Jorge Eduardo Arellano
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A partir de los años noventa se ha podido observar un constante incremento de espacios residenciales cerrados como condominios, residenciales, urbanizaciones, villas y otros con nombres comerciales atractivos para el negocio de la segregación social y espacial de las ciudades y sus habitantes.

Las urbanizaciones actuales venden algo muy sencillo, viviendas clonadas y repetidas decenas de veces en un terreno amurallado. Vivir en estos núcleos ofrece sus ventajas, entre éstas la promesa de seguridad, tranquilidad y homogeneidad sumado a la existencia de viviendas ya construidas con infraestructura y servicios disponibles. El problema en este sentido es que no se puede vivir tranquilo en un lugar amurallado donde la existencia de guardianes, barrotes y otras medidas de seguridad extrema genera la idea de vivir aislados de la ciudad exterior, de creer que todo lo que sucede afuera de los muros es nocivo y la percepción involuntaria de ver a los vecinos marginados y desconocidos como posibles delincuentes.

Este tipo de situación podríamos definirla como urbanismo del miedo, dentro del cual existen muchos actores voluntarios y una cadena de consecuencias negativas para la sociedad. Los principales beneficiarios, lejos de algunos clientes satisfechos, son en primer orden los empresarios urbanizadores, los cuales prestan mucha atención al desarrollo de la mayor cantidad de viviendas en el mínimo espacio e inversión posible, en segundo término los demás actores comerciales, como las agencias de seguridad, las inmobiliarias y la banca financiera, en tercer orden el gobierno local que acepta y aplaude cualquier proyecto de este tipo, porque los libra del gasto en infraestructura pública y finalmente los medios de comunicación, los cuales tienen un papel clave en la formación de percepciones negativas de la vida urbana.

Las consecuencias tienen dos enfoques. Un enfoque espacial, donde se percibe la fragmentación física de la trama urbana, la privatización del urbanismo y el gobierno de la ciudad, la privatización del espacio público, así como la incongruencia con el uso sostenible del suelo, las afectaciones ambientales producto de la impermeabilización de los suelos y la sobrecarga insostenible de los servicios públicos. Un enfoque social, donde se reciente la expansión de la sectorización social, creando la idea de espacios impenetrables, unos porque son habitados por muchos ricos y otros porque son habitados por muchos pobres, además de la segregación social producto de la barreras psicológicas formadas entre los vecinos de afuera y los vecinos de adentro, y finalmente la cultura del miedo.

Es importante analizar cómo la promesa de venta inicial es muchas veces insatisfecha. Hay mayor integración entre personas de diferentes niveles económicos en barrios abiertos que entre los residentes de estos barrios cerrados a pesar de sus condiciones económicas más homogéneas. La segregación hacia el exterior, genera segregación entre ellos mismo.

Un modelo interesante que apunta a la ruptura de este esquema se reveló hace ya unas décadas y se ha vuelto cada vez más popular en países como Estados Unidos, Canadá, Suecia, Dinamarca y Nueva Zelanda entre otros. Más que unidades residenciales, son comunidades orientadas a optimizar el sentido comunitario de sus habitantes, además de ser un modelo sostenible de hábitat, donde se orienta el consumo eficiente de energía, el uso de materiales adecuados y el reciclaje constante.

Este modelo es conocido como Cohousing, una forma de organización socio-espacial surgida en Dinamarca a finales de los sesenta y promovida en Norte América a finales de los ochenta por los arquitectos Kathryn McCamant y Charles Durrett.

Las comunidades cohousing se originan desde un proceso compartido y voluntario en los procesos de planificación y diseño del desarrollo de la comunidad, de modo que los vecinos desarrollan un sentido de pertenencia y comunidad más marcado que los modelos urbanos tradicionales, donde los residentes integran espacios ya elaborados y segregados de la ciudad exterior con la promesa de una espacio social homogéneo.

Físicamente una comunidad cohousing puede estar compuesta por seis o más viviendas privadas con ambientes propios convencionales, como los de cualquier otra casa. La comunidad está orientada hacia una zona peatonal común con áreas verdes y posee además una casa común con cocina, comedor y otras facilidades, como sala de televisión, lavandería, biblioteca, talleres y espacios para niños.

Las comunidades cohousing están diseñadas y gobernadas por sus ocupantes, no poseen una frontera física marcada con las zonas exteriores del espacio urbano y en ésta se desarrollan actividades sociales constantes, como comidas comunales en el comedor común, donde se incrementan las nociones de comunidad y se reducen los gastos de consumo. El sistema de administración y gobierno se basa en la participación de todos los residentes en asambleas comunales, donde existen representes para diversas funciones pero no existe un líder único que oriente todas las políticas de la comunidad. Los ocupantes aportan una tasa mensual que permite a la comunidad pagar por los servicios de mantenimiento de los espacios comunes y la adquisición de otras facilidades.

En este sentido las seis características básicas identificables de las comunidades cohousing son: proceso participativo, diseño vecinal, facilidades comunes, administración por los residentes, estructura no jerárquica en toma de decisiones y economía no compartida.

Estas comunidades residenciales están basadas en el respeto a la diversidad étnica y religiosa de los residentes, a la vez se establece el respeto a la propiedad privada y la intimidad. Algunas de las ventajas de vivir en este tipo de comunidades podría ser la facilidad de compartir experiencias con los demás, generando satisfacción social y un sentimiento de esperanza compartida en este mundo tumultuoso. Vivir en este ambiente colaborativo crea sinergia colectiva que beneficia a los individuos y a la vez se expande y beneficia a la sociedad en general.

Las comunidades cohousing tal vez no podrían ser la solución mágica a la problemática social-habitacional en nuestra actualidad con una sociedad cada vez más segregada entre sí misma, pero se convierte en una alternativa llamativa que podría crear un gran cambio efectivo, no para el mundo entero de una vez, pero sí para nosotros mismos.

*Arquitecto de la Comunidad
noel.sampson@gmail.com