Jorge Eduardo Arellano
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Esta mañana seguían conversando sobre El cielo llora por mí, de Sergio Ramírez, y Caresol insistía en poner un ejemplo de la sagacidad de doña Sofía, a quien recordarán como una infiltrada en la novela. “Es tan genial, repito, como Watson –a lo que éste creyendo que se refería a él, movió vanidosamente su rabo cada día más pelón– y su importancia, como ha señalado en sus infaltables notas al margen ese gran adicto a la lectura que es Manuel Obregón, supera las expectativas del propio autor. Para muestra un botón –dijo tomando con entusiasmo el libro y citándolo en una página que ya llevaba señalada: «El inspector Morales pretendía arrancar el tape para abrir la caja, pero doña Sofía, que aseaba ahora de manera concienzuda la oficina, dejó el lampazo y vino en su ayuda. Sacó una navaja del bolsillo de su nagua, escogió una hoja mediana, y con toda suavidad partió el tape a lo largo de la abertura de la tapa.» Se trata nada menos –aclaraba con entusiasmo Caresol– que de la evidencia del crimen central de esta novela. Así que prosigo citando: «El inspector Morales extrajo, de primero, la camiseta. Doña Sofía acercó la cabeza para examinarla de cerca. Era una camiseta color celeste, sin mangas, con abundantes manchas marrones. –Al dueño de esta camiseta le dieron un balazo en la cabeza –dijo Lord Dixon–. La tela no tiene ningún orificio ni rasgadura. –¿Por qué el muerto va a ser necesariamente el dueño de la camiseta? –dijo doña Sofía–. Si es que hay muerto. El inspector Morales miró a doña Sofía como si fuera a reprenderla por su opinión, pero más bien le pidió que se explicara. –A nadie que maten de un balazo en la cabeza se van a preocupar los asesinos de quitarle la camiseta ensangrentada –dijo doña Sofía.» ¡Pero si eso es elemental, mi querido Watson!”, gritó un eufórico Caresol al tiempo que se agachaba para, agarrándolo de sus orejas, estampar un sonoro beso en la cabeza de un desconcertado Watson.

Los otros caminantes estuvieron de acuerdo con el poder de deducción investigativa de doña Sofía, pero recordando la plática de la semana pasada, el de Managua y el de Masatepe, el diablo sabrá con qué aviesas intenciones, dijeron no relacionar con personaje de la vida real alguno a la hermana Aparecida. Así que pidieron a Caresol que ya que andaba con el libro de Sergio a tuto, les citara el párrafo predilecto de doña Sofía. Con inusitada rapidez, el inocente de Caresol encontró la cita y la leyó: «La hermana Aparecida vestida de color ciclamen, flaca y demacrada, agitaba sus abundantes pulseras al alzar los brazos, y llevaba cargados de anillos todos los dedos. A sus espaldas, sobre un telón de abigarrados colores, se destacaba el emblema de su iglesia, una inmensa mano abierta con un ojo en medio.» El de Managua y el de Masatepe se miraron entre sí haciéndose los sorprendidos, y el de Managua dijo con tono de niño desconcertado: “¿Será la niña Miriam Argüello? No, la verdad no lo creo, pues la niña Miriam no es flaca ni usa tantas pulseras”, fingió corregirse. El de Masatepe lo secundó en forma y fondo: “¿Será la María Fernanda? No, no, no –aparentó rectificar–, la María Fernanda es tan sólo una de las jefas de la Mafia Roja; en cambio a la que se refirió doña Sofía, y aclaremos que no se trata de doña Sofía Montenegro, es una hermana Aparecida, jefa indiscutible de la Mafia Rosada. Ahora bien, si usamos la capacidad deductiva de doña Sofía, fácilmente concluiremos que la respuesta está en el centro del ojo en medio de la mano abierta, emblema de la iglesia de la hermana Aparecida.”

Con tan brillante conclusión, el de Masatepe había dejado en ascuas a Watson, Caresol, Currie y Sanjinez, quienes por supuesto no acababan de entender aquello. Fue entonces que Watson, descubriendo la trampa para bobos que el de Managua y el de Masatepe les habían tendido, decidió vengarse y entrar al juego: “Yo más bien creo –dijo en un tono doctoral que le iba como anillo al dedo– que hay que seguir el hilo del asunto a través de la historia de la Mafia Rosada y así desentrañaremos el misterio del ojo en medio de la mano abierta. Recordemos que en el Año del Caballo de Fuego, gobernó doña Violeta; que en el Año de la Rata Negra, lo hizo Alemán; que en el Año del Dragón Rojo, lo hizo Bolaños; y que en el Año de las Ladillas Rosadas, lo hace Daniel. He ahí la clave, pues si seguimos la ruta de las rotondas de los rezadores, encontraremos oraciones y pistas rosadas. Más allá, seguiditos, rótulos rosados proclamando la eternidad del caudillo rosado. En el Consejo Supremo Electoral se encuentra un magistrado inmensamente gordo y rosado. Las cloacas están llenas de rubores rosados de los militantes de las paralelas históricas. ¿Ven? Es fácil, la Mafia Rosada domina y se conduce hacia la eternidad a través de los guiños del gran ojo. Las réplicas del ojo están en las manos de los del Consejo del Poder Ciudadano. El ojo verdadero hacia donde nos conduce la Mafia Rosada está en otra parte del cuerpo humano de cuyo nombre no quiero acordarme.”


luisrochaurtecho@yahoo.com