Jorge Eduardo Arellano
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La colonización española no cumplió su misión histórica respecto a la necesidad de fomentar una cultura y conducta cívica, tolerante y de respeto a las ideas, formas de pensar y actuar de los demás. No podía hacerlo porque la conquista tuvo su fundamento en la violencia, imposición, terror, muerte, miedo, persecución y toda suerte de desgracias que hizo polvo todos los elementos económicos- sociales y culturales de nuestro período Precolombino. Independientemente de la organización y puesta en práctica del gobierno municipal a través de los cabildos, los colonizadores españoles, tal vez por el mismo atraso de España entonces no avanzaron en la forja de conocimientos políticos-culturales en nuestra sociedad que desembocara en una práctica de valores éticos, morales, cívicos y culturales necesarios y fundamentales para la armonía y la convivencia política –social. En otras palabras, no forjaron el andamiaje jurídico-político-organizativo que moldeara una sociedad política para el desarrollo y bienestar. Su herencia, en este sentido, fue la anarquía heredada por los grupos políticos independentistas y posteriormente, timbucos y calandracas. Hito histórico fue la Revolución de Zelaya, opción de desarrollo económico –social, político y cultural frenado por el anarquismo interno propiciado por ese elemento exógeno que ha hecho mucho daño a Nicaragua: la política intervencionista y militar de USA.

Esta inestabilidad y anarquía política gestó la lucha heroica, abnegada y desigual del General de Hombres Libres, quien pagó con su muerte esta osadía. No obstante, la semilla germinó y, años después de su paso a la inmortalidad, un grupo de jóvenes abnegados e idealistas organizaban en los márgenes del Río Patuca (Honduras) el FLN, llamado posteriormente FSLN, por el conocimiento que Carlos Fonseca tuvo de la gesta heroica de el niquinomeño, el heroico general.

Durante los años de combate a muerte contra la dinastía somocista, la anarquía política estuvo siempre presente. De ahí los pactos del somocismo; el pacto de los generales; el Kupia Kumi, etc. Posterior al triunfo revolucionario, el anarquismo, producto de la oposición de la iglesia y las fuerzas reaccionarias (Cosep, Conservadores) aliados al imperialismo con su complicidad y apadrinamiento, socavaron la joven revolución, profundizando la anarquía, hasta llevar al país a una guerra civil que ocasionó grandes daños en la economía, pero sobre todo en la sociedad.

En 1990 se produce un fenómeno político – cultural de gran trascendencia para el país: el traspaso del gobierno del FSLN a la fuerza reaccionarias de la UNO encabezada por doña Violeta y el otrora poderoso Toño Lacayo (el yernísimo). Esta acción constituye el comienzo de una nueva etapa. Un cambio de época. No una época de cambio. Es el respeto a la decisión del pueblo. Es comenzar a dejar atrás la anarquía, la cultura de la violencia, de los cuartelazos, de la imposición y exclusión, por la cultura de la tolerancia, el respeto de las ideas, la cultura de la paz, el diálogo y el entendimiento por cauces civilizados. Sin embargo, las fuerzas derechistas perdieron esta visión ya que durante 16 años no fomentaron el Estado de Derecho. Se dedicaron a la persecución de las ideas del sandinismo; desmantelaron la educación, la salud y la seguridad social: Fomentaron la exclusión, el revanchismo, la intolerancia, el menosprecio y la explotación de los sectores medios, populares y el campesinado.

Fomentaron la cultura del robo y el latrocinio.

Actualmente el FSLN tiene la oportunidad de fomentar, forjar y desarrollar las concepciones que propicien el inicio de este cambio de época en nuestro país. Es decir, que la cultura del civismo, de la paz, la tolerancia, la inclusión, el diálogo y el respeto a las ideas, entre otros elementos, es parte consustancial, patrimonio, legado de la Revolución Popular Sandinista. Combatir la anarquía no sólo con los instrumentos coercitivos sino con el fomento de los valores éticos, morales y cívicos, es fortalecer la democracia participativa. Lo anterior es posible a través de un amplio diálogo y concertación de todas las fuerzas políticas y expresiones de la sociedad organizada, que conlleve a una amplia reforma a la Constitución Política así como al Estado en general.

Las reformas constitucionales deben gravitar sobre proveer armonía, equilibrio de poderes y estabilidad social. Una Constitución fuerte, armónica en base a los principios señalados por Montesquieu (teoría de pesos y contrapesos), es la base para desterrar, de una vez por todas, ese cáncer que está matando gradualmente a nuestra sociedad: la anarquía.

Nuestra historia está marcada por la existencia de varias constituciones acorde a los deseos e intereses de los gobiernos o cúpulas políticas existentes en determinados períodos de nuestra historia. Esto constituye el origen de la anarquía, de la inestabilidad política y la falta de fomento del Estado de Derecho.

Las condiciones actuales demandan la búsqueda de opciones que detengan la futura libanizacion del país. El FSLN tiene la oportunidad de modernizar el país. Avanzar en el fortalecimiento del Estado de Derecho, el fortalecimiento de la democracia, el cambio de mentalidad, desterrando la estructura mental de intolerancia y exclusión para edificar la Nicaragua prospera, moderna, incluyente y democrática, debe estar en el centro de las negociaciones de la necesaria reforma constitucional.


*Periodista, docente UPF, graduado en ciencias sociales en la ex – RDA.