Jorge Eduardo Arellano
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El 16 de octubre de 1981, tuve el privilegio de conocer en Las Segovias al coronel José Adán Melgara, uno de los pocos sobrevivientes del Ejército Defensor de la Soberanía Nacional de Nicaragua (Edsnn). Lo acompañé en la caravana que salió de Ocotal hacia Wiwilí de Jinotega, donde él, con varios dirigentes de la Revolución, presidiría la primera entrega de tierras de la Reforma Agraria, una de las reivindicaciones emblemáticas por la que, entre 1927 y 1934, muchos campesinos segovianos empuñaron las armas bajo las órdenes de Sandino. A pesar de sus años, camuflado entre sus arrugas y su silencio, el coronel Melgara seguía siendo lo que aprendió con su General: un guerrillero desconfiado, observador, cauteloso, arisco y parco: -¿Va cansado, coronel? -No. -¿Tiene hambre, coronel? -Sí. ¿Combatió en esta zona, coronel? -Bastante. -¿Tuvo miedo de morir, coronel? -Nunca.

Poco a poco, y acicateado por mis preguntas durante tanto camino de barro, habló sobre el primer combate contra los marines en Ocotal: “Eran 400 piratas y 200 renegados que se decían nicaragüenses, nosotros, sólo 60…15 horas duró el combate… los desbaratamos”. Se refirió a la extensa persecución de los machos, “pero los dejamos perdidos en las montañas de Quilalí”. Sonrió al recordar a La Chula, el cañón artesanal con el que derribaron el primer avión en el combate de Las Cruces, el 7 de octubre de 1927: “Les capturamos dos máquinas con bastante parque, dos pistolas y un poderoso largavistas que le dimos al General, para que viera aún más lejos”. La nostalgia se le aguó en los ojos al evocar el Cuartel General, en El Chipote, donde Sandino, enjuto e iluminado, les trasmitió su ideario. “Él nos enseñó que una persona jamás debe vivir acallada, como vivimos tantas generaciones… con él recuperamos la Palabra, y la Verdad nos hizo libres”.

La Palabra. ¿Qué seríamos sin la Palabra, coronel Melgara?
El 19 de julio de 1979, con el triunfo de la revolución sandinista, la gente empobrecida, (que siempre ha sido la inmensa mayoría de la población nicaragüense), se desprendió el silencio y habló durante días y noches interminables, en reuniones comunales, en asambleas departamentales, en auditorios nacionales, en congresos internacionales, contando su historia, sus sueños y sus esperanzas, erguidos, estrenando su Palabra, transformando sus vidas, empedradas desde siempre de carencias y desarraigos, decididos a construir su libertad, su dignidad, y su justicia, y arroparse con ellas para siempre, sustentados en la verdad y nunca más en el discurso vacío, la arenga populista, la perorata altisonante, la Palabra falsificada.

Los héroes del Edsnn, y coetáneos del coronel Melgara, también aprendieron que nunca más debían vivir acallados. Lo afirmó Pastor Ramírez, originario de Ococona, Francisco Cruz, de Condega, Leandro Córdoba, vecino de Canta Gallo, Juan Bautista Tercero, de Quilalí, Abelino López, de Murra, Joaquín Fajardo, Antonio Marín y Alberto Rugama, de Ocotal, Alberto Cruz Molina, de Susucayán, José Adán Díaz, de Somoto, Lorenzo Pérez, de Jalapa, juntos por primera vez después de añales sin verse, reunidos de nuevo en San Albino, donde dieron testimonio de que la soberanía de un pueblo no se discute, sino que se defiende con las armas en la mano. Testimonios vivos, con sombreros de palma, pobres como siempre, reconociéndose entre sí, preguntándose sus santos y señas, recordando sus chequeos y contrachequeos, sus columnas y territorios, saludando respetuosos a doña Angelina Rugama, combatiente de Quilalí, y conocedora de los gustos del General, “porque yo fui su cocinera, y lo digo a mucha honra”.

A pesar de tanto heroísmo, hoy mucha gente está acallada en Nicaragua. Van silenciosas por las calles, con el desconcierto dibujado en sus rostros, la incertidumbre instalada en sus mentes y el pesado fardo del miedo enganchado sobre sus espaldas. Gente pobre. Pobre gente. Lo saben quienes desde el poder auscultan a la sociedad. Por ello, cada fin de año, importan músicos, como si el desaliento sólo aflorara en diciembre. Apenas ver a tantos profesionales silenciados por temor a perder sus empleos. “Para eso estamos nosotros, y si no les gusta que se vayan”. Su Palabra sólo la usan con pocos amigos y familiares. Entonces, encarnando al Güegüence, se burlan de sus jefes, de sus jefas y de sí mismos y quizá hasta ríen para no llorar. Pero, están claros que no es azotando, apedreando y garroteando gente descontenta que se silencia a este pueblo, heroico y soñador. Lo dice nuestra historia reciente y la menos reciente.

Porque, en verdad, la historia de Nicaragua está signada por el disfraz, la mentira y la traición. Usted, General Sandino, se alzó en armas al avizorar la traición del Espino Negro, el 4 de mayo de 1927, y en su Manifiesto Político del 1º de julio de ese mismo año, nos alertó al demandar a quienes se unían a su lucha, que llegaran con buenas intenciones, proclama histórica que concluyó con esta clarividente admonición: “Tened presente que a todos se puede engañar con el tiempo, pero con el tiempo no se puede engañar a todos”.

Siete años después, 75 años ahora, la aviesa confabulación de Anastasio Somoza García con Mr. Arthur Bliss Lane, embajador de Estados Unidos de Norteamérica, desembocó en su asesinato, la noche del 21 de febrero de 1934.

A 75 años de su martirologio, hay quienes, endiosados, desdeñan sus enseñanzas, haciendo más pesadas nuestras cargas y nuestras vidas… ¡Cuánta falta nos hace, General Sandino!

urtecho002@yahoo.com