Jorge Eduardo Arellano
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En los próximos días, los nicaragüenses, al igual que el resto del mundo cristiano, celebraremos la Navidad. Una de las fiestas más esperadas del año por los niños y las cadenas de comerciantes al menudeo. Muchos valores son los que se exaltan en estas fechas, paz, amor, esperanza, etc. Y muchas son las distintas ceremonias que se practican en conmemoración a los mismos en distintas partes del mundo.

Sin embargo, el dar y recibir regalos es la tradición más popular de esta época. En remembranza a los regalos recibidos por Jesús de parte de los Reyes Magos, las personas se abocan a la tarea de regalarse cosas mutuamente. Esta práctica se ha convertido en la principal característica de la Navidad y, por supuesto, no es ignorada por los comerciantes, que ofrecen todo tipo de promociones para atraer a los consumidores que comprarán regalos para los suyos.

¿Qué sabemos los economistas de la Navidad? Como científicos sociales estamos obligados a dar una interpretación de este fenómeno que tiene mucha repercusión en la actividad económica. A pesar de esto, es muy poco lo que podemos decir. Lo único que escuchamos de los especialistas es que, gracias al aumento del consumo, la demanda agregada de una economía crece, lo que a su vez aumenta la producción. Es fácil ver estas tendencias en las proyecciones del crecimiento de los activos de las empresas y las variaciones de sus inventarios. Pero, realmente no se necesita un doctorado en economía para saber esto. Cualquiera con un poco de sentido común puede averiguarlo al visitar los centros comerciales que se vuelven inusualmente populosos en estas fechas.

¿Qué sabemos los economistas, por ejemplo, de la eficiencia en el uso de los recursos durante la Navidad? Para responder esta pregunta sí se necesita un poco de estudio.

En 1993, el economista Joel Waldfogel publicó su estudio titulado: “The Deadweight Lost of Christmas”, (Las Pérdidas Ineficientes de la Navidad) en la edición número 83 del American Economic Review, la revista académica más prestigiosa en economía del mundo. En dicho estudio, el autor concluía que había un porcentaje de los recursos que se usaban ineficientemente durante la Navidad. Estos recursos mal usados representaban una pérdida para la sociedad que no era recuperada.

El argumento del profesor Waldfogel, de la universidad de Yale, es simple. Dentro del universo de regalos que recibe una persona en esta época, un gran porcentaje corresponde a cosas que éste realidad no desea. Por tanto, son cosas que no satisfacen ninguna de sus necesidades, al menos ninguna de las que él esté consciente, y se vuelven en un gasto ineficiente. Según la teoría económica moderna, un individuo gasta su dinero eficientemente cuando las cosas en las que gasta satisfacen sus necesidades. Luego de esto, todo gasto en cosas que no satisfacen una necesidad se vuelve gastos ineficientes, pues este dinero pudiera haber sido empleado en otra cosa. Es decir, son regalos que tienen un alto costo de oportunidad.

De toda la sociedad, los únicos que parecen estar de acuerdo con los economistas son los niños. Si no me cree el lector, pregúntele a sus propios hijos que preferirían que usted les diera un regalo sorpresa o que les diera el equivalente en efectivo. Tal vez esto sea porque los niños son los más perjudicados con este fenómeno. Muchos reciben ropa, adornos, útiles escolares y muchas cosas que en realidad no quieren. Le aseguro, lector, que sus hijos preferirían mucho gastar el equivalente monetario de esas cosas en juegos de vídeo o juguetes.

Los adultos, sin embargo, parecen pensar diferente. Cuando le compramos un regalo a alguien, lo que le estamos diciendo es que nos preocupamos tanto, que nos tomamos la molestia de buscarle algo que sabemos le gustaría. Con esto no sólo demostramos afecto sino también simpatía por interesarnos en los gustos y preferencias de la persona a quien regalamos. Es fácil deducir que, un regalo en dinero en efectivo sería considerado una ofensa para un adulto.

Pero entonces, ¿ o se supone que los adultos son más racionales que los niños? ¿No deberían entonces, ser los adultos los que preferirían los regalos en efectivo y los niños los regalos en productos? Pero por alguna razón, la gente se sigue regalando cosas en vez de dinero. A pesar de que los economistas juzgan este comportamiento irracional e ineficiente.

Tal parece que los economistas no sabemos nada de la Navidad. Citando al periodista Nick Loud en su artículo: “Santanomics, the weird economics of giving” (Santonomía, la Rara Economía de Dar) podríamos decir que: “Ningún economista ha podido todavía formular una teoría sobre el amor, el afecto y la obligación”. La revista The Economist, en una crítica a las conclusiones de Waldfogel dice: “¿Hay algún economista tan deprimente como para criticar la Navidad?” Y afirma el mismo artículo de diciembre de 2001: “A pesar del aumento de la actividad económica de un país, los economistas encuentran algo de que preocuparse de la temporada”, en clara alusión a las conclusiones de Waldfogel.

Existe una respuesta alternativa, pero no ha sido propuesta por los economistas sino por los sociólogos. Según ésta, quien realmente se beneficia no es quien recibe el regalo sino quien lo da. La sensación de dar crea en nosotros un sentimiento placentero por la simpatía que hemos demostrado hacia el prójimo. A su vez esperamos que el prójimo sienta esa misma simpatía. Así no regalamos por lo útil que sea el regalo para la persona a quien regalamos, sino por lo bien que el hecho de regalar nos hace sentir a nosotros. Esta respuesta es muy popular entre aquellos que, a diferencia de los economistas, piensan que somos más que un “Homo Economicus” (individuo completamente racional y con información perfecta que los economistas usan como sujeto de sus matemáticamente elegantes teorías). Al fin y al cabo, somos seres humanos con emociones y necesidades espirituales y no sólo materiales, que también debemos satisfacer.

¿Qué consejo puedo ofrecerle al lector? Bueno, apartando el hecho de que soy un estudiante de economía y estoy siendo entrenado para pensar como economista, le diría que se asegure de conocer bien los gustos y preferencias de los suyos antes de gastar. De esta forma todos ganamos. Al poner usted un poco de esfuerzo de su parte en asegurarse de regalar a su ser querido lo que él mismo se hubiera comprado para sí, gana la sociedad, pues se reduce el monto de regalos ineficientes y por supuesto gana usted que se sentirá bien dos veces: una vez por haber satisfecho su necesidad altruista de regalar, y otra, porque su regalo realmente superó su costo social.

*El autor es estudiante de Economía, UNAN-Managua.

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