Carlos Andrés Pastrán Morales
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Alto, no existe en el vocabulario de algunas personas. Los consume la necesidad de la posesión de más y más cosas, de la adquisición de lo imposible, la obtención de lo infinito. Conseguir, comprar, tener, son las palabras genéricas que los definen. Para lo único que se detienen es para pensar en qué más necesitan, pero no se detienen para fijarse en lo que ya tienen.

Viven entre nosotros como tipos de otra raza, podríamos ser nosotros o podríamos conocer a uno.

Son comunes y fáciles de encontrar, cualquiera que sude, se coma las uñas, se estrese y se ponga nervioso, con tan solo ese efecto de querer, hacer, obtener algo innecesario. Son depredadores de lo innecesario, consumidores de algo mejor que lo de antes. Vividores pocos de la vida, escarbadores, entre cosas.

Puede que este hecho no sea tan malo, lo malo es que las personas no se toman el tiempo de ver quiénes son, en quiénes se están convirtiendo, qué tienen, qué valoran, qué pueden perder y qué de verdad necesitan.

Hay personas que siempre desean más de la cuenta, crecer indiscriminadamente a costa de los demás, los que quieren el pan, pero también quieren la torta. Compran y compran, hacen y deshacen, obtienen y arrebatan, pero nunca están satisfechos, con el montón de artefactos, ropa, objetos y experiencias que tienen y han hecho. Tratan de pasar por encima de todo para ser mejores y tener más siempre.

Creo que por eso siempre es oportuno tomarse un poco de su tiempo para pensar en las cosas que hacemos y que tenemos, y darles el uso adecuado y no ser parte de la avaricia y codicia.

Esto es porque estamos inmersos en un mundo consumista que nos empuja a la imagen, la apariencia, un supuesto estatus social, pero que a la vez nos vuelve indolentes de las necesidades de los demás y nos convierte en egoístas e indiferentes o que vivimos en otro mundo, sin darnos cuenta de lo que pasa. Puede ser que cada quien es dueño de su vida y de sus acciones, y se respeta, y que cada quien es responsable de las decisiones que toma, pero nos deja sin conciencia.    

Si tengo más de la cuenta y sé perfectamente que las cosas viejas que poseo no las voy a usar, mejor pensaría en regalarlas, donarlas o venderlas u ocuparlas de otra manera, en vez de amontonarlas y dejarlas empolvar. Si ya he hecho demasiadas cosas, pensaría mejor en detenerme, puede que esas cosas que hice me provoquen algún daño. También tener en cuenta a las demás personas que nos rodean, puede ser que les provoquemos algún daño con nuestras malas acciones. Siempre ser justo ayuda, y ser justo con los demás si es necesario, y con nosotros mismos igual. Pero, claro, cada quien es dueño de sus decisiones, esta solo es una idea.

Aunque muchos pueden confundirse con el concepto de ambición, no es así. La avaricia y la codicia carcomen desde los adentros del alma hasta provocar efectos negativos en nosotros y en las personas de nuestro alrededor. Nos cambian en instantes, tratando de sobrepasar todo y a todos, para ser distinguidos por algo que no somos.

Mirémonos al espejo y pensemos qué hemos hecho últimamente, quizá hayamos cometido errores, pero no está mal del todo cuando se reconocen y uno mismo se corrige y hasta nos disculpamos con las personas con las que hemos sido crueles.

Pensemos y cumplamos nuestras metas con justicia, dedicación y ambición sana, no tomar todo a la ligera, ni creernos mejores que todos o mirar la vida como una competencia. Yo veo a jóvenes de mi edad complicados en eso, en una carrera desbocada por quién bebe más, quién visita más bares, quién tiene más sexo libre, quién madruga más, etc, banalidades que terminan desperdiciando tiempo para hacer cosas positivas.

Deberíamos ser mejores personas, que no solamente nos ayuda a nosotros mismos, y tener objetivos constructivos, que mejore nuestra vida, nuestra familia y nuestro país.