Jorge Eduardo Arellano
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En la edición del 7 de febrero de EL NUEVO DIARIO, escribe un señor, Andrés Pérez Baltodano, un artículo de opinión con el título “La calidad de una democracia”. En el cual, desde el mismo título, preanuncia el análisis de una forma de gobierno, desde una visión estática de la sociedad, fuera de la historia.

En efecto, Pérez Baltodano en dicho artículo se pregunta ¿cómo se evalúa la calidad de una democracia? Por lo que se deduce que para él hay un concepto de democracia, como una idea a priori, que se plasma luego en la realidad social, con distintos grados de acierto (que él confunde, además, con niveles de calidad). Estas características conceptuales, según él se pueden medir y evaluar con un método que nos dará a conocer, para que se hagan, luego, los ajustes correspondientes en la realidad. Se trataría, algo así, como de concebir un diseño estructural único para construir a voluntad una obra civil, sin preocuparse de la logística de los materiales, del capital necesario, de la mano de obra y de la funcionalidad práctica de la misma.

Como es lógico, cuando se exagera la prédica moral, como hace Pérez Baltodano, se pierde la capacidad de ver la realidad con el más elemental sentido práctico. Maquiavelo, sentenciaba algo parecido, con su lucidez proverbial: “aquel que deja lo que se hace, por lo que se debiera hacer, antes procura su ruina que su salvación”.

Veamos lo que escribe Pérez Baltodano de la democracia.

El concepto de democracia --dice Pérez Baltodano-- hace referencia a dos cosas. A Leyes, procesos e instituciones que funcionan para dirimir el conflicto político por el poder del Estado. Y a un consenso social que sirve de marco normativo a este sistema.

Estos consensos –aclara-- son expresión de una moralidad social que define la forma en que se balancean los intereses de los diferentes sectores de la sociedad. El consenso hegemónico expresa una moralidad que privilegia determinados intereses sobre otros. Una moralidad determinada por la ética cristiana, basada en el amor al prójimo, es la variable independiente que transforma al Estado y al mercado.

Desde la óptica de Pérez Baltodano, la democracia sería --por decirlo de alguna manera-- una envoltura ética.

De modo que para evaluar la calidad democrática --según afirma Pérez Baltodano--, se deben evaluar los procesos electorales y las leyes que regulan la lucha por el poder; la construcción de un orden socialmente legitimado y la moralidad del consenso en el que funciona la sociedad.

Si salimos del encierro escolástico de Pérez Baltodano y apartamos toda la telaraña de ilusiones idealistas que nos ha echado a los ojos, podremos ver libremente hacia la historia de la humanidad y comprobar que la moralidad cristiana ha servido a lo largo del proceso de desarrollo de la sociedad humana, como variable independiente que ha legitimado a las monarquías, a la opresión feudal, y al dominio y esclavitud de los pueblos de América. Por otro lado, los procesos electorales y las leyes han permitido el triunfo legítimo de Hitler y de Mussolini para acceder al poder formalmente; y sus regímenes han contado con el consenso mayoritario de la pequeña burguesía. Pareciera, entonces, que en la práctica, el método de evaluación de la calidad de la democracia, de
Pérez Baltodano, no sirve de gran cosa.

Pérez Baltodano, sin embargo, con aparente señal de triunfo en la mirada, preguntaría: ¿Pero, con qué moral se ha obtenido el consenso en los regímenes fascistas? ¡Ésta es la variable independiente decisiva para evaluar la democracia!
No es así. El carácter antidemocrático de los regímenes fascistas consiste en que reprime la organización independiente --y anula el resto de libertades políticas-- de las masas trabajadoras. Con cierta paciencia se debe mostrar a Pérez Baltodano la función práctica que, más bien, tiene la moral abstracta en la sociedad. No hay ningún régimen opresivo que no busque una justificación moral a su poder. La moral fundamentada en valores eternos, al margen de la historia y de las clases en lucha, fundamentalmente presta su concurso para frenar la acción liberadora de las clases oprimidas. Es decir, la moral sirve a la lucha de clases, y adquiere carácter de clase. Y es desde una perspectiva clasista que “balancea los intereses de los diferentes sectores de la sociedad”. No es –como pretende Pérez Baltodano- un demiurgo que cae como llovizna sobre la sociedad, que borra las contradicciones sociales y detiene la marcha de la historia.

La caracterización del fascismo no es moral, sino, política. Y su evaluación, como la de todas las formas de gobierno, incluida la democracia, no es abstracta, sino, concreta, a la luz de su acción específica en la lucha de
clases.

Del resto, ¿qué función cumple la ideología y la moral dominante en todos los sistemas políticos, sino es, precisamente, la de buscar el consenso de los sectores oprimidos? Por ello, lo esencial para el análisis, no es la moral, sino las bases materiales, económicas, del dominio político de un sector social.

La democracia no es un concepto etéreo, idealizado por valores eternos, de carácter moral, que la humanidad pueda forjar simplemente por consenso, en cualquier momento, como sugiere Pérez Baltodano. Es un régimen de gobierno, de carácter histórico, y que se corresponde no sólo con un determinado estadio de desarrollo de las fuerzas productivas, sino también con el nivel de conciencia y de organización de las distintas clases y sectores sociales y, por el nivel de confrontación y de contradicción de sus intereses. La democracia burguesa es el resultado de la lucha de los trabajadores por ampliar sus derechos como clase explotada, pero cuya estabilidad depende del control que la burguesía logre sobre los trabajadores para consolidar su poder económico, con el
auxilio de los dirigentes de los mismos trabajadores. De lo contrario, la propia burguesía pasará a formas más represivas de dominación.

Es decir, la democracia es expresión política de una dada correlación de fuerzas entre las clases sociales, en determinada circunstancia histórica. De ahí que la democracia no se defina como una forma de gobierno, vacía de un contenido de clase. La democracia griega era una democracia esclavista. La democracia actual es de carácter burgués, con base a instituciones legales, sindicales, policíacas y militares, separadas de los intereses de las masas, cuyo fin es el de garantizar el orden y los intereses de la burguesía, a despecho de la moral cristiana.

La calidad, como categoría dialéctica, define la esencia de la totalidad del orden contradictorio de la sociedad. La democracia burguesa se transformará en democracia proletaria, precisamente, como producto de un salto de calidad, que hoy se encuentra presente y se gesta en los avances cuantitativos de la clase progresista, que representa el desarrollo revolucionario dentro de la contradicción de la sociedad burguesa. De manera que la calidad de una determinada democracia se define por su carácter de clase. Y, en consecuencia, no la moral, ni el consenso, ni los procesos electorales, sino, el carácter del Estado, sus instituciones represivas y el
poder de las clases en ese Estado, es lo que define la calidad de la democracia.

*Ingeniero Eléctrico