente de todos: editores, periodistas y lectores. Con su nacimiento, ya muy próximo a cumplir 29 años, se confirmó como hito de la nueva etapa del periodismo nicaragüense.

(Y disculpen si recargué un poco este artículo con referencias personales).