Jorge Eduardo Arellano
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TUBINGEN
Muchos dicen que la crisis financiera mundial no se podía haber previsto. Quizás no por los financistas y economistas, pero otros que observaban lo que ocurría en los mercados estaban más que preocupados.

Ya en 1997, planteé mi preocupación de que se repitiera un colapso del sistema económico similar al de 1929-1933 en mi libro Una ética mundial para la economía y la política: “El más ligero comentario, por ejemplo, del Presidente del Banco Federal Estadounidense, Allan Greenspan, a comienzos de diciembre de 1996, de que una “exuberancia irracional” había llevado a una sobre-evaluación de los mercados financieros, fue suficiente para que los nerviosos inversionistas de los mercados de alto vuelo de Asia, Europa y América entraran en caída libre y, presas del pánico, vendieran sus acciones. Esto también muestra que las crisis en la globalización no se equilibran a priori, sino que quizás empeoren progresivamente.”

En ese entonces ya aventuraba el que para los economistas era un planteamiento herético: que la teoría del caos se debía aplicar a la economía; que de las más pequeñas causas pueden derivar efectos devastadores. No se podía descartar de modo alguno “un retorno de la crisis económica mundial y el colapso del orden económico mundial de 1929-1933”.

Así es que no me sorprendió la rapidez y la dimensión de los acontecimientos de los últimos meses. De hecho, sólo unos cuantos economistas –como los premios Nobel de 2001, Joseph Stiglitz, y de 2008, Paul Krugman, advirtieron acerca de los fatales sucesos que iban preparándose en la economía globalizada de hoy.

Contrariamente a muchas predicciones de los expertos económicos, la crisis no se ha limitado al sector financiero. En lugar de ello, está generando un efecto masivo sobre la economía real, afectando con especial dureza a las industrias del automóvil y los productos químicos.

En contraste con 1929, no se está limitando el crédito; por el contrario, se está insuflando dinero público a los bancos y a la economía. Sin embargo, estas medidas serán exitosas sólo si no se toman de manera aislada y populista. En lugar de ello, deben ser parte de un plan general convincente que combine una intervención estatal responsable con el alivio de las cargas financieras de los ciudadanos comunes y corrientes, así como ahorrar en los presupuestos públicos. Una deuda estatal de límites imprevisibles -que han de pagar las generaciones futuras- no es una solución viable ni ética.

Afortunadamente, hay señales de que la mentalidad general que contribuyó a propagar la crisis está cambiando. En los países industrializados ricos, tras una época de conducta miope y cínica de buscar las mayores ganancias posibles, es posible que estemos en los comienzos de una nueva era de modestia y sostenibilidad. Las compañías enfrentan una creciente presión para comportarse éticamente, y por fin se castiga el comportamiento empresarial poco ético.

En una gira de conferencias en los Estados Unidos en noviembre de 2008, pude ver que ahora muchas personas se están quejando del exagerado deseo de lucro de las empresas y de la megalomanía en política. A medida que caen los mercados, los llamados a aplicar una regulación ética de la búsqueda de ganancias se han visto confirmados no sólo en términos de principios, sino también en los hechos.

Sin embargo, la ética no es sólo la guinda del pastel ni una adición incidental la economía de mercado global. En lugar de ello, la nueva arquitectura financiera que muchos demandan hoy, y que se necesita con urgencia, debe estar sostenida por un marco ético. Los fatales instintos humanos de la avaricia y la soberbia sólo se pueden dominar mediante algunas normas éticas elementales.

¿Qué contendría este marco ético? Un párrafo de la Declaración hacia una Ética Global del Parlamento de las Religiones del Mundo en Chicago en 1993 señala lo siguiente:
“En las grandes religiones y tradiciones éticas de las antigüedad encontramos la directriz: ¡No robarás! O, en términos positivos: ¡Haz tratos de manera justa y honesta! Reflexionemos nuevamente sobre las consecuencias de esta antigua directriz: Nadie tiene derecho a robar o desposeer de manera alguna a otra persona o a la comunidad. Más aún, nadie tiene derecho a utilizar sus posesiones sin considerar las necesidades de la sociedad y el Planeta.

Ser auténticamente humanos, en el espíritu de nuestras grandes religiones y tradiciones éticas significa lo siguiente:
T Debemos utilizar el poder económico y político para servir a la humanidad, en lugar de desperdiciarlo en implacables batallas por la dominación. Debemos desarrollar un espíritu de compasión por quienes sufren, prestando especial atención a los niños, los ancianos, los pobres, los discapacitados, los refugiados y quienes se encuentran abandonados;
T Debemos cultivar el respeto mutuo y la consideración, de manera de alcanzar un equilibrio de intereses razonable, en lugar de pensar sólo en un poder ilimitado y las inevitables luchas de competencia;
T Debemos valorar un sentido de moderación y modestia, en lugar de una insaciable sed de dinero, prestigio y consumo. En la avaricia los seres humanos pierden sus “almas”, su libertad, su compostura, su paz interior, y con ello lo que los hace humanos”.

Muchas esperanzas en todo el mundo se centran en el Presidente Barack Obama, que asume la presidencia con una estatura moral extraordinaria para un político. Por supuesto, Obama no es el Mesías; no puede hacer milagros. Pero se encuentra en posición de definir un marco ético para la reconstrucción de la economía global.

En vista de la opresiva –y sin precedentes- abundancia de problemas que enfrenta Obama en su país y en el exterior, ciertamente no podrá cumplir todas las expectativas. No haré un juicio sobre sus planes para la economía global hasta el momento; sin embargo, no hay duda de que ha reconocido la dimensión ética de la crisis económica actual: “Se reduce a un problema de valores: ¿asignamos valor únicamente a la riqueza, o al trabajo que la crea?”

El sufrimiento de tantos en la actualidad significa una presión para emprender reformas, y Obama ha transformado hábilmente estas presiones en una fuerza política. Todo esto muestra que la reflexión sobre los valores éticos comunes, una ética global, se necesita hoy con más urgencia que nunca.


Hans Küng es Presidente de la Fundación para Una Ética Global (Stiftung Weltethos) y Profesor Emérito de Teología Ecuménica de la Universidad de Tübingen.


Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2009.

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