Jorge Eduardo Arellano
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El abuso sexual que desgraciadamente tantas personas sufren o han sufrido en la infancia proviene siempre de una persona que por diversas razones tiene más poder que el niño o la niña: padre, abuelo, tío, hermano, familiar, amigo de la familia, maestro, sacerdote o pastor.

Esto hace que, además del daño físico y emocional, se trastorne el mundo de las referencias de la persona abusada: el padre, familiar o amigo de la familia, que debe cuidar y proteger al niño o niña, es quien le hace daño. También el abusador ofrece mimos, cariños, regalos, junto con amenazas y engaños.

Cuando el abusador es un sacerdote o pastor, se agrega la crisis religiosa: ¿Dónde estaba Dios cuando era abusado/abusada? ¿Por qué no me defendió? ¿Por qué no me protegió si es todopoderoso? ¿Será que ese poder lo ejerce a favor de quienes tienen poder en la tierra, y no a favor de los y las más débiles? ¿Será que Dios no existe? ¿Será que Dios es injusto? ¿Por qué las iglesias no sólo permiten que esto ocurra, sino que además encubren y protegen al delincuente? ¿Por qué la misma comunidad se vuelve en contra de la víctima (como vimos en Chinandega el caso del P. Marco Dessi)? ¿Cómo puede ser “representante de Dios” una persona que comete semejantes atrocidades? ¿Cómo puede luego presentarse al altar, celebrar la eucaristía o pronunciar sermones que deben orientar a la comunidad?
La víctima se queda en un vacío angustioso. Nada ni nadie lo/la protege. Ni siquiera Dios. No sólo su fe se ha venido al suelo, sino que el odio (que no puede volcar contra el abusador) se vuelca a veces hacia Dios o hacia sí mismo/a.

Con el ánimo de acompañar a las víctimas, quiero compartir algunas reflexiones.

Primero y sobre todo, es importante tener en cuenta que NADIE REPRESENTA A DIOS. Dios no necesita de representantes, pues está en el universo entero, revelándose en cada cosa que existe. Ni pastores, ni sacerdotes, obispos, cardenales, ni Papas representan a Dios, ni a Jesucristo ni a Pedro. Los líderes religiosos son personas como cualquier otra. La única diferencia es que tienen mayor compromiso moral, en vista de que el ministerio por el que han optado les manda ser ejemplos y guías para la comunidad. Por consiguiente, los abusos y delitos que cometan son tanto más graves por cuanto mayor es su responsabilidad.

Otra cosa que es importante atrevernos a cuestionar es la imagen que usualmente tenemos de Dios como un ser todopoderoso, que tiene que resolverme todos mis problemas. Esta imagen ha hecho mucho daño. Más aún, cuando se dice desde los púlpitos que si Dios no hace lo que le pedimos, entonces es culpa nuestra por la falta de fe. En otras palabras, se revictimiza a la víctima.

Dios aparece así no como Dios, sino como un mago que está a nuestra disposición. Si esto fuera así, Jesús no hubiera muerto en la cruz. No hubieran muerto millones de seres humanos en los campos de concentración nazi. Los obispos Valdivieso, Romero y Gerardi no hubieran sido asesinados por luchar por la justicia. No estarían muriendo miles de personas en Gaza, ni morirían por hambre tantos niños y niñas en el mundo.

Dios está en nosotros y depende de nosotros. Su poder depende de lo que hagamos o dejemos de hacer. Si protegemos a los abusadores sexuales en vez de condenarlos, hacemos que el Dios que es Amor fracase en nuestras iglesias y en su lugar se entronice el ídolo del poder depredador, maltratador, mentiroso, manipulador. En cambio, si tenemos el coraje de denunciar el pecado y el delito cometido contra niños y niños, estamos purificando nuestras comunidades y permitiendo que el espíritu de amor (del verdadero) circule en ellas con libertad y alegría.

Sé que estas palabras sorprenderán e incluso pueden chocar a algunos de nuestros lectores y lectoras. Sólo les pido que reflexionen sobre ellas con calma, con serenidad, con honestidad y con valentía. Romper los ídolos que nos han oprimido (pero que a la vez nos han dado seguridad) siempre produce miedo. Pero de que seamos capaces de vencer ese miedo depende nuestra liberación.

Sobre esto aún se ha reflexionado poco, muy poco, diría yo. Queda pendiente seguir profundizando. Con gusto me ofrezco a aportar reflexiones sobre inquietudes de nuestros lectores y lectoras. Pueden dirigirse al Centro Antonio Valdivieso o al Movimiento contra el Abuso Sexual en Nicaragua, para éste u otro aspecto que deseen debatir, de ser necesario estableceremos contactos con cualquiera de las cuarentas organizaciones miembros del MCAS. Al responder respetaremos sus opiniones, no mencionaremos en absoluto nombres de las personas que nos hayan escrito, ni divulgaremos su situación.


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