Jorge Eduardo Arellano
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Desde la época de los filósofos griegos, la política ha sido entendida como la búsqueda del bien común. El Diccionario de la Real Academia define la política como el “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los estados”. En las ciencias sociales siempre se ha entendido la política como una actividad cuya finalidad es el bien público, o sea el bien de la colectividad.

Durante la crisis que se dio en la Asamblea Nacional, superada por el inmoral “dando y dando” entre los caudillos del FSLN y el PLC, se han escuchado opiniones de algunos de nuestros políticos acerca de la manera como ellos entienden la política. Uno de ellos, sin inmutarse, dijo que “política es obtener resultados”. En otras palabras, alcanzar lo que se pretende sin reparar en los medios. A este ejemplar político sólo le faltó decir que su libro de cabecera es “El Príncipe”, de Maquiavelo.

Otro político vociferó que en política “hay que actuar con inteligencia, con visión”. De lo contrario, solo se cosecharán fracasos. Pareciera que para este político obtener lo ambicionado, a costa de sacrificar a toda una nación, anteponer su interés personal a cambio de dañar a todo un pueblo permitiendo que la dictadura avance en su control de todos los Poderes del Estado, es ser un político “inteligente y visionario”. Tan inteligente y visionario que ahora la influencia del partido de ese político, partido sacrificado también en aras del interés personal del caudillo, quedó muy disminuida en la Asamblea Nacional.

Los últimos acontecimientos nos han permitido apreciar hasta dónde ha llegado la degradación del ejercicio de la política entre nosotros y cuan distante se encuentra la praxis de nuestros políticos de lo que se entiende por bien común.

A estos señores correspondería advertirles que política no es el ejercicio calculado de la abyección a cambio de prebendas y regalías. Política no es conseguir una sentencia absolutoria a cambio de entregar un Poder del Estado más a la dictadura. Política no es “obtener resultados” sin importar ni el honor ni los intereses del país. Eso, en todo caso, no es la política que definieron hace más de dos mil años los pensadores griegos. Es más bien, la “política fangosa” que abominaba nuestro Rubén Darío.

“Moral y luces son nuestras primeras necesidades”, clamaba José Martí. ¡Qué carentes estamos ahora en Nicaragua de ambas cosas!. Ha llegado el momento de recuperar cuanto de decencia política hayamos perdido. A esos señores, que se dicen “políticos”, convendría recordarles la lapidaria frase de Abraham Lincoln: “Usted puede engañar a todo el pueblo en algún momento y a algunas personas todo el tiempo; pero usted no puede engañar a todo el pueblo todo el tiempo”.

Políticos como los que vimos actuar en las semanas anteriores no son los que necesita nuestra desventurada Nicaragua. Eso no fue un accionar político, en el correcto sentido de lo que debe entenderse por política. En realidad, no fue más que una negociación espuria y prebendaria entre las cúpulas del FSLN y el PLC que dañó, de manera quizás irreparable, el prestigio del Poder Ejecutivo, el Judicial y la propia Asamblea Nacional.

La tesis de que la Política es una actividad ajena a la moral, donde lo único que cuenta es el acceso al poder y su uso para acumular riquezas e influencias, es rechazada hoy día vigorosamente por los politólogos, convencidos de que la política debe estar regida por la ética y que su fin último no es el poder por el poder mismo sino el servicio al bien común.

La revalorización ética de la política llevaría a la ciudadanía a recuperar la credibilidad en la política como una noble actividad y en los políticos como servidores de la nación. El político debe promover la ética en todo lo que atañe a la sociedad, a partir de su propio compromiso ético y su praxis política debe ser congruente con su discurso. Sólo así podría
ser un ejemplo de lo ético para la sociedad
de la cual forma parte. Elegir el camino de la política es elegir el camino del servicio al pueblo, sin anteponer jamás sus propios intereses.

Si bien la acción política busca alcanzar el poder, cuando ella está inspirada en principios éticos la búsqueda del poder no se agota en el poder mismo sino en la capacidad de dar respuestas adecuadas a las demandas de la ciudadanía, en el contexto de un pleno respeto a los derechos humanos.