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NUEVA YORK
Hillary Clinton ha partido camino de China. La decisión de la Secretaria de Estado de los Estados Unidos de hacer su primer viaje al extranjero por Asia y, en particular, China ha sido inteligente y, si lo hace con aplomo, podría rendir enormes beneficios al gobierno de Obama en su intento de restablecer la capacidad de dirección mundial.

El hecho de que Clinton haya optado por ir a Asia ahora, cuando el Departamento de Estado no está aún completo --en vista de que no hay aún embajador en Beijing. muchos de sus antiguos funcionarios se han marchado o están haciéndolo y muchos recién nombrados no están aún en sus puestos-- atestigua su determinación de delimitar el de Asia como su sector preferente.

Lo que Clinton aporta a esa tarea es apertura y el anhelo de crear una nueva estructura para las relaciones entre los EU y China, pero, aun cuando muchas otras cuestiones entran en juego, el fortalecimiento de esa relación bilateral de la mayor importancia requiere un nuevo interés común subyacente. Paradójicamente, la amenaza del cambio climático se presta bien para ese fin.

El Gobierno de China no debe subestimar el compromiso de Clinton y Obama con esa cuestión. Como ella dijo en un discurso –anterior al viaje– pronunciado en la Asia Society de Nueva York, “la colaboración en materia de energía limpia y una mayor eficiencia ofrece una oportunidad auténtica para profundizar la relación entre los EU y China en general”.

Tras reconocer públicamente que los EU “han sido hasta ahora los mayores emisores de los gases que causan el efecto de invernadero”, declaró que este país “debe encabezar las gestiones y medidas encaminadas a reducir las emisiones perjudiciales y crear una economía menos dependiente del carbono”. China llevaba mucho tiempo esperando para oír eso.

De modo que Clinton ha puesto las bases para explorar la posibilidad de una colaboración con China con vistas a afrontar la amenaza del cambio climático. La receptividad de los chinos al respecto reflejará el grado en que ambos países harán avanzar el debate desde la teoría hasta la práctica, además de estabilizar sus relaciones.

Hasta ahora, los chinos han adoptado la actitud de esperar a ver a quién nombraba Obama para ocuparse de las relaciones con China y qué dirían los nuevos emisarios. Esa cautela es comprensible, pero lo que parecía faltar en China era un reconocimiento pleno de que la situación en los EU sigue aún poco definida y de que, con un nuevo presidente, casi todo puede estar sometido a cambios sin precedentes.

Con una actitud más activa, los chinos habrían podido influir en las políticas procedentes en última instancia de la parte americana. Es que, en relación con China, Clinton y Obama son yizhang baizhi, “una hoja de papel en blanco”. Con la visita de Clinton a Beijing, ha llegado el momento de empezar a esbozar un futuro común entre los EU y China de modo deliberado y reflexivo.

En su discurso, Clinton recordó el antiguo aforismo chino Tongzhou Gongji: “Quienes se encuentren en el mismo barco deben procurar que la travesía sea apacible”. Se refiere a un antiguo episodio en el que soldados de los Estados de Wu y Yue, que estaban en guerra, se encontraron con el mismo barco para cruzar un río en plena tormenta y acordaron deponer las armas a fin de hacer la travesía en común. Constituye una metáfora apropiada para la situación en la que se encuentran ahora los EU y China: en un planeta que corre el riesgo de un calentamiento peligroso provocado por nuestro progreso desbocado.

Es inevitable y apropiado que Clinton saque a relucir el Tíbet, los derechos humanos y otras cuestiones polémicas, pero todo indica que le gustaría hacerlo en el marco de una relación EU-China renovada, cuyo núcleo sea la colaboración.

De modo que los dirigentes chinos se equivocarían gravemente si consideraran la del cambio climático una cuestión secundaria y mucho más si la vieran como un problema impuesto a los países en desarrollo, como China, para impedir su progreso económico. China debe aceptar el llamamiento de Clinton en pro de la colaboración en materia de cambio climático, que podría llegar a ser un cambio de paradigma en las relaciones entre los EU y China, de forma muy parecida a como lo fue el frente unido contra la Unión Soviética en 1972, cuando Richard Nixon y Henry Kissinger fueron a China para iniciar la normalización de las relaciones.

Al encarar ese punto de inflexión, los dirigentes de China deben comprender lo maleable que es actualmente la política exterior de los EU. Auque están acostumbrados a ver a este país como una “gran potencia” dominante y con frecuencia censuradora, la realidad actual es la de que los EU están iniciando no sólo un nuevo período de gobierno, sino también todo un capítulo de su historia. Y, como observó con una frase célebre Deng Xiaoping respecto de las reformas de China en el decenio de 1980, “estamos cruzando el río sobre las piedras y con mucho tiento”.

No es que el gobierno de Bush dejara las relaciones entre China y los EU en tan mal estado, sino que nunca había habido tantas posibilidades de un importante cambio para mejor. La apertura de Clinton a nuevos planteamientos y su temprano viaje a Beijing brindan una oportunidad incomparable a los dirigentes chinos para contribuir a la lucha contra el cambio climático, que tal vez sea la más grave amenaza que afronta el mundo en nuestro tiempo, una odisea común.


Orville Schell es director del Centro de Relaciones EU-China de la Asia Society y coautor del reciente informe Road-map on US-China Cooperation on Energy and Climate Change (“Hoja de ruta sobre la cooperación, EU-China en materia de energía y cambio climático), publicado por la Asia Society y el Centro Pew sobre el Cambio Climático Planetario.


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