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Observar a los llamados “rezadores/as” en las rotondas de Managua, refleja la demagogia del gobierno, porque es fácil hablar de los empobrecidos, elevándolos en categoría de gran valor, un modelo casi a seguir por conveniencia populista en vez de sacarles de la pobreza.

La defensa de la “Revolución” que pregona este gobierno, representada en su vocera y mayor figura pública, que desde agosto de 2008 decidió que las calles se defienden apropiándose ilegalmente de las rotondas, pero “defendidas” precisamente por quienes no han tenido el privilegio de vivir dignamente en democracia, justicia, libertad y en última instancia de construir su autoestima. ¿A quién no le provoca algún sentimiento negativo, ya sea de rechazo, molestia, lástima, vergüenza, ver que el programa “Amor” pareciera significar sacar a los/as niños/as de la calle, para poner adultos/as y ancianos/as en las rotondas?
¿Será que se utiliza estratégicamente el principio de “Hambre Cero” con aquellos/as que decidieron defender las calles, queriendo demostrar que “El Amor es más fuerte que el Odio”? Sin embargo, más allá de las mantas, se les agotó el recurso de la palabra, superado por lo real y lo dramático; los cuadros vivos de los/as “rezadores/as”, puestos en escena a vista y paciencia de la ciudadanía y visitantes de la capital, es una clara radiografía del hambre y la necesidad, que es igual de fuerte que el abuso denigrante, que sólo es posible por la enfermedad de poder de quienes lo promueven.

¿Será también que un rasgo del “Pueblo Presidente” es trasladar el estilo de vida del campo a la ciudad con fogón, letrina y ropa colgada, copiando y mejorando un poco, las condiciones de la protesta justa --casi vitalicia-- por el caso del Nemagón, pero arrebatándoles la dignidad de producir sus propios alimentos, de sentirse útiles, capaces y libres como seres humanos?
¿Será que “Cumplirle al pueblo” --sin decir “cumplirle a Dios” por respeto ciudadano y al estado laico-- es usar el presupuesto del Estado para gastar en letrinas, tres tiempos de comida, mantas, banderas, camisetas, sonido, vírgenes, árboles de navidad extemporáneos, energía eléctrica, transporte, y más, para la denigración humana?
En el ejercicio llano y claro de hacer política me pregunto: ¿qué diferencia hay entre un ex presidente Arnoldo Alemán, que saqueó las arcas del Estado y mandó a borrar los murales, creyendo borrar la revolución, y un presidente Daniel Ortega que no responde a la pregunta pública de Zoilamérica Narváez, que utiliza a la gente empobrecida para la toma de rotondas, creyendo impedir la movilización ciudadana ? ¿Es peor robar que violar?
Cobraría un poquito más de credibilidad política este ejercicio de hacer populismo, si los/as rezadores gozaran de la compañía de altos dirigentes del danielismo, como es el caso del mismo presidente y de la primera dama, o de Bayardo Arce, Gustavo Porras, Edwin Castro, Alba Palacios, Wálmaro Gutiérrez, René Núñez, etc., y no en cambio, de trabajadores/as del Estado, que por conservar su trabajo han debido acompañarlos -algunas/os casi disfrazados/as- cuando así se les orientó.

¿Será que algún día podremos ver a estos/as dirigentes, consecuentes y coherentes con estas movilizaciones políticas, convertidas en nuevos asentamientos humanos, agarrados de las manos coreando cantos religiosos, compartiendo la comida en bandejas de poroplast, usando las modernas letrinas, despiertos en horas de dormir o durmiendo en la incomodidad, aguantando sol, lluvia, frío, polvo y ahora los fuertes vientos ? ¿Y por qué no?
¿Acaso ellos/as se verían más ridículos que quienes no tienen otra opción, ya sea por hambre, ya sea por la necesidad de conservar el empleo? Pero además, y tratándose de funcionarios públicos, ellos/as si podrían recibir --después de sus rezos, claro está-- a periodistas y explicarles bien cómo se financian y por qué están en las rotondas.

En asuntos de movilización política, lo que es bueno para el ganso es bueno para la gansa, es aquí donde quiero recordar que las verdaderas revoluciones tienen como principio el humanismo, la igualdad, la fraternidad y ante todo la libertad. Visto desde esta perspectiva, el fenómeno de las rotondas es el claro reflejo de la revolución perdida.

En épocas de graves crisis económicas, más que banderas, símbolos vacíos y vanas pretensiones de discursos sin contenido revolucionario, sería importante recuperar la institucionalidad, la coherencia de las políticas públicas y los programas de Estado, abandonando la politiquería que reprime y empobrece.

*Socióloga Feminista
sarhenga@gmail.com