Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

NUEVA YORK
Aquí tenemos un concepto del que probablemente los lectores no hayan oído hablar nunca: “soberanía viral”. Debemos esa peligrosa idea a la cortesía del ministro de Sanidad de Indonesia, Siti Fadilah Supari, quien afirma que los virus letales son propiedad soberana de las naciones particulares... aunque crucen las fronteras y puedan provocar una amenaza pandémica para todos los pueblos del mundo. Los dirigentes políticos de todo el mundo deben tomar nota... y adoptar medidas muy contundentes.

Según la Organización Mundial de la Salud, la inmensa mayoría de los brotes de gripe aviar en los cuatro últimos años, tanto en seres humanos como en aves de corral, han ocurrido en Indonesia. Al menos 53 tipos de los virus H5N1 que provocan la gripe aviar han aparecido en pollos y personas de ese país.

Y, sin embargo, desde 2005 Indonesia ha compartido con la OMS muestras de sólo dos de las más de 135 personas que, como sabemos, se han infectado con los H5N1 (de las cuales 110 han muerto). Peor aún: Indonesia ha dejado de facilitar a la OMS notificación oportuna de los brotes de gripe aviar o de casos en seres humanos. Desde 2007, su gobierno ha desafiado abiertamente la reglamentación sanitaria internacional y gran cantidad de otros de la OMS de los que Indonesia es signataria.

Además, el Gobierno de Indonesia amenaza con cerrar el Servicio de Investigación Médica Naval Dos (Namru-2), laboratorio de salud pública con personal científico militar indonesio y estadounidense. Namru-2 es una de las mejores instalaciones del mundo para la vigilancia de las enfermedades, que proporciona a los funcionarios sanitarios de todo el mundo información decisiva y transparente. El Gobierno de Indonesia ha acusado a los científicos de Namru-2 de toda clase de cosas: desde aprovecharse de virus de su “soberanía” hasta crear los H5N1 de la gripe aviar como parte de un supuesto plan de guerra biológica. No hay pruebas que apoyen esas afirmaciones extravagantes.

Hace un año, las afirmaciones de Supari sobre la “soberanía viral” parecían anómalas. Sin embargo, resulta preocupante que esa idea se haya transformado en un movimiento mundial, alimentado por sentimientos autodestructivos y antioccidentales. El pasado mes de mayo, el ministro de Sanidad de la India, Anbumani Ramadoss, hizo suya esa idea en una controversia con Bangla Desh y el Movimiento de Países No Alineados –organización de 112 naciones que es una superviviente de la época de la Guerra Fría– ha acordado examinar en serio la posibilidad de hacerla suya en su reunión del próximo mes de noviembre.

Indonesia sostiene que se debe proteger el derecho de una nación a controlar toda la información sobre virus descubiertos localmente mediante los mismos mecanismos que utiliza la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, a fin de garantizar los derechos de propiedad y las patentes de los países pobres sobre las semillas de plantas autóctonas. Conforme el acuerdo de la FAO sobre las semillas, una nación puede registrar plantas, compartir sus semillas y obtener beneficios de los productos resultantes. Esa útil política reduce los métodos explotadores que a veces permiten a las empresas multinacionales y a los gobiernos de países ricos obtener beneficios escandalosos de la agricultura autóctona.

Sin embargo, constituye una locura peligrosa hacer extensiva esa política a los virus. Si se hubiera aplicado el concepto de “soberanía viral” al VIH hace 25 años, hoy no tendríamos depósitos de miles de variedades del VIH; éstos permiten a los científicos hacer ensayos con medicamentos y vacunas contra todas las diferentes cepas del virus que causa el Sida. Aún más esperpéntico resulta hacer extensivo el concepto de soberanía a virus que, como el de la gripe, las aves migratorias pueden transportar a través de las fronteras internacionales.

En esta era de la mundialización, si no se puede disponer libremente de muestras de virus, se corre el peligro de permitir la aparición de una nueva cepa de gripe que podría pasar inadvertida hasta que llegue a cobrarse sus víctimas, como la de la pandemia que mató a diez millones de personas en 1918. Como el mundo aprendió con la emergencia del síndrome respiratorio agudo y grave, que apareció por primera vez en China en 2002, pero no fue notificado por los funcionarios chinos hasta que se extendió por otras cuatro naciones, los riesgos para la salud compartidos mundialmente exigen una absoluta transparencia mundial.

Existen pruebas poderosas, procedentes de diversas fuentes, de que las variedades del virus de la gripe aviar que circulan por Indonesia son más virulentas que las de otras partes y que en algunos casos pueden haberse transmitido directamente de persona a persona. La OMS lleva dos años intentando sin éxito llegar a un acuerdo con Indonesia. A consecuencia de la presión de científicos de todo el mundo, Indonesia accedió el pasado mes de junio a compartir los datos genéticos de algunas de sus muestras virales, pero no los microbios reales. Sin acceso a los virus, es imposible comprobar la exactitud de esa información genética u obtener vacunas contra los microbios letales.

Resulta escandaloso que Supari haya acusado a la OMS de entregar toda clase de virus –y no sólo los H5N1– a empresas farmacéuticas, que, a su vez, fabrican productos encaminados a hacer enfermar a los pobres para “prolongar su lucrativo negocio vendiendo nuevas vacunas” (acusación que recuerda curiosamente a la trama de la novela El jardinero fiel de John Le Carré). La OMS obtuvo promesas de las más importantes empresas farmacéuticas del mundo de que no aprovecharían los depósitos internacionales de datos genéticos para obtener beneficios comerciales, pero Indonesia no se dio por satisfecha.

Hay que oponerse frontalmente a la afirmación de Indonesia de que Namru-2 es una instalación de armas biológicas. El embajador de los Estados Unidos ante Indonesia, Cameron Hume, está intentando activamente impedir la catástrofe. Hasta ahora, no ha habido el apoyo suficiente de los funcionarios superiores de los EU. Deben participar. Y China debe utilizar su importante influencia en Indonesia sobre esta cuestión… por su propio interés.

La negativa a compartir cepas virales potencialmente pandémicas con los organismos sanitarios mundiales es moralmente reprensible. Permitir a Indonesia y a otros países que conviertan esa cuestión en otra controversia entre ricos y pobres, y entre islámicos y occidentales sería trágico… y podría propiciar una devastadora crisis sanitaria en cualquier parte y en cualquier momento.

Richard Holbrooke, ex embajador de los Estados Unidos ante las Naciones Unidas, es presidente de la Coalición Mundial de Empresas contra el VIH/SIDA, la tuberculosis y el paludismo. Escribe un artículo mensual para The Washington Post. Laurie Garrett es miembro superior para la salud mundial del Consejo de Relaciones Exteriores.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

www.project-syndicate