Jorge Eduardo Arellano
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La maestra se queda mirando al niño de la segunda fila a mano derecha. Le pide que se pare y conteste una sencilla pregunta. Aquí empieza el problema, porque un niño al que se le pide que se pare en medio de toda la clase, nunca esperará que la pregunta sea sencilla. La maestra le pide a continuación que diga de otro modo la siguiente oración: “el pasado domingo, los ciudadanos ejercieron su derecho al voto.” El niño musita en voz baja la oración que dijo la profesora, la repite una y otra vez. Poco a poco, va poniéndose pálido, porque por más que la rebusca no agarra por dónde. La profesora se impacienta, y el resto de sus compañeros, que no piensan en las formas posibles de decir la frase, sino en que al pobre niño de la segunda fila a mano derecha lo van a tratar, aguantan la respiración. Aquí Machado añadiría: “monotonía de lluvia tras los cristales”.

Sin embargo, la maestra le dice al alumno que se siente, y éste, cuyo rostro pasa del pálido al colorado, obedece. Ahora la maestra lanza la pregunta al resto de la clase. Nadie levanta la mano. Temen que algo se esconda tras esa pregunta. No saben qué respuesta le hará feliz a la maestra. Creen que no se trata tan sólo de encontrar otro modo sencillo de decir algo.

Esto que le ocurrió a una amiga, viene sucediendo en los últimos años en muchos países. La formación de las etapas educativas de primaria y secundaria ha caído a niveles por debajo de lo básico. Cuando voy teniendo oportunidades de reintegrarme a dar formaciones o clases, siempre me encuentro con un panorama desolador. Cuando empecé a dar clases en Periodismo, recuerdo que tratábamos el tema del conflicto árabe-israelí. Con los primeros alumnos, discutíamos sobre los diversos argumentos, las razones de uno y otro lado, su propia historia. Pero conforme iban pasando los cursos, se hacía más difícil hablar de un tema semejante con los alumnos sin empezar primero por lecciones básicas de geografía: a ver, dónde está Palestina, dónde Israel, etc. A la hora de llegar al contenido de la asignatura, el curso casi había terminado.

En el caso de Nicaragua, si el esfuerzo por la alfabetización en los primeros años ochenta generó un impulso por universalizar el acceso a la Educación, pareció que el afán de las autoridades moría allí. Nunca quiso pasarse a la segunda etapa, la de universalizar una formación superior, en cuanto a calidad de contenidos y oportunidades. Ustedes mismos pueden comprobarlo. Entra la preparación de la generación que estudió Primaria y Secundaria en Nicaragua durante finales de los cincuenta- sesenta y la que lo estudió en los setenta- ochenta y la actualidad hay una diferencia abismal. Durante un tiempo, se creyó que la aplicación de las nuevas o no tan nuevas metodologías pedagógicas era el factor clave para aumentar la calidad de la educación. Los contenidos de las asignaturas pasaron a un segundo término. Lo importante era como dar la clase. El resultado lo estamos viendo ahora: una pobreza que sabe a triste.

Yo les propongo algo que, por lo menos a mí, siempre me ha entusiasmado hacer, pegar el oído a lo que se habla en los buses, en los taxis, en la calle, en los mercados, o en los patios de las casas. Y no es gusto por el chisme, no vayan a creer, les digo sonriendo, sino gusto por las formas en que se dicen las cosas. Les garantizo que muchas personas de mediana edad, trabajadores del mercado, taxistas, vendedores, hayan tenido formación o no, utilizan un registro de vocabulario superior y más dinámico que nuestros estudiantes de Primaria, Secundaria y en muchos casos, de Universidad.

El español, y en concreto el español-nicaragüense, lleva intrínseco una capacidad asombrosa de multiplicarse, de jugar consigo mismo, de encontrar nuevas formas de decir las cosas más cerca de la cabeza, y también más cerca del corazón. Parece mentira que una sociedad tan susceptible como la nicaragüense- díganme si no, que en Nicaragua por muy bueno de lo que alguien quiera convencer a otro, si no se lo ofrece de un modo tranquilo y midiendo lo que dice, no consigue nada- pues parece mentira que nos hayamos quedado con cuatro frases hechas repetidas hasta la saciedad para decir las cosas. Los periodistas tenemos una responsabilidad mayor. Ay de nosotros si nos piden que digamos de otro modo frases sencillas, tan sencillas como “los ciudadanos ejercieron su derecho al voto”.

Hay que salir de este atolladero de años en el que nos hemos metido. Siempre he creído que la verdadera revolución está en la Educación, y no se trata de que en un presupuesto se destine más o menos dinero para ella. Es mucho más que eso. Se trata de apostar por la libertad. Me explicará de otro modo. Si a los estudiantes se le enseñan conceptos, sobre todo en la rama de las Humanidades, expresados en frases hechas, maleadas de tanto uso, sin fomentar la propia creatividad para encontrar nuevas formas de decir las cosas en un lenguaje tan rico como el español y además nicaragüense, se está preparando al niño y a la niña para una sociedad de esclavos, de seres facilitos de manipular, que repetirán consignas, o modos de rezar de otro. Y todo ello vale para la política, la religión y hasta para las relaciones de amor. El patrimonio del lenguaje nicaragüense ha encontrado su propio modo de decir las cosas de una manera muy viva. Oigan por ejemplo: “volar caite”, “volarse las trancas”, “volar lengua”, “salir bombeado”, “fresquearse”, “nalguear”, “dar atol con el dedo”, “moridor” “chiquear”; o mi preferida: “camanances”. No me digan si no es bella la forma de decir el español en Nicaragua.

A hablar se aprende con oído hacia lo que se habla, y con ojos en los libros. Y en las casas de Nicaragua, además del pan, faltan los libros. Las frases hechas y repetidas no, un país que se repite sin cesar hasta el cansancio, que no encuentra otro modo de decirse ni de hacerse. Ahí están zafias y sin gracia ya, en los titulares, en los rótulos, en los carteles, en las rotondas, las frases copiadas- ustedes ya saben a cuáles me refiero-.

“Decilo de otro modo”, le pedía la maestra al alumno. No le estaba pidiendo que hiciera un ejercicio para una nota, sino que encontrase ni más ni menos su forma de decir y hacer las cosas, su modo de mirar el mundo, sin repetirlo, sino recreándolo. Tal vez el niño de la segunda fila a mano derecha se quedó en silencio porque comprendió que la respuesta era mucho más importante de lo que parecía, ése era el truco de la pregunta. Le estaban pidiendo, no que dijera una frase de otro modo, le estaba pidiendo que encontrase el camino, los primeros metros de su propia libertad. Qué bonita y qué peligrosa es la Educación, ¿verdad?
franciscosancho@hotmail.com