•  |
  •  |
  • END

Cuando en 1990 un desconocido -- al menos fuera de Managua--, Arnoldo Alemán, asumía con sus malas artes la alcaldía de la capital, también se reanudaba la incondicionalidad rentable de individuos de procedencias políticas dispares.

En la época de Somoza, los zancudos eran zancudos y los somocistas, somocistas. Había más “Coyotes” en la Roosevelt antes del terremoto, que mutantes políticos. Fue en los 90 cuando la alcaldía capitalina se volvió un raro laboratorio de lavados políticos, de extrañas transfiguraciones, de metamorfosis antinatura. La cucaracha de Kafka se les quedaba chiquita.

Alemán, como lo siguió haciendo en la primera mitad de los 90, alquiló respaldos de cualquier bando y a varias bandas, según la ocasión, de acuerdo a las oportunidades y los cooperantes necesarios de turno. El “caudillo” comenzó con unos concejales de la UNO y terminó arrastrando a la mitad de la otrora todapoderosa Dirección Nacional Ordene del FSLN.

Quedó bien claro, con la irrupción de Alemán, que la honestidad y la ética de los militantes del Partido Liberal Independiente, y de un Virgilio Godoy en particular, no conmovieron al votante promedio, y es precisamente la falta de luz de una sociedad lo que contribuyó a la “popularidad” del oscuro personaje: de nada valieron todas las denuncias formuladas en su momento cuando arrasó con la alcaldía.

Asistimos a uno de los primeros casos en la historia nacional, en que un político nada improvisado, lejos de ser una moneda en el aire, se da el lujo de lucir toda sus mañas y artimañas durante la administración municipal y aún así logra cautivar al electorado, empujados por empresarios y medios televisivos. Un diario local lo vendió, incluso, como a un súper héroe: el gran “Gordomán”.

Alemán no demostró nada nuevo a su paso por la presidencia. Como Somoza, se granjeó el apoyo de la alta jerarquía católica. Nunca fue un dechado de virtudes y el concepto de pureza en la administración pública fue el mismo que le recetaron sus héroes personales: los Somoza.

La santificación de Arnoldo Alemán no se explica sólo porque los magistrados PLC-FSLN hayan terminado el proceso de canonización. Su beatificación comenzó al final de la primera mitad de la última década del siglo XX: Conferencia Episcopal, Cosep, empresas de comunicación, analistas políticos conservadores, pues había “milagros” de sobra, comprobados, pero sobre todo disfrutados.

Si el “liberalismo” de donde proviene Alemán es el de los Tacho, es obvio que ha sido consecuente. Pero, sus socios, sus carnales, ¿han sido consecuentes con su tan glorificado paradigma, Sandino, asesinado por Somoza? El 19 de julio de 2005, el hoy Presidente Ortega, dijo que “durante el gobierno de Arnoldo Alemán se robaron más de 100 millones de dólares del pueblo”. La ex diputada Rita Fletes, del FSLN, llegó al colmo de afirmar con orgullo: “Alemán es ladrón, pero es nuestro ladrón”.

Macaulay en su ensayo de Historia, habla del peligro de las sociedades como la greco-romana, esta última admirándose a sí misma y, luego, a la helénica. Esto produce estrechez y uniformidad de pensamiento, sus mentes resultan consanguíneas y por ello fueron víctimas de la esterilidad y la degeneración, constata el historiador.

El ejemplo, tomado de las relaciones entre individuos de la misma sangre y parentela, podríamos aplicarlo a la unión de clubs partidarios: sus mentes al ser consanguíneas, engendran un producto nacional enfermo. Es el Estado parálisis, u, ocupando la definición del citado Lord, una sociedad petrificada. El resultado es abominable: Nicaragua, en manos de estos dos espejos, reproduce ad infinitum, un proceso degenerativo.

A través de las páginas fatales de nuestra historia, como dice Rubén, sólo se cambiaron los marcos de estos espejos: es la “democracia” de Somoza, que a su vez reflejó la “democracia” de los Díaz, de los 30 años conservadores, hasta la singular “democracia” de Walker, en un largo y tortuoso “viaje a la semilla” carpenteriana.

Por esto, antes de plantear una reforma constitucional, urge una reforma moral, donde la palabra recupere su valor, los héroes vuelvan a provocar aspiraciones patrióticas y no remedos electoreros, las instituciones dejen de ser los anómalos espejos donde se reflejen los intereses de gamonales narcisistas, las ideas florezcan y el cinismo desaparezca.

Una reforma moral nos garantiza que el desarrollo de Nicaragua dependa de las libertades ciudadanas, de la justicia y las oportunidades, así como nos advierte que la habilidad de los democraticidas consiste en la obstinada repetición del atraso: en la balanza funesta de nuestra historia, pesa más el triunfo personal de unos cuantos, incluido aduladores, que la tragedia del fracaso nacional.

Si no hay una reforma moral en el corazón humano --en mi caso, prefiero decir Jesucristo es mi jefe--, lo demás es más de lo mismo: la imagen tallada en piedra, de una hacienda del siglo XIX que ya abusa mucho, llamándose nación. Dios nos regaló un hermoso país para todos. No lo defraudemos más.