Jorge Eduardo Arellano
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(En el Día del Amor y la Amistad)
1º. Amarse. O sea, adaptarse. Aceptar al otro, consciente de que es un ser único y complejo, definido por una personalidad inherente a su propia esencia humana. Reconocer con humildad las debilidades que nos limitan como seres humanos. Renunciar paulatina pero decididamente a aquellos rasgos que nos niegan como seres creados para la convivencia.

2º. Amarse. Es decir, comprenderse. Solamente a través de la comprensión mutua puede el cónyuge aceptar al otro, no como le gustaría que fuese, sino como es; no como personaje, sino como persona; no por sus glorias y premios, sino por su dimensión humana.

3º. Amarse. Mejor dicho, ser paciente. Tener paciencia es poseer la virtud de esperar. Y esperar es padecer. Sufrir la espera con absoluta confianza y con la certeza de que en la noche más oscura brillan estrellas con luminosa intensidad. Tiene razón el apóstol San Pablo: “La paciencia todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera”.

4º. Amarse. O, lo que es lo mismo, respetarse. Reconocer los derechos inalienables del otro como persona, y asumir el concepto de libertad como principio fundamental basado en la moral y los valores cristianos.

5º. Amarse. Esto es, complementarse. Los esposos no son seres opuestos sino complementarios. Ellos solos son incompletos, porque ambos se necesitan. Cada uno aporta lo suyo según su naturaleza: a la abnegación de la mujer, el hombre ofrece su capacidad analítica; la ternura femenina se complementa con la actitud reflexiva del varón; la rápida reacción emocional de la mujer se enriquece con la frialdad racional masculina. Y así, remando juntos en un mar lleno de contingencias podrán llegar a puerto seguro.

6º. Amarse. Es decir, renovarse. El tiempo, el tedio, la rutina pueden conducir al desencanto y amenazar la convivencia matrimonial. Es necesario volver los ojos al interior del otro con renovados afectos. Ser como el Sol que renueva su calor cada mañana, o como el rosal que en cada amanecer nos brinda los aromas de una nueva flor.

7º. Amarse. Es decir, perdonarse. Si nos perdonamos todo a nosotros mismos, que muchas veces no merecemos el perdón, debemos olvidar con mayor razón las pequeñeces agravadas con la incomprensión. “Si supiéramos comprender --nos dice el padre Larrañaga--, no haría falta perdonar”. La suave sonrisa de una ternura en una noche de invierno es capaz de extinguir la más violenta tempestad.

8º. Amarse. Esto significa valorarse. Afuera, los espectadores agrandarán exageradamente las cualidades o las imperfecciones, según sus afectos o antipatías. Pero los esposos, que enfrentan día a día los altibajos de la convivencia y se conocen objetivamente los resortes de la personalidad, saben ponderar con justeza en el otro las más excelsas cualidades y emprender con sinceridad el camino de la corrección de los errores.


9º. Amarse. O, para decirlo de otra manera, sacrificarse. La alianza nupcial exige abnegación, lealtad, regalo, sacrificio. Un darlo todo. Un abrirse al otro, no solo con espíritu de servicio como don natural de todo ser humano, sino y fundamentalmente como renuncia a las actitudes egoístas que cierran las puertas de la entrega generosa.

10º. Amarse. Esto es, comunicarse. Una comunicación profunda va más allá de la manifestación de nuestros sentimientos por medio de palabras. Porque a veces, muchas palabras no dicen nada y pocas palabras ofenden mucho. Se trata más bien de intercambiar conciencias y juntar corazones; compartir ilusiones y derribar desencantos; construir sueños y enfrentar desesperanzas.

Diez mandamientos que se encierran en uno solo: amarse. Amarse mutuamente. Porque el amor es el principio de todo, la razón de todo, el fin de todo.

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