Félix Navarrete
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Uno nunca sabe cuándo se va a enfermar hasta que un día de tantos un fuerte dolor en el corazón o en la cabeza, o un terrible accidente de tránsito te saca de circulación y te deja inmovilizado en la cama de un hospital sin poder hablar ni siquiera emitir un quejido de auxilio.

Es el momento en que nos preguntamos: ¿Y ahora que será de mí? ¿Quién me va a cuidar y dar amor en esta condición? Y entonces, en medio de la angustia y el pánico por sentir la respiración de la muerte, buscamos a Dios para encontrar sanidad, consuelo y esperanza. Algunos se curan y transforman su estilo de vida. Otros se olvidan de la promesa y regresan al mundo haciendo pequeñas concesiones, como si de hacer caridad se tratara.

¿Por qué solamente una enfermedad o un suceso trágico es capaz de cambiar bruscamente nuestras vidas? La respuesta es sencilla: La soberbia humana solo puede ser destruida cuando nos falta la salud, y una vez desvalidos y desahuciados, los seres humanos nos sentimos desnudos y volvemos la vista a Dios.

Solo en esas circunstancias nos volvemos humildes. Por lo tanto, una simple gripe, una herida leve en el cuerpo y una operación de rutina, nunca nos acercará a Dios a menos que nuestra situación se agrave. No estoy bromeando. Nos creemos tan autosuficientes que solo en la invalidez y la impotencia, imploramos y lloramos lágrimas de cocodrilo pidiendo compasión.

Sin embargo, Dios también nos da la oportunidad de sentir su misericordia y amor a través de otros que sufren enfermedades. Y después de esa experiencia sobrenatural, en la que somos testigos de hechos sobrenaturales, no volvemos a ser los mismos.

En mi caso, he visto el amor divino actuar en personas que han estado al borde de la muerte. He comprendido que las enfermedades o las tragedias son oportunidades para sanar el corazón y reconciliarnos con el mundo.

Algunos nunca llegan a comprender que las enfermedades tienen un doble propósito: Desterrar nuestra soberbia y acercarnos a Dios. Solo cuando estás postrado en una cama, sin poder ver el sol, sin respirar aire puro, con una serie de aparatos atados a tu cuerpo, y sin poder comer lo que te plazca, te das cuenta que eres uno más en el universo y que tu vanidad es pasajera y vana.

He llegado a imaginar que la batalla entre la vida y la muerte se libra en esos cuartos lúgubres de luces blanquecinas, en esos quirófanos donde todo puede pasar, en esos pasillos donde ángeles de luz contienden con otros seres espirituales que se esconden entre tantas gabachas blancas. Es una tercia entre el bien y el mal.

Sin embargo, para que usted crea esto o al menos se lo imagine, se necesita que el enfermo pise el otro lado de la línea, se asome en el umbral y regrese para contarlo. Me refiero a esa línea imperceptible, sobrenatural, espiritual, que solo el humillado y contrito de corazón puede pisar.

En mi opinión, creo que mi nuera llegó a ese umbral, se asomó al otro lado, y fue testigo de cómo Jesucristo intercedía por ella, mientras su cuerpo se consumía diariamente en una cama sin que pudiéramos hacer nada. Ella nunca me contó nada pero vi su entrega incondicional al milagro. Y precisamente cuando los médicos la desahuciaron y la familia oraba hasta el cansancio, ocurrió lo imposible: la infección cedió, y la vida volvió a fluir en su rostro. Dios la trajo de vuelta.

Quizás suene cruel, pero a veces es necesario estar enfermo para tener una experiencia personal que marque tu vida. Sé que a nadie le gusta enfermarse, pero muchas personas han cambiado después de un cáncer o una tragedia que los colocó a los pies de Jesucristo. Solo a través del sufrimiento cambiaron. No esperemos estar enfermos para cambiar. Aunque, pensándolo bien, sería contradictoriamente hermoso enfermar para ver la gloria de Dios.

Managua, 30 de agosto de 2016.
Email: felixnavarrete_23@yahoo.com