Miguel De Castilla Urbina
  •   Managua, Nicaragua  |
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En mis dos artículos anteriores sobre el caso de las famosas 24 carreras para las cuales la UNAN-Managua ha eliminado el también famoso examen de admisión, he mencionado la necesidad e importancia de la orientación vocacional y profesional, tanto para los estudiantes de manera individual, como social para el sector productivo y de servicios y  de los centros educativos de la educación superior y de la educación técnica y profesional.

La orientación vocacional es una función curricular compleja en la que intervienen un conjunto de variables relacionadas tanto con las cualidades personales de los estudiantes, como con la realidad presente y futura de la economía y de los sistemas escolares de los países, en especial de las demandas de fuerza de trabajo de los sectores económicos y de la oferta de carreras de parte de los subsistemas de educación superior y educación profesional y técnica.

Lo común para la mayoría de los países ha sido que los servicios de orientación vocacional sean ofrecidos por instancias con funciones especiales de asesoría vocacional en centros de educación secundaria para los estudiantes de los últimos años, o que sean ofrecidos por oficinas especializadas de las vicerrectorías de atención a estudiantes de determinadas universidades; o por institutos privados de asesoramiento vocacional, existentes en las grandes ciudades al servicio de estudiantes de los sectores acomodados.

En Nicaragua la mejor y más extendida experiencia sobre este tema se produjo durante los años 80 en el contexto de la Revolución Sandinista.  En esa época, en el Ministerio de Educación, se creó una dirección especializada cuyo nombre era  de Formación Vocacional y Orientación Ocupacional, la que tenía contrapartes en todas las delegaciones departamentales y los principales centros de educación secundaria del país y en las Universidades Nacionales miembros del Consejo Nacional de la Educación Superior (CNES).

Hoy que se debate y reflexiona en nuestro país sobre la oferta y demanda de carreras, y por la elevada importancia que tienen para la calidad de la educación las decisiones que se tomen en este campo, es de mucha utilidad recuperar algunos de los aprendizajes de aquellos días, que como tantas otras innovaciones en el terreno educativo, fueron eliminadas de raíz por el  Gobierno neoliberal a inicios de los años 90 del pasado siglo.

Con base en aquellas experiencias, el primer deslinde que hay que hacer entre estas y las de las tradicionales oficinas de orientación, es considerar a la vocación  como una cualidad del comportamiento humano de carácter cultural, que se construye a través del tiempo y a la orientación vocacional como el eje transversal del currículo global de un país, camino a que a través de su recorrido, los estudiantes vayan, poco a poco, construyendo esa cualidad, identificando y definiendo sus intereses, inclinaciones y fortalezas. Esto habrá de significar, por ejemplo, que el eje vocacional avance en el interior de determinadas asignaturas desde el quinto hasta el noveno grado para las carreras técnicas y hasta el undécimo grado para las carreras de nivel superior universitario.

A la par de la realización del currículo en las aulas de clases en cada grado,  múltiples actividades se podrían hacer, tanto sobre las ofertas de carreras de parte  del sistema escolar, como de las necesidades de los sectores productivos y de servicios de fuerza de trabajo calificada.  En este orden las instancias de consejería escolar, simultáneamente con la administración de test vocacionales, podrían promover conferencias y talleres motivacionales, ferias vocacionales y visitas a centros productivos y de servicios para orientar los intereses de los estudiantes hacia empleos que demandan fuerza de trabajo, y a centros de educación profesional y de educación superior para conocer la complejidad de las cargas curriculares de las carreras.

La puesta en marcha de una estrategia de este tipo, en concordancia con el actual discurso sobre el emprendedurismo en las escuelas y las demandas de fuerza de trabajo calificada para la industria, la agricultura y los servicios, ayudaría a arreglar el desencuentro entre demanda y oferta de carreras existente en la actualidad, lo que obviamente contribuiría a elevar la pertinencia y la calidad de la educación y la satisfacción de las necesidades de la juventud nicaragüense.