Jorge Isaac Bautista Lara
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Una de las frases de Albert  Einstein decía: “Todo el mundo es un genio, pero si juzgamos a un pez por su habilidad para trepar un árbol, vivirá toda su vida creyendo que es un estúpido”. Existe un gran problema, y responsabilidad, cuando regalamos un juguete. Muchas veces al comprar perdemos la perspectiva olvidando que no es para nosotros (adultos) escogiendo juguetes que nos gusta o que deseamos tener en algún momento de nuestra infancia. Haciendo una compra sin verdadera utilidad para el destinatario: un regalo bonito pero inútil.

Esa forma de razonar la compra debe ajustarse a la realidad del objetivo pretendido, sin que el subconsciente o el mercado nos engañe con la emotividad y exacerbación de los sentimientos con marketing. Al regalar un juguete, sobre todo en Navidad; debe ser bajo un razonamiento y sentido educativo. Escogiendo algo que ayude a formar personas. Uno que ayude a desarrollar habilidades, y la habilidad para conectarse con otros. No podemos pensar en los niños como edición en serie, como cuando editamos libros o robot, que se les corta igual. Pues cada niño es distinto, individual, singular, de edad propia y persona. De talla única en sí mismo.  

El regalo erróneo de un juguete puede traernos efectos perniciosos, incluso letales. Cabe citar y explicarnos en un par de ejemplo: un juguete a un menor de tres años, que pueda ser ingerido por su tamaño con facilidad, podrá provocarle el riesgo de una asfixia; o cuando regalamos bicicletas sin cerciorarnos que exista un lugar apropiado, seguro, donde poder usarla. Si el lugar es la misma calle y no nos comprometemos a vigilarlos mientras andan en ella para prevenir cualquier peligro al competir el espacio con los vehículos; el riesgo es que nos llegue en cualquier momento la terrible noticia de un accidente, en las que nuestros hijos llevan las de perder. El dúo de utilidad y seguridad van de la mano. El buen juguete, el adecuado, es aquel que genere en nuestros hijos su desarrollo (capacidad cognitiva, sociales, afectivas, psicomotoras, entretención, etc.). Lo que significa que nuestro criterio para realizar la selección es crucial. No podrá ser el mismo el que entreguemos a un menor de 4 años, 8 años o de 12 años.

El  desarrollo de la creatividad es otro parámetros base. Así como el que nos permita el colaborar en el desarrollo de habilidades y valores. Como cuando regalamos armas de juguetes ¿Qué se juega con un juguete así? A matar “inofensivamente” a otro niño. Eso no construye personas ni sociedades. El juguete debe reunir la trilogía de: enseñar, divertir y seguridad. Para que estimule sus capacidades e inteligencia. Permitiéndole un papel activo ante su entorno (objetos, personas, animales, plantas, otros).

Busquemos, aunque nos tardemos y sudemos un poco más recorriendo los mercados y centros de compras, un tipo de juguete que ayude a desarrollar la autoestima del menor, que genere confianza al jugarlo. Algo que colabore en su desarrollo afectivo en sus relaciones. El precio del juguete no representa garantía: incluso en muchos casos el más caro no es el recomendable, al no cumplir ninguno de los elementos referidos. Por ejemplo un robot eléctrico; tiene movimientos definidos, el menor se limitará a observarle, agotada las batería hasta ahí llegó el uso del juguete. Es decir: ningún provecho excepto el del comerciante en su ganancia.

Un juguete debe ayudar a superar dificultades de aprendizaje de los niños (un lego, rompecabezas, un libro para pintar o un buen libro de cuento, etc.), y eso es factible cuando ayuda a desarrollar capacidades (razonamiento, motriz, lenguaje, imaginación, creatividad, etc.). De manera que al comprar un juguetes podríamos haber hecho la mejor o la peor inversión. Por otro lado existen otros factores a tener presente como el espacio donde guardarlo en casa, para no enfrentar el sinsabor de no encontrar en los siguientes días donde dejarlo.

Otro es el asegurarnos que no requiera recambio de piezas constante, que genera la dificultad de búsqueda de la pieza, que en algunos casos no será posible porque inmediatamente que ha pasado la temporada navideña se descontinúa su venta en el comercio; o encontrar juguetes resistentes que no se deterioren el primer día: son niños los que jugarán con ellos. En el otro extremo existen juguetes que admiten reparación y pueden pasar de un hermano a otro. Por lo que debe ser observando su uso, espacios y condiciones en que vivimos. Se dice fácil pero no es así. Un juguete exige y amerita responsabilidad. Debe educar y esa parte de la responsabilidad es nuestra. Por lo que al seleccionar mal los juguetes que entregamos, aparte de perder dinero, obligamos a nuestros hijos a trepar árboles como peces.