Jorge Eduardo Arellano
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El proceso del contexto actual no ha hecho otra cosa que poner en evidencia de una forma clara que los nicaragüenses nos encontramos en una total indefensión y bajo el control de un sistema unipolar. El binomio “derecha e izquierda” no es más que un mecanismo o método de usufructuar por estas elites políticas los cada vez más limitados recursos del estado.

El magistrado Herrera y otros han dicho que este sistema está pensado para sobrevivir a los últimos 30 años. Existe la concepción en los ideólogos de estos partidos que el pueblo no tiene memoria y que piensa con el corazón. Y se equivocan porque en las últimas elecciones municipales los índices de abstencionismo en algunas regiones han superado el 60 por ciento. Y en las elecciones presidenciales estos índices han subido y se vota por miedo al funesto pasado. Pasado que hoy es presente envuelto en una trémula crisis interna institucional, producto de pactos, repactos y repartos. El supernumerario cuerpo administrativo estatal está compuesto por vividores camaleones, obreros tránsfugas políticamente, que se representan a sí mismo y a sus partidos.

Bisabuelos y tatarabuelos muchos de ellos, momias burocráticas que han pasado los últimos 50 años viviendo del erario, pero aferrados como ácaros sanguinarios al poder. La mayoría de ellos son personas que ya terminaron su vida activa como padres o madres de familia y no le dan lugar a gente con nuevas ideas y vitalidad para trabajar. Son producto de la dedocracia y el verticalismo inflexible de sus partidos. Son además coparticipes de la ominosa pobreza que vive el pueblo, después de más de 30 años de latrocinio estatal que ha convertido a Nicaragua en el país más pobre de Centroamérica y el segundo más pobre de América Latina. Con un ridículo per cápita de 2,810 dólares al año, muy superado por Hondura el tercero más pobre que anda por 4,459 dólares al año, según datos del Banco Central.

Al pueblo no se le ha permitido tener remanso de prosperidad y hemos vivido de crisis en crisis, por eso no nos asusta la tal crisis mundial del capitalismo, si eso es ya común para los nicaragüenses. Qué pueblo es feliz sin estado de derecho, sin oportunidades de autorrealización y sin la oportunidad de hacerse sentir por medio del sufragio universal de escoger a sus gobernantes a través del voto. O viendo a cada rato a magistrados de su Corte de Justicia desgarrándose las vestiduras por mandato de sus jefes, para que logren sus propios beneficios y seguir dócilmente cumpliendo órdenes mientras los asunto del pueblo quedan en segundo plano.

Desgraciadamente parece que a los nicaragüenses nos ha tocado vivir de las sobras de la hacienda de los Somoza, y ahora de la hacienda de los Ortega-Alemán, y no en una república con todos nuestros derechos y garantías.