Jorge Eduardo Arellano
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No parece necesario perder más tiempo en diagnósticos: hace treinta años que el neoliberalismo dirige una pertinaz ofensiva política contra el Estado, dique legal de contención contra la obtención del máximo beneficio monetario con la mínima responsabilidad política…
Actualmente, el panorama resulta inquietante: el Estado ha sido profundamente debilitado allí donde, geográfica o socialmente, su concurso ha dejado de ser necesario para dotar de legitimidad a extracciones de la ganancia que, al aumentar desproporcionadamente las desigualdades sociales y geográficas, han terminado trufando el mundo de inestabilidades y el medioambiente, de amenazas.

El secreto de la victoria del capital sobre la fuerza de trabajo que subsiguió a la Guerra Fría no ha consistido tanto en una inversión tecnológica y ecológica responsables, como en una gestión financiera y en un dumping social cuyo lamentable corolario está siendo la recesión global a la que todos, sin distinción, nos estamos viendo arrastrados.

Hace meses que millares de exégetas --fundamentalmente mediáticos y académicos-- tratan de comprender y de explicar la genealogía de la crisis. Loable esfuerzo al que le suele faltar, empero, una pizca de claridad.

Suele obviarse, por ejemplo, que los discursos –todavía- dominantes suponen un fraude moral mucho mayor del que ha sido operado en los mercados financieros. De hecho -- como está quedando actualmente de manifiesto-- la ortodoxia monetarista, a pesar de su control disciplinario de las variables macroeconómicas, no conduce a la felicidad suprema.

A lo que en realidad estamos asistiendo desde la caída del Muro de Berlín, en 1989, es a un ciclo histórico de extinción de pretenciosas ideologías totalizadoras que –como el socialismo real primero y el neoliberalismo ahora- tienden a asumirse, no solo como la respuesta a todas las preguntas, sino como el mismísimo fin de la historia.

El problema político de fondo al que nos enfrentamos, la razón última de tan poca claridad, es que los enterradores de la utopía neoliberal están siendo sus, hasta hace poco, más acérrimos ensalzadores.

Nicolas Sarkozy, actual Presidente de Francia, constituye un buen ejemplo al respecto: ha pasado, en menos de tres años, de reclamar la necesidad de ‘rehabilitar el dinero’ y entablar una relación diferente con Washington a reivindicar una ‘refundación del capitalismo’ y a criticar a Estados Unidos.

Todavía es pronto para evaluar si la llegada de Barack Obama a la Presidencia de dicho país conllevará cambios radicales. De momento, los planes de rescate aprobados por sus predecesores ultraliberales (en principio, enemigos acérrimos de toda intervención del Estado) se fundamentan en una filosofía orientada a reflotar –con dinero público y de forma selectiva- a actores fundamentales de la crisis sin castigar, proporcionalmente, a muchos de los protagonistas de tanta inmoralidad.

El verdadero quid de la cuestión no reside en que las reglas del juego permanezcan inalteradas sino en que las trazas fundamentales del neoliberalismo siguen sin ser realmente cuestionadas.

Se supone que la Internacional Socialista (IS) es quien más debiera hacerlo y en teoría, en ello está. El problema es la inercia: hace tiempo que, en plena ofensiva neoliberal, dicha organización interiorizó una estrategia política defensiva (frente a las iniciativas políticas planteadas por sus adversarios) y paliativa (de los desequilibrios sociales generados por las políticas monetaristas). Por eso, años después, en plena crisis, a la IS le cuesta impulsar propuestas que, verdaderamente, delineen un proyecto alternativo de sociedad al que nos ha sido impuesto durante los últimos treinta años.

La IS ha obtenido, en ocasiones, victorias tácticas muy importantes, pero, definitivamente, enfrenta problemas estratégicos de fondo. Lo demuestra, por ejemplo, el camino recorrido entre las 35 horas laborales semanales (aprobadas en 2000, en Francia) y la defensa de las 40 horas que los socialistas europeos se vieron obligados a realizar ocho años después. Se ganan, en definitiva, posiciones que después, por lo que sea, no se defienden. Peor: en ocasiones (como, por ejemplo, la aprobación de la directiva europea de retorno: que legaliza la deportación, retención e incluso el internamiento de inmigrantes ilegales) se ha llegado a votar con el enemigo mínimos tan mínimos que terminan diluyendo la identidad socialista.

En dicho marco lo preocupante es que los contrincantes políticos de la IS sí parecen estar avanzando en función de estrategias políticas definidas. La influencia mundial de la derecha neoliberal resulta, por ejemplo, notable. Su Internacional Demócrata de Centro es ya un actor internacional de peso con capacidad de influencia, tanto en las agendas de organismos decisivos como en los programas electorales de sus partidos miembros.

La izquierda no socialista, mientras tanto, pese presentar ciertas deficiencias en términos de propuestas, logra generar una movilización global –basada en el malestar social existente- que la IS y sus miembros concitan, tan solo, cuando se trata de ir a votar… y eso si hablamos de Europa porque si lo hacemos de América Latina –por más que muchos se empeñen en mirar hacia otro lado- hay una izquierda no socialdemócrata que gana elecciones.

De hecho, un puñado de ejemplos evidencia 1) que la crisis política del neoliberalismo es, ya, un hecho irrefutable; 2) que los actores políticos tradicionales (miembros de la IS incluidos) no suelen ver más allá, en el mejor de los casos, de planes de rescate que difícilmente se orientan al consumo y menos aún, al trabajo 3) que el desdeño prejuicioso hacia políticas públicas heterodoxas (a menudo tildadas de populistas) tiende a retroalimentar el aislamiento cuando no el desprecio social hacia una organización, cada vez más, percibida como mal menor, no como alternativa ilusionante…
Por eso, ahora que las aguas todavía bajan relativamente tranquilas, se debe actuar en pro de una refundación del proyecto socialista que recupere la esencia del cambio, no la de la continuidad: el mundo, más que medidas para salir de la crisis, lo que necesita es una hoja de ruta que permita abandonar, con responsabilidad pero, también, con decisión la filosofía neoliberal, forjadora de desequilibrios constantes, madre de crisis inciertas. El socialismo puede y debe ser la respuesta…
*Socióloga y Abogada. Presidenta de la Fundación Emiliano Zapata. Ex Profesora de la UCA (Nicaragua) y de la UCR (Costa Rica). Ex Vicepresidenta de la Internacional Socialista y de la Internacional Socialista de Mujeres. Consultora independiente de Naciones Unidas. margaritazapata@fundacionzapata.org.mx