Jorge Eduardo Arellano
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Mi tío Luis, así le decía, era muy bueno conmigo. Él me daba más caramelos cuando iba a su pulpería. Él siempre estaba ahí cuando mi mamá le pedía un favor. Pero no entendía por qué él tenía el gusto de tocar y de pellizcar mi mejilla.

Mi visita a la pulpería del tío Luis era absolutamente frecuente. Él tiene una hija de mi edad y jugamos juntos muchas veces. Las mamás y los papás se familiarizaron con él porque siempre era amistoso, a pesar de ser el dueño de una gran pulpería y tienda (a esa edad miraba su tienda como un supermercado ahora).

Ya teníamos tres años de habernos trasladado a esta parte del país con mi mamá. Mi papá era funcionario, siempre estaba en otro país y él pensó que sería mejor que permaneciéramos cerca de la familia de mi mamá.

Ese tío Luis un día me dijo que su esposa iba a estar ausente de la casa por muchos días, por una operación que se iba a hacer y ella quería que su mamá la cuidara después de la operación. No sabía lo que significaba, pero no me importó. Él me preguntó si quería acompañar a su hija y pasar algunas noches con ella de modo que pudiéramos jugar, tener diversión y dormir juntos. Consiguió el permiso de mi mamá y a mí me placía estar un tiempo con mi amiga, María.

No había lámpara en el cuarto de María, la única luz era de los rayos que penetraban a través de unos hoyos en la ventana. No estaba asustado, sin embargo, me costó dormir la primera noche. Pero el sueño vino finalmente. Al rato sentí que me despertaron y vi esta figura sobre mí. Él parecía tío Luis. Él puso su dedo en sus labios, con un gesto del dedo índice, quería decirme que guardara silencio. Después él me levantó y me llevó a otro sitio. Él me llevo a otro lado de la casa y ni él ni yo dijimos nada. Él tiró hacia abajo mis pantalones del pijama, desabotonó mi camisa y me tocó.

Eso sucedió hace trece años. Hoy oí hablar de su muerte. Él era veinte años mayor. Cuando oí de su muerte sólo pensé que él se había llevado a su sepulcro el secreto, ese abuso sexual del que sólo nosotros hemos sabido por décadas.

Oh no … no he perdonado. Este hombre en quien mis padres confiaban y a quien yo miraba como un tío me llevó al alcohol desde muy joven, mi dignidad y mi vida entera me la quitó.

Si solamente mi padre, profesores y amigos supieran porqué mi rebeldía y mi rabia, seguramente se sentirían más comprensivos. Pero no puedo decirle a mi mamá porque rompería su corazón. Y mi papá nunca estaba alrededor. Y cuando él estaba como que yo no existía.

Mi alma siente el dolor. Yo era un muchacho de diez años físicamente desarrollado, incapaz de haber tentado a cualquier persona sexualmente.

Me sentía que no era bastante digno para cualquier persona. Me castigué teniendo asuntos ilícitos. Le hice a las drogas y casi me quité la vida. Un día cuando desperté en la cama del hospital, me di cuenta que todavía estaba vivo, pero que sólo estaba a algunos pasos de la cárcel.

Fue un viaje largo y doloroso para quitarme la culpabilidad y la vergüenza que llevé conmigo. Ahora tenía que identificar mi personalidad y mi sentido del sí mismo.

Para mí fue un asunto de tomar valor, determinación y una decisión para dejar detrás lo que hice de mi vida. Me castigué bastante y destruí mi vida más que lo que él me hizo a mí. Finalmente admití que no era mi error y que yo sólo era uno de los muchos niños desafortunados que han tenido que pasar por abuso sexual.

Ahora llevo una vida normal, estoy trabajando, estoy terminando mis estudios, aún estoy yendo a la terapia y quizás pronto pueda contarle a mi madre lo sucedido. Aún no estoy preparado. Lo importante es que ya estoy saliendo de la oscuridad en que me dejó el abuso sexual.

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