Jorge Eduardo Arellano
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Quiero responder a la crítica que hace Fernando Bárcenas en END (10/02/09), a mi artículo “La calidad de una democracia” (END, 07/02/09). Lo haré intentando contribuir a un estilo de debate productivo. Evitaré, por lo tanto, personalizar la discusión porque quisiera creer que podemos debatir centrando nuestra mente en Nicaragua y su futuro. Para empezar, aclaremos algunos errores de interpretación en la lectura que hace Bárcenas de mi escrito.

En ningún momento he planteado una visión idealista de la democracia. El consenso social del que hablo no es una nube amorosa que baja del cielo. Es un sistema de valores y significados que resulta --lo digo explícitamente en mi artículo-- de la lucha por el poder del Estado. Los consensos expresan los valores e intereses de los que triunfan en esta lucha. Nada de esto es estático, como dice Bárcenas. El conflicto social y las posibilidades de cambio en las estructuras de poder de una sociedad son permanentes.

Tampoco digo, como señala Bárcenas, que el cristianismo es o ha sido “la variable independiente que transforma al Estado y al mercado”. Lo que señalé fueron dos ejemplos --por favor re-leer mi artículo-- de los tipos de racionalidad que pueden alimentar la articulación de un consenso social. Dije claramente que un consenso puede estar dominado por una racionalidad instrumental como la del capitalismo, o podría estar centrado –segundo ejemplo-- en una filosofía humanista cristiana. Esto último no es nada romántico o escolástico, como dice Bárcenas. Es, precisamente, lo que lo que promovió y sigue promoviendo la Teología de la Liberación: un humanismo cristiano materialista que sin negar las dimensiones universales del cristianismo, reconoce que estas dimensiones solamente pueden expresarse fielmente cuando tomamos en consideración la especificidad histórica y social dentro de la que se desarrolla el drama de la existencia humana.

No creo que las distorsiones interpretativas de Bárcenas sean mal intencionadas. Me parece, más bien, que son causadas por los lentes del marxismo tradicional que él utiliza para discutir mi escrito. Estos lentes reproducen los dualismos del marxismo dominante latinoamericano: idealismo-materialismo; economía-valores; base-superestructura, etc. Reproducen, además, un modelo causal que empuja a Bárcenas a sugerir relaciones mecánicas entre una lucha de clases económicamente determinada, y la naturaleza de la política y la moralidad social. Más aún, la visión de la lucha de clases que Bárcenas presenta, está marcada por la confrontación entre una burguesía y un proletariado que en Nicaragua son actores imaginarios. Esta visión, además, se enmarca dentro de un orden histórico que empuja a mi crítico a pensar que vivimos dentro de una democracia burguesa que inevitablemente será transformada, por obra y gracia de la Historia, en una democracia proletaria.

Una visión alternativa

Yo no soy un marxista. Pero admiro a Marx y a los teóricos del marxismo que ven en él a un pensador vivo y no a un profeta canonizado. En este sentido, admiro y me identifico con las premisas básicas de la visión contingente de la realidad que ofrece el “posmarxismo”, una corriente teórica que intenta recuperar el espíritu crítico de Marx y su humanismo radical.

El posmarxismo establece que no existe una ley histórica en la que la economía --como un “centro de lo social”-- determina siempre la forma de organización del Estado y los valores de la sociedad. Rechaza, por lo tanto, que la lucha de clases entre el proletariado y la burguesía sea la fuerza determinante de la historia del capitalismo o que, como se decía en Nicaragua durante la década revolucionaria de los años 80, “sólo los obreros y campesinos llegarán hasta el fin, sólo su fuerza organizada logrará el triunfo”.

La lucha de clases entre una burguesía y un proletariado fue una poderosa narrativa que hizo sentido cuando hizo sentido en las sociedades en donde podía hacer sentido. En América Latina importamos estos conceptos sin detenernos a pensar que ellos se nutren de aguas históricas de las que nosotros no bebemos.

El posmarxismo, entonces, propone que la historia no ofrece un camino evidente hacia el futuro. Nada está asegurado –ni la revolución, ni el final de la explotación, ni la justicia, ni la sociedad sin clases, ni la democracia proletaria a la que legítimamente aspira Bárcenas. La crisis financiera mundial que vive el capitalismo en la actualidad, por ejemplo, podría terminar siendo el inicio de un capitalismo más injusto y más desigual. Podría convertirse en una puerta al infierno para los más débiles. Ya existen algunas evidencias que validan esta posibilidad.

Así pues, el camino que hoy recorremos en esta primera década del siglo XXI, no termina en la recuperación del Edén; es un camino que se bifurca en caminos que se bifurcan hasta el fin de los tiempos. El mundo y la sociedad funcionan como el laberinto de Borges: Estás dentro / y el alcázar abarca el universo / y no tiene ni anverso ni reverso / ni externo muro ni secreto centro.

Un mundo de oportunidades y responsabilidades

La visión contingente de la realidad anteriormente descrita genera oportunidades y responsabilidades. Las oportunidades se desprenden de entender que las posibilidades de cambio en una sociedad como Nicaragua no dependen de leyes inexorables, sino de la capacidad de los actores políticos y las fuerzas sociales del país, para ampliar el marco de la realidad y para crear condiciones apropiadas para la transformación de nuestro país. La responsabilidad tiene que ver con que la “Historia” no nos va a salvar a menos que construyamos un futuro donde todos y todas logremos vivir en paz y dignidad. No tenemos, pues, un Libro en qué apoyarnos, o un Profeta a quien seguir, o una “Dirección Nacional”, o un “Comandante en Jefe”, o un ridículo “Daniel de América” o un fetiche que nos salve de nosotros mismos; es decir de la brutal incapacidad que hemos demostrado a lo largo de casi dos siglos para pensar y definir lo que somos y lo que queremos ser.

La visión contingente e indeterminada de la realidad, sin embargo, no debe interpretarse como una invitación a la filosofía del “todo vale” que practican nuestros partidos políticos hoy, sin excepción. No es, para ser más concreto, una propuesta pragmática para vivir de acuerdo a cualquier cosa que resulte conveniente. Para no terminar viviendo como el camaleón, es necesario articular y luchar para institucionalizar un “Norte ético”; es decir, un sistema de normas y valores que los individuos, o grupos organizados de individuos dentro de una comunidad, pueden utilizar para definir el sentido de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo moral y lo inmoral. Sin este “Norte” seguiremos viviendo –como lo hacemos hoy—dentro del marco de la “filosofía” de vida de Arnoldo Alemán. El gusta decir: “mis amigos no tienen defectos”. Con esta filosofía todos podemos vivir con nuestros buenos y nuestros malos y al margen de un sistema de valores que nos ayude a identificar lo bueno y lo malo.

La organización del orden social necesita, entonces, una “envoltura ética” como interpreta Bárcenas lo que yo digo en mi artículo. La construcción de esta envoltura, sin embargo, no es un ejercicio de libre imaginación por dos razones. En primer lugar, porque somos seres socializados y, por lo tanto, condicionados por la realidad en donde operamos.

En segundo lugar y estrechamente relacionado con lo anterior, la mente con la que definimos lo que somos y lo que queremos ser es una “mente encarnada” en cuerpos que ocupan un espacio y un tiempo concretos. En este sentido, lo ético no baja del cielo, sino que es una posición que se piensa y se adopta a partir de la realidad.

Ética y política

Todo lo anterior indica que la política debe verse como la construcción de postulados normativos válidos para alcanzar objetivos sociales preestablecidos. En otras palabras, debe verse como una práctica hegemónica que busca la fijación de sentidos en un mundo que es intrínsicamente caótico; es decir, sin forma y sin fundamentos objetivos, como las clases a las que hace referencia Bárcenas, o las leyes históricas que él defiende. Un movimiento o gobierno de izquierda, por ejemplo, no puede cumplir su función transformadora sin un pensamiento y una ética que defina la realidad existente y que establezca lo se quiere alcanzar.

Una ética, repito, no es una “buena intención”; es una posición normativa explícita, justificada y legitimada frente a la vida, la historia y la sociedad. Es, en otras palabras, una visión del deber ser que le permite a los individuos y a las organizaciones políticas, evaluar los consensos y los sistemas institucionales dentro de los que opera la sociedad. Cuando esta evaluación es negativa, la visión del deber ser puede desarrollarse hasta transformarse en una propuesta o propuestas para la reorganización de la sociedad. El papel de los intelectuales es contribuir a estas evaluaciones. Nuestro papel, en el momento dramático que vivimos, es contribuir a la promoción de la subversión ética de la inmoral realidad que nos ahoga, para trascenderla.

No se trata de proponer una utopía. Se trata, simplemente, de rechazar el pragmatismo-resignado que hoy empuja a muchos nicaragüenses –incluyendo a muchos sandinistas honestos-- a aceptar las corruptas estructuras de poder dentro de las que vivimos, como si ellas fueran inevitables. Entre la utopía y el pragmatismo resignado existe el mundo de la realidad, que se construye socialmente mediante la modificación mental y práctica del marco de limitaciones históricas que definen los límites temporales de lo posible. Éste es el mundo de la acción reflexiva o de la acción orientada por una visión ética y un pensamiento político que se nutren de la realidad para superarla.