Jorge Eduardo Arellano
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Al priorizar la acumulación del capital en detrimento de los derechos humanos y del equilibrio ecológico, el capitalismo instaura en el planeta una brutal desigualdad social, además de promover la devastación ambiental. Hoy, el 80% de la producción industrial del mundo es absorbida por apenas el 20% de la población, que vive en los países ricos del hemisferio Norte. Los Estados Unidos, que tienen sólo el 5% de la población mundial, consumen el 30% de los recursos del planeta.

El patrón de consumo de la sociedad capitalista es insostenible y juega un papel decisivo en el proceso de cambio climático. Buena parte de ese consumo está reservado a prácticas ostentatorias de una reducida oligarquía. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, la suma de los ingresos de las 500 personas más ricas del mundo supera la de 416 millones de los más pobres. ¡Un multimillonario gana más que 1 millón de personas!
Según la revista Forbes, que se dedica a radiografiar a los dueños del mundo, esa gente suele pagar US$ 160 mil por un abrigo de piel, 3,480 por una docena de camisas de la tienda londinense Turnbull&Asser, o 241 mil en una noche en un centro nocturno de strip tease, como hizo Robert McCormick, presidente de la Savvis, empresa que monitorea los computadores de la bolsa de Nueva York. Y puede comprar también el auto más caro del mundo, un Bentley 728, que cuesta US$ 1 millón 200 mil.

Los muros de los campos de concentración del ingreso son demasiado altos para permitir la entrada de la multitud de excluidos. Pero son demasiado frágiles como para impedir el riesgo de implosión. Hay que buscar una alternativa al actual modelo de civilización. Y esa alternativa pasa necesariamente por el cambio de valores, y no sólo por el de mecanismos económicos.

Si el mundo gira en torno a la economía, y la economía gira en torno al mercado, eso significa que éste, revestido de carácter idolátrico, se mantiene por encima de los derechos de las personas y de los recursos de la Tierra. Se presenta como un bien absoluto. Decide la vida y la muerte de la naturaleza y de la humanidad. De ese modo los fines --la defensa de la vida en nuestro planeta y la promoción de la felicidad humana-- quedan subordinados a la acumulación privada de riquezas. No importa que la riqueza de unos pocos signifique la pobreza de muchos. Las cifras de las cuentas bancarias son el paradigma del mercado y no la dignidad de las personas.

El principio supremo de la ciudadanía mundial es el derecho de todos a la vida y, como enfatiza Jesús, “vida en plenitud” (Juan 10,10). ¿Cómo hacer eso viable? Cualquier alternativa deberá huir de los extremos que castigaron a una parcela significativa de la humanidad en el siglo 20: el libre mercado y la planificación burocrática centralizada. Ninguno de los dos subordina la economía a los derechos del ciudadano. El mercado merma las oportunidades, concentrando la riqueza en manos de pocos, y agrava el estado de injusticia. La planificación burocrática, aunque ejercida en nombre del pueblo, de hecho excluye de las decisiones y muchas veces restringe el ejercicio de la libertad. Ambos son incompatibles con el medioambiente y conducen al dramático proceso actual de calentamiento global.

Para superar esa disyuntiva urge que la lógica económica abandone el paradigma de la acumulación privada, para recuperar el del bien común y del respeto a la naturaleza, de tal modo que la ciudadanía se sobreponga al consumismo, y los derechos sociales de la mayoría a los privilegios ostentatorios de la minoría.

El Foro Social Mundial es una luz que se enciende al final del túnel, rescatando la esperanza de tantos militantes de la utopía que luchan contra un sistema que imprime al pan valor de cambio, como mercancía, y no valor de uso, como bien indispensable para nuestra supervivencia.

Repensar el socialismo supone no identificarlo con el régimen derribado por el muro de Berlín, así como la historia de la Iglesia no se reduce a la Inquisición. Si somos cristianos es porque el Evangelio de Jesús encierra determinados valores, como la naturaleza sagrada de toda persona, que sirven incluso de juicio condenatorio a lo que representó la Inquisición.

Una propuesta alternativa de sociedad debe partir de prácticas concretas en las que la economía política y la ecología se ayuden. Una de las razones de la brutal desigualdad social imperante en Brasil (75.4% de la riqueza nacional está en manos de apenas el 10% de la población, según datos del IPEA de mayo 2008) es la esquizofrenia neoliberal que divorció la economía de la política, y la política de lo social y lo ecológico.

La consolidación de la democracia y la defensa de los ecosistemas en nuestro país dependen ahora de la capacidad de enfrentar esta cuestión prioritaria: erradicar las desigualdades sociales. Preservación ambiental y superación de la miseria son inseparables.

Frei Betto es escritor, autor de “El amor fecunda el Universo. Ecología y espiritualidad”, junto con Marcelo Barros, entre otros libros.

Traducción de J.L.Burguet (7 de febrero 2009)