Jorge Eduardo Arellano
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¿Sabía usted que el amor es una vil mentira? Sé que no lo va a creer y hasta me va a decir que estoy loco, y que probablemente me han sucedido tantas cosas malas con las mujeres que me he vuelto un resentido. No. Pero hasta ahora no he visto que un poema, un lienzo, una canción, una oración, hayan hecho más humano este mundo que avanza hacia el canibalismo.

Desafortunadamente así es la vida. Las encuestas modernas revelan algo espeluznante: por cada matrimonio que se realiza, hay dos divorcios que esperan la firma del juez para no volverse a ver. ¿Será que es tan malo el amor? No lo entiendo. Unieron sus vidas, sus cuentas y hasta sus miserias, para luego separarse como enemigos. Y dicen también que la ola de suicidios por amor se ha incrementado. Leo con frecuencia que los hombres, en la mayoría de casos, se suicidan porque los dejó una mujer. No sé si lo hacen público para granjearse una fama postmortem o para salir en los periódicos. Pero son unos imbéciles. A estas alturas sólo los pendejos mueren de amor y los perros de rabia.

Por otro lado, el amor es una palabra tan hermosa que pertenece al reino de la política y la ficción. Es etérea, sonora, profunda, literaria y religiosa, diseñada para ser manipulada por poetas, artistas, pastores, políticos, parejas y hasta padres de familia. Los poetas, dioses del lenguaje, impotentes ante tanto odio, han preferido escribir fantasías sobre el amor, resignados a que es pura poesía. El pintor trata de describir el amor en su lienzo con trazos coloridos y pintura viva, ante la imposibilidad de transformarlo en un escenario real. El pastor prefiere ensayar una prédica de amor que le va a generar buenas ganancias. El político utiliza el amor como palabra mágica para atraer votantes, el músico lo convierte en balada, bolero, rock y hasta en un grotesco regaeton. El cineasta hace del amor una ficción de celuloide y tecnología. Algunas películas son el reflejo perfecto del amor. Pero, como bien dice el refrán, del arte al hecho hay mucho trecho.

Siempre me he preguntado: ¿Quién sabe lo que es el amor? Para la ciencia es el encuentro de dos olores compatibles. Algo similar a lo que sucede en los animales. Pero esa definición es insuficientes. Para la humanidad, el amor es el sentimiento más sublime, es la combinación de cariño y deseo. Pero es mentira. En las parejas, el amor se vuelve rutina, hastío, desgano, desamor, desaliento y hasta traición. Cuando el deseo termina, el amor comienza a sacar sus trapos por la ventana. Aquella llama que inició con la atracción, aquel deseo incontrolable, aquellas frases que repitieron hasta el altar, aquellas palabras que se dijeron, el ramo de flores los días de cumpleaños, los mariachis, las citas clandestinas, los detalles, son aniquilados al final por la rutina y por los valores cambiantes de una sociedad hostil.

El amor, por ser tan frágil, tiene tantos enemigos que termina ahogándose a sí mismo. Es dialéctico y cambiante, tiene una metamorfosis constante. Y, quizás por su misma naturaleza, es que nos equivocamos constantemente con nuestros sentimientos creyendo a veces que amamos cuando en realidad sólo deseamos, o viceversa? Entonces, viene la pregunta obligada: ¿qué es el amor? No me salgan con la respuesta cursi, gastada y relamida que ya conocemos. Ahora se las voy a poner difícil: Hay quienes hablan de amor a primera vista. Es lo más falso que he oído. Reconozco que puede haber atracción a primera vista, como la mujer que observo en la calle, exhibiendo su voluptuoso cuerpo. O dos miradas que se cruzan como balas en la noche. Uno puede desear a alguien, pero no lo ama. Porque entre el deseo y el amor hay dos niveles de conocimiento. Por lo tanto, considero que la atracción, el deseo de estar con su pareja, aquella carne que tienta con sus frescos racimos, no necesariamente es amor. Puede ser el preludio de un intenso amor y terminar como un romance de una noche de verano. O, como dicen algunos más pragmáticos, una simple y agradable aventura que terminó cuando la carne y la noche envejecieron.

Termino con algo consolador. No todo está perdido para aquellos que creemos en el amor. Que conste, yo soy un fiel creyente en el amor, aunque sepa que sigue siendo una vil mentira, una mercancía bien cotizada en el mercado, un anzuelo para los incautos o pura poesía para los poetas. Sin embargo, me reconforta saber – y esto me hace optimista- que Jesucristo ha sido el único en la historia que ha sacrificado su vida por amor. Su muerte es la más contundente prueba de que el mundo carece de amor. Sospecho que colgado en la cruz, y agonizante, bajo el abrasante sol de Jerusalén, se debió haber dado cuenta del craso error que había cometido; dar amor donde no había. Fue el primer caso de un amor no correspondido. Amó sin ser amado. Se equivocó de tiempo y salió trasquilado. Aunque no creo que haya valido la pena. El mundo sigue siendo el mismo, y estoy seguro que si naciera otro mártir con las mismas pretensiones de Jesucristo, volverían a crucificarlo, y volvería a derramarse sangre en vano.

Por eso creo que el amor sigue siendo una ilusión, una fantasía que trato de descubrir todos los días cuando escribo o leo poesía o voy al cine. Lo demás es el amor comercial que conocemos, el de las telenovelas y el que nos ofrece año con año San Valentín y sus tiendas patrocinadoras.

Reitero: el amor verdadero no existe. Sólo el que lo probó lo sabe.

felixnavarrete_23@yahoo.com