Jorge Eduardo Arellano
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¿Cómo fueron los detalles ultrasecretos del infamante arreglo para absolver a Arnoldo Alemán? ¿Quiénes participaron? Me muero de las ganas de saberlo, igual que ustedes. Somos curiosos por naturaleza y lo seguiremos siendo sobre todo ante hechos grotescos y brutalmente anonadantes como éste, en que la justicia y su principal institución quedan en vergonzoso entredicho, en una bancarrota moral difícil de remontar. ¿En manos de qué tipo de seres desnaturalizados estamos que son capaces de semejante ultraje a la Nación y de exponerse así, tan al desnudo, en su descomposición, ante toda la sociedad?
--Tenemos que lograr el control de la Asamblea a toda costa.

--Ya lo intentamos todo: riales, cargos, viajes, amenazas, embajadas, todo lo que tenemos, pero el Gordo no cede, está obsesionado con su caso.

--Entonces dale lo que quiere.

--Ideay, ¿qué te pasa Daniel, ¡cómo lo vamos a soltar!?
--No discutamos Payo, ya hablamos con la Rosario y Lenín, y todo está decidido, no podemos seguir perdiendo el tiempo.

Pensará lo que quiera la gente testiga del oprobio, podrá concebir éste u otros diálogos, unos conservadores, otros creativos y reveladores, pero en el fondo no se equivocarán. Conjeturarán sin tener que fantasear porque será sobre la base irrebatible de un hecho consumado, un hecho inaudito: Arnoldo Alemán fue absuelto de todos los cargos y ahora tranquilo está con sus ochenta millones de dólares robados y su sobreseimiento definitivo lujosamente enmarcado y colgando de la pared frente a su larga y ancha cama matrimonial desde la que, complacido, lo contempla antes de dormir y al despertar.

--Mirá Daniel, pero yo no me voy a dar color firmando esa mierda.

--Pues no firmés, ¡pero que salga ya! ese maldito sobreseimiento definitivo.

--Con todo respeto te advierto que ninguno de nosotros va a firmar.

--¿Y para qué te puse ahí entonces? Te recuerdo que ustedes son magistrados rojinegros.

--Sí, Comandante, pero todo tiene un límite.

--Entonces que firmen sólo ellos.

--Pero les va a faltar un magistrado.

--Pues arreglalo, inventate algo Payo, que vos sos bueno en eso.

Lo arreglarán, les ordenaron, y así lo hicieron: como por arte de magia en un dos por tres encontraron la solución en una complicidad permisiva vergonzante. En la llamada Corte Suprema de Justicia no se mueve un dedo sin los magistrados del Presidente Ortega, así que éstos tuvieron que “inventar” las condiciones para que, por su lado, los altísimos jurisconsultos del ex presidente Arnoldo Alemán pudieran cumplir con los procedimientos dizque legales, sin que nadie se les opusiera. Le dan la razón a Gabriel García Márquez en el sentido de que “la realidad es más fantástica que la imaginación”.

Y con sumo ahínco y febril diligencia montaron el circo. Una magistrada del Frente Sandinista se ausentó del país y muy solícitamente la repusieron con otro magistrado, pero, ¡sorpresa!, no fue uno del Frente, como correspondería, sino del PLC. ¡Qué generoso el FSLN! Cede no sólo un lugar, sino un voto, y ¡vaya qué voto! Ya no importaba que no votaran los otros honestísimos jurisconsultos, ya no importaba que votaran en contra los demás preclaros e íntegros tribunos judiciales. Ya estaban aseguradas las cuatro bolas blancas del premio mayor para sacarse el gordo o para sacar al Gordo. Crearon todas las condiciones, conveniencias y facilidades, y luego, con cinismo e hipocresía mal disimulada, pusieron cara de ¡yo no fui! --¡Fueron ellos!
La deprimente imagen destrozada de la justicia es digna de ser eternizada en una obra de arte pintada por Armando Morales, Róger Pérez de la Rocha, Alejandro Aróstegui o Bernard Dreyfus. Hasta Salvador Dalí se hubiera impresionado ante ese cuadro contradictorio y surrealista. La pintarían como una imagen de la doble moral, de la impudencia y el doblez; el engaño y el ultraje al pueblo desde la investidura imperativa del birrete y el mandil. La marrullería, la artimaña y la trampa, escondidos bajo un manoseado ropaje casi sacramental.

Mientras “limpiaban” al Gordo, la justicia era la viva imagen del agobio, cabizbaja, hundida en el sillón judicial, queriendo se la tragara la tierra para ocultar la terrible vergüenza, la artera traición. Como para una película con Marlon Brando como actor estelar, escribieron un excelente voto razonado y la Corte pagó para que lo publicaran los diarios, en el que no exculpan a Arnoldo Alemán, ¡al contrario!, lo hunden mil veces en los infiernos incandescentes con sesudos, certeros e implacables razonamientos, con argumentos jurídicos demoledores y rotundos, sin dejarle pasar ni una coma a sus embusteros leguleyos defensores, cobrándole todos sus pecados.

Por un momento pensé que irían a fondo y que, llenos de dignidad, anteponiendo cargos y conveniencias, se erguirían por encima de la corrupción y la decadencia moral que privan en las clase política, para denunciar el perverso contubernio de sus dirigentes partidarios-gubernamentales, pero no, ¡qué va!, no pasaron de las huecas palabras desaprobatorias de la sentencia, porque, de haber sido en verdad consecuentes con sus propios e irrebatibles argumentos, habrían rechazado con todas las fuerzas de su alma esa perversa operación política ejecutada sin el menor rubor por la cúpula gobernante y la dirigencia del Partido Liberal Constitucionalista, que ha hundido en la miasma a la justicia. Vanas ilusiones te hacías, ¡pobre iluso!
No se opusieron a la desvergonzada maniobra, no desvelaron ante la sociedad la trama, la compra venta, el tráfico de influencias, la impostura. Procedieron igual que los diputados aliados del Frente que admitieron el fraude electoral, pero no se alejaron ni un centímetro del socio y de sus cargos, que al fin de cuentas es lo que cuenta para ellos. Justificarán de mil maneras su proceder, pero el hecho es que ahí están junto a los que cometieron el mayor atraco electoral de la historia contemporánea de Nicaragua.

Después vimos en televisión al circunspecto René Núñez y a otros políticos del Frente y del PLC haciendo malabarismos, desdibujados, colgados de la brocha, evadiendo, tartamudeando, queriendo explicar lo inexplicable. Angustiados, en desequilibrio, al borde de la caída, por cada pregunta de los periodistas, inseguros caminaron descalzos sobre las brasas o los clavos afilados de la cama de un fakir. No es la primera vez que me pregunto.

*Editor de la Revista Medios y Mensajes
gocd56@hotmail.com