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Siempre he dicho que los sandinistas son una gran familia, llena de muchas contradicciones, todos soñadores por excelencia, luchadores sociales incansables, muchos de ellos héroes, algunos mártires, otros celebridades, otros prefirieron el anonimato, pero sobre todo, son seres humanos con sus aciertos y errores a quienes se les han atribuido una serie de leyendas verdaderas y falsas.

Gracias a mi padre conocí algunos rasgos biográficos del general Augusto C. Sandino, muchos años antes que Sergio Ramírez y una serie de escritores y artistas nacionales y extranjeros lo convirtieran en una especie de mito político, en una leyenda latinoamericana o en una estrella cinematográfica. Mi padre, un sandinista de convicciones, a mí me consta, me decía que Sandino era el nicaragüense que con las armas en la mano había salido de las montañas a defender nuestra dignidad. Me gustaba su frase. Y me pronosticaba con el entusiasmo del revolucionario que el sandinismo sería tarde o temprano la ideología genuina del pueblo nicaragüense. Mi padre no viviría para ver sus pronósticos.

De igual manera, el Sandino que yo conocí en ese entonces --a través de las fotografías que tenía a mano-- es el que se ha quedado en mi memoria: un hombrecito de estatura baja, de rasgos indios, finos, de sombrero grande, y unas botas que parecían ser heredadas del general Emiliano Zapata. Esta fotografía la combino con la imagen del Sandino quitándose el sombrero que aparecía en un noticiero nacional. Aunque ésta sea la rápida descripción de un retrato, no sé por qué en mi memoria se quedó la de ese hombre de sombrero ancho, ladeado, chaqueta, pistola, tipo vaquero, como salido de una película del Oeste. Aunque debo confesar, en honor a la verdad, que me terminé enamorando de él al escuchar aquel poema musicalizado por el grupo Pancasán, anunciando que Sandino era aquella luz que guiaría el destino de Nicaragua. Esa canción, una oda melancólica en mis oídos, fue suficiente para que en los años ochenta me enamorara plenamente del general. La escuchaba a cada rato en una vieja consola que tenía mi amigo Edgard Solórzano en su casa. Qué años aquellos.

Sin embargo, el interés de este artículo no es repetir lo que ya se ha dicho de Sandino. No pretendo aburrir. De este personaje se han escrito decenas de libros, ensayos, investigaciones; se han erigido monumentos, se siguen encontrando documentos inéditos, se ha hecho una película, varios documentales y todos los poetas y escritores del Continente le han rendido honores. Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal y otros.

Pero, a los setenta y cinco años de su muerte, ¿Dónde están los hijos de Sandino? La pregunta es inquisidora. En Nicaragua, los sandinistas se han bifurcado en varios senderos. Podría decir que en la actualidad Sandino tiene hijos, hijastros y conocidos. ¿Dónde están sus hijos? Mi respuesta será controversial: Los hijos de Sandino son aquellos que continúan defendiendo la soberanía nacional, cueste lo que cueste, los espacios políticos, los que siguen luchando por la libertad, aún cuando suene anticuado y disparatado, los que nunca dejaron de soñar por conquistar el gobierno para los sectores populares, los que prefirieron la adversidad a la comodidad, los que alguna vez se sintieron solos, pero sacaron fuerzas y talento para hacer una oposición en medio de las grandes hostilidades que provocó el neoliberalismo. Estos son los hijos de Sandino, los que nunca cambiaron de partido, y los que defendieron ciertas posiciones aunque no estuvieran de acuerdo con éstas. Los que vivieron pobrezas e indigencias, y las siguen viviendo. ¿Y los hijastros? Los que hicieron lo contrario: los que formaron tienda aparte, (otro partido), los que prefirieron la comodidad a la adversidad, los que dejaron de soñar porque nunca tuvieron la luz de Sandino; los que al final de la jornada, nunca más regresaron al poder porque se quedaron en la otra acera.

Ahora bien, también así como hay hijos e hijastros de Sandino, hay compas, compañeros y compitas. Son conceptos novedosos que se manejan en círculos sociales y partidarios. Los compas son aquellos que ingresaron al FSLN desde que lo fundó Carlos Fonseca, y nunca han recibido nada, ni siquiera una chapa. Los compañeros son los que ingresaron en la época de la insurrección urbana, y que han podido alcanzar cierta proyección en el partido. Algunos dejaron brazos y manos, pero se sienten orgullosamente revolucionarios. Y los compitas son aquellos vivarachos. que se inscribieron el cinco de noviembre de 2006, cuando triunfó el presidente Daniel Ortega en su segundo gobierno, y que han aprendido a nadar de acuerdo a la corriente, cambiando de banderas y rumbos.

Y los conocidos de Sandino, mejor ni hablemos. Pululan por donde quieran, como mosquitos indeseables, con banderas virtuales. Ahí quedamos.


*e-mail: felixnavarrete_23@yahoo.com