Jorge Eduardo Arellano
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Este mes de febrero se celebran los cien años del nacimiento de una mujer que murió a los 34 años de edad, víctima de su propia solidaridad: su muerte fue un suicidio social que marcó a una generación de franceses comprometidos con la causa de su pueblo (por lo menos en las filas de Charles de Gaulle): la libertad frente a Hitler y su incipiente nazi-fascismo.

Simone Weil se negó a comer una ración que superara la pírrica cantidad que comían los compatriotas de la Francia ocupada por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Con una tuberculosis de por medio, su anorexia social la condujo en pocos días al deceso final. Fue enterrada en Ashford (Inglaterra) durante un velorio silencioso y vacío: pocos supieron que ese día (Agosto 24, 1943) había muerto una mujer sumamente sensible, de una inteligencia original y espiritualmente dotada.

De origen judío, Simone Weil fue una de las más emblemáticas mujeres que alguna vez se pudieron acercar a la condición del obrero de las fábricas primermundistas de mediados del siglo pasado. Su acercamiento fue genuino ya que portaba en sus entrañas una entrega absoluta a la causa de los oprimidos, quienes, desde su perspectiva, eran las auténticas criaturas que podían participar del “pan sobrenatural” de Dios.

Uno de sus pensamientos más memorables resume en esencia lo que la “hereje sublime” escribió para los trabajadores de cualquier fábrica donde se practicara la explotación de los individuos sometidos a la fuerza mecánica: “Los trabajadores tienen más necesidad de poesía que de pan. Necesidad de que su vida sea una poesía. Necesidad de una luz de eternidad. Y sólo la religión puede ser la fuente de esa poesía. No es la religión, sino la revolución la que es el opio del pueblo”.

En ella hay una constante rebelión ante planteamientos básicos del materialismo marxiano (sobretodo en su libro Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social), así como también contra-argumentación frente a filósofos de gran impacto en Occidente como el mismísimo Friedrich Nietzsche, quien alguna vez escribió de manera aforística: “Mirar y acoger los acontecimientos de la vida de los demás “como si fueran los nuestros” -la reivindicación de una filosofía de la piedad-, nos destruiría completamente en poco tiempo (tomado de Aurora).

Weil plantea frente a este apartado nihilista, ideas tan brillantes y transgresoras como la siguiente: “Para que sintamos la diferencia entre nosotros y Dios, fue necesario que Dios se hiciera un esclavo crucificado. Pues sólo sentimos la distancia con los que están abajo. Es mucho más fácil colocarnos en lugar de un Dios creador que en lugar de un Dios crucificado”. Weil apela a la compasión humana, reivindica la existencia de Dios desde su crucifixión cristiana, mientras que Nietzsche lo mata, sublimando en el acto, la prepotencia del superhombre y su megalomanía.

La “virgen roja”, como le llamó alguna vez el intelectual comunista León Trotsky (quien también la tildó de pequeño-burguesa), fue capaz de desprenderse de su cómoda familia, de su prestigioso puesto como profesora en un liceo francés a los 25 años de edad, para unirse a la causa proletaria y estudiar las razones que hacían de los trabajadores modernos, esclavos indefensos. Tal parece que el apodo de Trotsky (“la virgen roja”), respondía más a una envidia visceral frente a la capacidad de Weil para convertir su pensamiento en acción mientras él defendía su estalinismo retrogrado.

El legado de Simone Weil está recogido en libros poéticos, filosóficos y teológicos como “La gravedad y la gracia”, “Echar raíces” y “A la espera de Dios”, entre muchos otros que no se terminan de editar todavía. Sus textos fueron aplaudidos por intelectuales como los premios Nobel: Albert Camus y T.S. Elliot respectivamente, éste último, autor de la famosa “Tierra Baldía” (aquel gran poema que se compara con el “Canto de guerra de las cosas”, del granadino Joaquín Pasos).

Sin embargo, casi toda la obra weiliana ha sido póstuma, estudiada y publicada hasta después de su muerte. Su filosofía crítica y existencialista, su vocación mística y su pasión por la cultura griega, la llevaron a escribir ensayos acerca de la condición del ser humano y su vulnerabilidad ante el problema de Dios y su existencia (desde el politeísmo de las culturas antiguas hasta el monoteísmo moderno).

Fue quizás lo que le costó la vida a esta gran escritora, ser sincera y consecuente con la causa del cristiano de la calle, criticar la burocracia espiritual de las instituciones religiosas, y sobretodo, luchar por encontrar la verdad interior de su fe, esa verdad que tanto encarnó para entender a profundidad los orígenes de la miseria social, el egoísmo de los sistemas de gobierno, y al absurdo de la guerra que separa abismalmente la convivencia entre los seres humanos.

*grigsbyvergara@yahoo.com