Jorge Eduardo Arellano
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Cuando Miguel de Unamuno (1864-1936) recibió la Cruz de Alfonso XIII, le dijo a este que la merecía. “Es extraño ––le repuso el rey––, los demás a quienes la he otorgado me aseguraron no merecerla”. Y don Miguel le contestó: –Y tenían razón.

Yo podría imitar al catedrático de griego en la Universidad de Salamanca, en virtud de mi sostenida y fecunda vocación letrada a lo largo de cincuenta años. Pero la obra que el destino me asignó realizar no hubiera sido posible sin mis  oportunos maestros señeros (no solo en nuestra patria); sin las instituciones nacionales (bibliotecas, diarios y universidades) en las que he laborado; y sin las extranjeras (sobre todo de Alemania, España  y Estados Unidos) que me han favorecido con becas de estudio e investigación.

Asimismo, sin el permanente apoyo moral de mis familiares, especialmente de Consuelo Pérez Díaz, compañera de vida durante más de 44 años; y sin los estimulantes reconocimientos que me han concedido, figurando entre ellos tres doctorados Honoris Causa de la UCC, la UNAN-Léon y Universidad Central de Nicaragua (UCN). Por tanto, quiero expresar a la Junta Directiva de la última, y a su magnífico rector Francisco López Pérez, mi más profunda, sincera, cordial gratitud.

Porque yo no aspiré a esas coronaciones profesionales. Sencillamente, mi empeño ha sido cumplir con cinco prioridades vitales: 1. La escritura destinada a fundamentar la identidad nacional de Nicaragua y a contribuir al rescate de  su memoria; 2. La poesía ––y la creación en general–– como prueba de la existencia y razón de ser; 3. Los míos: mi mujer única y cuatro capitalizaciones genéticas con su preocupación por su bienestar integral; 4. Mis maestros y las agradecidas  correspondencias, justas y necesarias; y 5. Los amigos verdaderos  y la práctica permanente de la lealtad que merecen. Por cierto, ocho de ellos estaban presentes en el solemne acto de la UCN: Róger Matus Lazo, Gilberto Bergman Padilla, Bayardo Cuadra, Joaquín Absalón Pastora, Jesús Miguel Blandón, Iván de Jesús Pereira, Norberto Herrera Zúniga y Marvin Saballos Ramírez.

Otro si: el grado de doctor Honoris Causa en Humanidades que se me otorgó en la UCN el pasado 23 de noviembre de 2016 coincidió con el día y el mes del nacimiento de mi padre, doctor Felipe María Arellano Cuadra (1918-1997), los mismos de mis hijos gemelos; circunstancia que no dejó de satisfacerme.

Y no omití referir, antes de leer mi investigación histórica-literaria, “El Güegüense: farsa indohispana del Pacífico de Nicaragua en el siglo XVIII”, que esta era la tercera vez que tenía el honor de asumir la cátedra del prestigiado centro de educación superior heredero de la beligerante Universidad Central, a cuya inauguración el 15 de septiembre de 1941 asistió mi padre con otros estudiantes y algunos profesores de la Universidad de Oriente y Mediodía. Así lo revela, en su monografía sobre esta institución académica, mi amigo el profesor e historiador José Salomón Delgado, a quien igualmente agradezco la semblanza que ha trazado de mi trayectoria intelectual.

Conocí a Salomón en la Universidad Centroamericana como brillante líder estudiantil. Entonces (finales del 68) con el joven efeselenista Leonel Rugama, en un certamen sobre el papel que debían desempeñar los estudiantes en la Revolución. Desde luego, obtuvo el premio Rugama, quien lo merecía ––por llevar a la práctica su pensamiento–– más que nosotros; pero los otros dos trabajos fueron más extensos, reflexivos y documentados, como se pudo comprobar en Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, donde se publicaron.

Emití también a todos los amigos y amigas que solidariamente me acompañaron, especialmente a Irene López, emérita representante de nuestro folclor artístico ––ya laureada por la UCN––, dada la simpatía que nos une desde los años 80; y a la máster Ligia Madrigal Mendieta, laboriosa colega en la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua, entidad a la que debo un excelente apoyo desde 2002, ejerciendo desde entonces la secretaría de su junta directiva.

En fin, nada mejor que compartir en esta ocasión ––para mí memorable–– el siguiente pensamiento de la poeta y filósofa argentina Graciela Maturo, querida amiga mía: “Aunque los signos del mundo no luzcan esplendentes, lo que nos queda es llenar esta realidad de amor, recibido como un don, al estudio y a la creatividad, para que siga dándonos más vida plena y podamos derramarlo a nuestro alrededor, como lo hicieron nuestros maestros”.