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La sociedad moderna es fruto de un salto inmenso de la productividad del trabajo humano, por la incorporación al proceso productivo de una energía acumulada en los combustibles fósiles, que supera con creces la energía disponible en el músculo de los trabajadores. Desde un punto de vista energético, a la base de la revolución industrial y de las transformaciones capitalistas de las relaciones de producción, está la disponibilidad del recurso no renovable de los hidrocarburos. Sin esta fuente de energía, el desarrollo tecnológico carecería de valor práctico, y se habría dirigido al entretenimiento de la imaginación, como la rueda en la cultura Maya (que se utilizaba sólo en juguetes).

La agricultura en los Estados Unidos produce, en 20 minutos de trabajo, las kilocalorías necesarias para la alimentación diaria, gracias a la productividad de la Revolución Verde, conseguida con los combustibles fósiles, en forma de fertilizantes nitrogenados para variedades híbridas de plantas, y de fuerza motriz de la maquinaria agrícola, como tractores, sembradoras, trilladoras, rastrilladoras, sistemas de aspersores de irrigación, o de bombas de motor para succionar el agua subterránea, y de pesticidas para el control de plagas.

Sin los combustibles fósiles --como ocurrirá a corto plazo, a partir del año 2020, con la declinación de la producción de petróleo-- se requerirían tres semanas del trabajo de una persona para producir las 2,500 kilocalorías contenidas en la alimentación diaria. De manera que la crisis energética que se avecina acarreará sin falta un declive irreversible en la producción mundial de alimentos. No hay, por consiguiente, a corto y medio plazo, una estrategia de mayor importancia que la que concierne a la seguridad energética del país.

Una crisis energética de magnitud mundial como la que viene en un tiempo muy corto, planteará a la humanidad la base material para una racionalidad y planificación insoslayable de un nuevo modelo de producción, con las convulsiones sociales inevitables para
imponer el interés primordial de los
ciudadanos por encima de los privilegios
de los especuladores.

Actualmente, a lo largo del proceso agrícola hay una marcada pérdida de energía. El balance energético en la producción de alimentos es deplorable. En los países industrializados, se requieren 10 kcal de energía contenida en los hidrocarburos para producir 1 kcal de alimentos. De modo que el tema central de la estrategia inmediata del Primer Mundo se enfoca en lograr una mayor eficiencia energética, en conseguir abaratar el uso de fuentes alternas de energía renovable, y en aprovechar las tierras todavía fértiles de los países subdesarrollados, para obtener de allí alimentos a bajo costo con el uso extensivo de las tierras cultivables.

En una economía preindustrial, como la nuestra, la falta de productividad agrícola se debe a que se emplea en la producción de una unidad alimentaria 22 veces menos energía que la que utilizan los países desarrollados, y ello obliga al avance de la frontera agrícola. Sin embargo, nuestra economía, por una lógica perversa del subdesarrollo, pese a la baja productividad es extraordinariamente dependiente de la importación de la energía acumulada en los hidrocarburos.

Efectivamente, la factura petrolera se lleva, en generación de electricidad y en transporte de vehículos, casi el 70 % de los ingresos de nuestras exportaciones. Pero, lo grave es que esta energía importada se desperdicia, sin que incida significativamente en mejorar la productividad. El intercambio comercial cada vez más desigual agranda el déficit que amenaza al final con el colapso de nuestra sociedad si no se adoptan medidas urgentes.

Más del 75 % de la energía eléctrica de nuestro país se genera con combustibles fósiles. Algunas plantas, instaladas a comienzos del año 2000, generan con una eficiencia superior a los 18 KWh/gln. Pero, el 32.48 % de la energía eléctrica se genera con plantas que tienen una eficiencia de apenas 12 KWh/gln; y 2.75 % de la energía se genera con una eficiencia todavía menor, de 9 KWh/gln.

El uso ordenado de los recursos escasos, en determinada combinación de objetivos y de acuerdo a las circunstancias, es la esencia del pensamiento estratégico. Un plan energético integral, en el sector eléctrico, debe apuntar, a lo inmediato, a un mayor rendimiento de las unidades de generación y a una reducción de costos, tanto en el suministro de energía como en la demanda.

Del lado del suministro hay coincidencia plena, a nivel conceptual, que se requiere transformar con urgencia la matriz energética primaria, con la instalación de plantas que usen energía renovable autóctona para reducir el uso de petróleo importado en la generación de electricidad. Con un énfasis especial en la construcción de plantas de generación geotérmica que, con mucho, son las que presentan los menores costos de generación y el mejor factor de planta entre las que utilizan energía renovable (y el país dispone de un potencial superior a los 1, 000 MW de potencia geotérmica).

Sin embargo, a despecho de la estrategia evidente hacia la explotación de la energía renovable, el país debe mantener una reserva de plantas térmicas con un alto rendimiento y confiabilidad (para aprovechar las oscilaciones coyunturales hacia la baja del petróleo). Pero, al igual que Venezuela y Cuba, debe deshacerse de plantas diesel y de aquellas unidades con una eficiencia inferior a 18 kWh/gln.

Estos elementos básicos de la estrategia energética deben exponerse con transparencia, para obtener el consenso de todos los sectores sociales, a fin de dirigir a este objetivo a los posibles inversionistas, con facilidades y con garantías del Estado que minimicen la incertidumbre y el riesgo.

Sin embargo, para optimizar los recursos energéticos, lo más urgente es invertir seriamente del lado de la demanda, en el ahorro de energía eléctrica, en programas de gestión de la demanda y en eficiencia en los usos finales de la energía. El parámetro más común para medir la eficiencia en el uso de la energía, es la intensidad energética. Es decir, la relación del consumo de energía por unidad de Producto Interno Bruto.

Mientras más alto es este índice, menor es la productividad. En Nicaragua, la intensidad energética es superior a 0.75 Toneladas Equivalentes de Petróleo por cada mil dólares de Producto Interno Bruto (0.75 TEP/1.000 US$ PIB). Si comparamos con el índice de países desarrollados como los EU (0.37), Inglaterra (0.26), Francia (0.21) y Japón (0.15), concluimos que necesitamos con urgencia controlar la eficiencia de los motores y de los equipos que importamos. Debemos, para ello, gravar con altos impuestos la introducción de aparatos eléctricos con bajo índice de eficiencia energética (Energy Efficiency Rating).

Pero, la decisión realmente estratégica, del lado de la demanda, es la de disminuir el peso exagerado del uso de energía eléctrica en actividades no productivas.

Efectivamente, en la actualidad, el sector residencial, el comercial y el alumbrado público representan, en conjunto, el 62 % de la demanda de energía eléctrica en nuestro país. El consumo industrial, en cambio, no supera más del 23 % de la demanda de electricidad.


Así, en lugar de desperdiciar los combustibles fósiles que importamos en plantas de generación y en medios de transporte ineficientes, o en consumos no productivos, debemos planificadamente dirigir el uso de los hidrocarburos al incremento de la productividad agrícola, bajo la dirección de expertos en ecología, que prioricen –aún por encima de la productividad- la sostenibilidad del medioambiente.


*Ingeniero Eléctrico