Jorge Eduardo Arellano
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“Nos estamos des-musicando.

Se nos está haciendo yanki el esqueleto.”

Pablo Antonio Cuadra

Desde que Wilmor López se entregó a la pasión de rescatar y dar a conocer la música nicaragüense, no ha cesado ni un sólo día en valorarla, catalogarla y difundirla, con la intención expresa de conectarnos con nuestras raíces más profundas. Un recorrido que inició durante el último cuarto del siglo pasado y que seguramente no concluirá sino con su muerte. Una entrega sin pausas, ni límites en el tiempo y el espacio. El andariego se ha metido por todos los rincones del país, para dibujar con pulcritud un mapa musical completo, donde ninguna de las creaciones surgidas de las entrañas del pueblo quede fuera. Un mapa integral que abre su abanico en Chinandega, pasa por Las Segovias, se adentra en la Costa Caribe, se detiene en la región central, marca mojones en Boaco, Chontales y Río San Juan. Alza su pedestal en Diriamba, pone la bandera en Masaya, tiñe de colores Granada, fija las fronteras de León y Masaya y se desliza suavemente por las llanerías de Rivas.

El joven investigador de la música nacional se propuso ensanchar el horizonte recorrido por sus grandes maestros y lo ha logrado. Carlos Mejía Godoy, el más persistente y prolífico cantautor vernáculo, lo integró en sus filas convirtiéndolo en parte medular de la Brigada de Salvación del Canto Nicaragüense. Mejía Godoy hizo de Radio Corporación el centro de irradiación de expresiones musicales, que si no se recopilaban ni se difundían, hubieran quedado enterradas en el olvido. El son nuestro de cada día, transmitido en dos audiciones, alimentaba los sueños de Wilmor y acrecentaba su interés por enlazar a los compositores ubicados en las regiones más remotas, con todo el conglomerado nacional. Una iniciativa cultural que muestra los distintos cantos y los diversos ritmos que conforman la música nacional.

Una de las pretensiones de Wilmor era trascender las fronteras que delimitan El folklore nicaragüense, el texto pionero de Enrique Peña Hernández. Sin desmeritar sus hallazgos, Wilmor comprendía que tenía que ir más allá. El trabajo de Peña Hernández se limita a los contornos de Masaya. Uno de los errores más sensibles de las diferentes investigaciones, análisis y estudios acerca de la literatura, historia, música y canto nicaragüenses ha consistido en sobredimensionar la región del Pacífico. Más grave todavía resultan sus extrapolaciones a todo el territorio nacional. Lo mestizo ha sido convertido en una totalidad. Las culturas subalternas vinculadas con lo indígena y negro-caribeño siempre han estado en la mira de Wilmor. Los trabajos de Jaime Wheelock Román, Erick Blandón, Eddy Kuhl, Dora María Téllez, Sergio Ramírez, Lisandro Chávez Alfaro y Carlos Midence, encierran una misma intención: romper con el reduccionismo imperante, al ofrecer una visión de conjunto de la cultura nacional.

En el lapso de tres años (1975-1978), Carlos Mejía Godoy, Carlos Mántica Abaunza, César Ramírez Fajardo, Wilfredo Álvarez, César Zepeda y Wilmor López, recopilaron quinientas canciones. Como testimonio de esta hazaña, Mántica y Ramírez publicaron el libro Cantares Nicaragüenses. Tres años fructíferos que sirvieron para que Carlos Mejía Godoy se percatara de que Wilmor podía conducir El son nuestro de cada día. Todo creador aspira a que su obra adquiera perdurabilidad y trascendencia. El joven asistente empezó a curtir su piel. Sumó su voz a la de Carlos y al partir éste hacia España en 1977, a grabar su primer disco con la CBS, encomendó a Wilmor la responsabilidad de continuar haciéndolo. Mejía Godoy viajó acompañado por Silvio Linarte, Humberto Quintanilla y Enrique Duarte, en ese entonces conocidos como Los hermanos Duarte. El sacerdote vasco Victoriano Aristi, quien le inspirara posteriormente La viejecita de Mozambique, lo convenció que para seducir a los españoles, tenía que introducir una variante en el nombre. Serán rebautizados como Los de Palacagüina. El Almendro de Onde la Tere, Panchito Escombros, Clodomiro El Ñajo y Son tus perjúmenes mujer, imprimen sus huellas. Carlos reconquista España. Antes había caído embelesada ante los versos inmortales de don Rubén Darío.

La amistad con Otto de la Rocha permitió a Wilmor ser parte de Al primer canto del Güis, un programa dominical transmitido en la Corporación. Se convirtió en la segunda plataforma que sirvió de pivote a Wilmor para dar a conocer cincuenta biografías musicales. Gustavo Latino, un impulsor como pocos de los artistas nacionales, con su programa Retablo Folklórico Nacional, cuenta su vida y milagros. Juan José Gaitán, el Ranchero de Monimbó, un pintor de brocha gorda, no sólo prende a sus oyentes con sus composiciones, les seduce contándole sus vicisitudes, mientras yo escucho prendado por la manera en que Wilmor conoce la letra y tararea cada una de las canciones de la mayoría de los compositores nacionales. Una memoria prodigiosa sólo comparable con la de Edgard Tijerino. Wilmor lleva música en la sangre. Es su oxígeno. Vibra, respira y siente en el corazón la música nicaragüense. Su más alto paradigma es Salvador Cardenal. Nadie que intente hacer una investigación sobre la música nacional puede eludir la figura del fundador de Radio Güegüence.

El álbum musical más completo sobre la música nicaragüense se debe al genio de Salvador Cardenal. Nicaragua- Música y Canto es el resultado tesonero de cuarenta años de recopilación. Para realizar la proeza de grabar diez Long Play en 1978, Cardenal tuvo antes que recorrer el país de un lado a otro en su búsqueda. Nos legó el esplendor de la música folklórica y nos enseñó a quererla y apreciarla. Sedujo a su familia. ¿Una influencia sanguínea o una influencia cultural? Salvador y Katia son sus grandes herederos. Su entrega a la composición y al canto les viene directamente de su abuelo. La admiración de Wilmor por Salvador Cardenal únicamente es comparable con el cariño y admiración que siempre guardó Pablo Antonio Cuadra por su primo. Wilmor sabe que para trascender en el paisaje lugareño, tiene por lo menos que igualar los logros alcanzados por Salvador Cardenal.

Si uno empieza a hacer el recuento de los primeros aciertos de Wilmor López, constata gozoso que haber filmado El Gigante de Diriamba, el original, con sus danzas teatrales y sus grandes bailes; El Toro Huaco y El Toro Venado del Malinche en Masaya; El Atabal de Granada, antes de que sus viejos intérpretes fallecieran; a Felipe Urrutia y sus cachorros en Estelí, símbolo viviente, recopilador y compositor de la más alta valía de la música norteña; Los hermanos Umaña en La Conquista, Carazo, y el baile de Walagallo en Orinoco, ejecutado por Isidro Zenón, un auténtico Chamán, lo sitúan como un verdadero adelantado. Un registro histórico de incalculable valor que muestra sus afanes de poner en alto relieve un conjunto de tradiciones culturales que enlazan al Pacífico con la Costa Caribe. Este homenaje testimonia las alturas en las que Wilmor se encumbra para divisar mejor toda la geografía nacional.

¿Cumplirá Wilmor su deseo de producir un vídeo con los bailes, danzas, mazurcas, polkas, sones y boleros grabados en su largo trajinar? ¿Alcanzará la meta de replicar en vídeo lo logrado en disco por Salvador Cardenal? ¿Existirá alguna institución que se muestre sensible a su valiosa iniciativa? En una época en que lo visual se impone con toda su belleza y grandiosidad, ¿quién dará el primer paso? ¿Verá publicado su libro Ensayos de la cultura popular nicaragüense, con todos sus escritos de investigación cultural? Desde hace rato nuestra memoria histórica se nos escapa, no sólo por la influencia inevitable de la música proveniente del norte, sino ante la sordera y falta de interés por conocer lo nuestro.

¿Cómo amar el terruño si lo poco que se divulga es en función del turismo que viene de afuera? La ciudad de Granada constituye la prueba más dolorosa del desgarramiento que produce la embestida provocada por la globalización. No llamo a cerrar fronteras ni hago aspavientos para atrincherarnos en un nacionalismo rancio. Pongo el dato frente a gobernantes, dirigentes políticos y empresariales, académicos, periodistas y dueños de medios, para que constaten que Nicaragua se nos está disgregando desde hace rato.

Uno de las conquistas más importantes alcanzadas por Wilmor fue la creación de los archivos de la gesta de Augusto Nicolás Calderón Sandino, la ocupación de la marinería yanki y los desmanes cometidos por los Somoza. Sus esfuerzos por lograr que el Archivo Fílmico de la Nación fuese declarado patrimonio cultural, manifiestan su interés por preservar aspectos que han gravitado fuertemente en la conformación de nuestra identidad. Así como le obsesiona la idea de grabar un vídeo con los bailes y música rescatadas, le atormenta el hecho de que diez años de grabación realizados a finales de los ochenta y durante la década del noventa se pierdan para siempre embodegados. Las grabaciones en vídeo de tres cuarto que hizo de 1980 a 1990, no sabe quién las tiene y dónde están. Una muestra amplia que transmitió a través de Canal 6 de Televisión, con un nombre que resume sus pretensiones: Así es Nicaragua.

Wilmor prosigue con su tarea. Todos los sábados, llueva, truene o relampaguee, conduce América Nuestra en la Primerísima, en horario de nueve a once de la mañana. Un programa de novedades musicales y entrevistas con cantautores latinoamericanos. Música muchas veces sólo disponible en su propia fonoteca. Los domingos la cita es a las diez de la mañana a través de la 580. Cantos de mi tierra continúa siendo el cordón umbilical que lo liga con los oyentes, en un recorrido por la música nacional. Su presencia en las radioemisoras constituye un bastión que enaltece los valores musicales arraigados en nuestra tierra. Una persistencia que vivifica y reconforta su ánimo. ¡Sin programas como estos moriría de pena! ¡Wilmor lleva la música en la sangre!