Miguel De Castilla Urbina
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A Rosendo Morales González (hermano),
a Carlos Antonio De Castilla Vargas (hijo)


La primera vez que escuché hablar de la educación en Cuba y de su reputación como una de las mejores de América Latina y el Caribe, fue a inicios de los años 70 del pasado siglo en Panamá. Eran los días de la lucha del pueblo panameño encabezados por Omar Torrijos Herrera en contra de la presencia del Ejército norteamericano en la llamada zona del Canal, y cuando quien escribe, era profesor titular de Sociología de la Educación en la  Facultad de Educación de la Universidad de Panamá.  Fue durante un Congreso de la Asociación Centroamericana de Sociología (ACAS), en el que un sociólogo cubano presentó una manera de hacer educación absolutamente diferente a lo que nosotros conocíamos hasta entonces, no solo respecto a las orientaciones de la política educativa y las relaciones entre la educación escolar y la extraescolar, educación y trabajo; educación científica y educación moral,  sino que también, respecto a los resultados de esas relaciones en términos de acceso y cobertura e indicadores básicos de calidad y pertinencia.

El 19 de julio de 1979 triunfa la Revolución sandinista y la Dirección Nacional del FSLN nombra al Dr. Carlos Tünnerman y a quien escribe ministro y viceministro de Educación respectivamente.  Era el momento de la memoria y Cuba y su educación vinieron intactas a nosotros.  La Revolución cubana y la naciente Revolución popular sandinista eran procesos históricos hermanos en la larga historia latinoamericana por su liberación, por lo que una visita de trabajo a Cuba se presentaba obligatoria.  Así las cosas, el ministro Tünnerman gestionó la misma y organizó la comitiva que viajaría a la isla, la que estuvo integrada por funcionarios del Ministerio de Educación y miembros de la Asociación Nacional de Educadores de Nicaragua, la Federación de Estudiantes de Secundaria y la Federación Nacional de Padres de Familia. El viaje se realizó a mediados de octubre de 1979, siendo sus propósitos conocer la experiencia educativa de la Revolución y valorar las posibilidades de colaboración del Gobierno cubano con Nicaragua y su Revolución.

Desde que se estaba organizando el grupo, un objetivo secreto rondaba entre nosotros, este era: poder conocer a Fidel Castro. Así las cosas, un día, o mejor decir una noche, a eso de las 12 de la madrugada, cuando todos dormíamos en nuestras habitaciones de la casa de protocolo en que nos hospedábamos, el doctor Tünnerman y otros compañeros, golpearon a nuestras puertas avisándonos con urgencia que nos levantáramos que pronto llegaría Fidel.  Y así fue, en cinco minutos, todos estábamos listos para recibir, a quien desde siempre, era para muchos de nosotros, símbolo vivo de lucha antiimperialista en nuestra América.

La reunión con Fidel duró casi tres horas.  Fue una conversación con un perfil muy particular y único: Fidel preguntaba, nosotros respondíamos y él hacía cálculos y proyecciones en el tiempo y el espacio de la geografía nicaragüense.  Él nos preguntaba, por ejemplo,  sobre el número de muertes durante la guerra de liberación, mortalidad infantil, las enfermedades más comunes, y al final hacía cálculos de médicos y especialistas; nos preguntaba sobre población en edad escolar, cobertura y abandono, y también sobre tasas de analfabetismo, hacía cálculos en el aire y al final nos decía cuántos maestros enviaría Cuba a Nicaragua.  Un mes después, el Gobierno cubano convocó a médicos y educadores de toda la isla para venir a Nicaragua, se presentaron 25,000 candidatos,  al final vinieron 3,000 médicos y maestros.

Hoy cuando Fidel es  juramento, promesa y compromiso, bandera e himno, y cuando millones en Cuba y todo el mundo son (somos) Fidel, contamos la historia de esa madrugada que dice de un hombre venido de otro mundo posible y de una historia sin tiempo, que no preguntaba por medios de producción para venir a saquear: tierras, bosques, lagos, playas, minas, sino por seres humanos a quienes venir a ayudar: ancianos, mujeres, discapacitados, analfabetas y principalmente niños y niñas, todo con el simple propósito de hacer cálculos acerca del tamaño del amor y la solidaridad de Cuba con la naciente Revolución nicaragüense.