Lesli Nicaragua
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Las últimas imágenes que tenemos de Alepo son las de una ciudad recocida por el plomo y reducida a pequeños hongos de un polvo grisáceo, blanco y a veces negros. Entre los sonidos de un miedo extendido a gritos, la metralla permea los silencios tensos. De pronto, una columna de hombres siguiendo un tanque, volando incandescencia hacia las ruinas de los escombros, que es lo que ha quedado de ella. Ni siquiera es necesario nombra a qué país pertenece, sus muertos y sus despojos solo han puesto todas las miradas en ella, solo eso.

Inmediatamente se me han venido las escenas del sitio a Sarajevo, mil y unos días de asedio contra aquella ciudad que el conflicto independentista entre Bosnia-Herzegovina, Serbia y Croacia redujo a un amasijo de hierros, sangre y cemento. Fue tal la brutalidad de esa guerra, que en esos meses hubo 250 mil muertos y 2 millones de desplazados. Y  es de nunca olvidar la masacre de Srebrenica, supuesta zona de seguridad para los desterrados, donde el ejército serbobosnio al mando de Ratko Mladic asesinó a 8 mil refugiados.  

Lo mismo que hemos visto y escuchado de Alepo, la ciudad más antigua de Siria, cuyos 5 mil años de historia ahora se abonan con cuerpos de inocentes niños, mujeres y hombres que han quedado –como siempre- entre el fuego cruzado de una guerra que no entendieron y la que les cupo en mala suerte por el simple hecho de nacer en ella. Los mismos cuerpos que se entierran por las balas son desenterrados por los cohetes  y vueltos a enterrar. Una danza macabra a la que nos hemos acostumbrado solo por la televisión.

¿Y cómo empezó esto? El origen se llama Primavera árabe, un título que sabe a miel, pero que fue un plan orquestado para dominar Medio Oriente a través del financiamiento de grupos cívicos o militares que buscaran liberar a los países árabes de regímenes que reñían con la democracia. Produjo la caída de Ben Ali en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto, Gadafi en  Libia, y casi por ósmosis la guerra en Siria, que buscaba el derrocamiento del presidente Bashar al Asad.  

Aunque quienes también reaccionaron fueron las facciones y grupos radicales que apoyaron estos gobiernos y estados aliados, como Irán y Rusia, que han enviado tropas y municiones. Esto a su vez originó el involucramiento de países europeos y el estadounidense. El mapa geopolítico y petrolífero que nunca entenderán los pobladores de Alepo. Y que en unos años será desclasificado para los que quedemos comprendamos la verdad que hoy se nos niega, pero que es evidente.

Lejos, muy lejos, estamos nosotros. Límpidos en este diciembre. Celebrando una diferida fiesta de amor y paz. Así que por lo que nos queda de humanos, esta noche –o cuando pueda- elevemos una plegaria por Alepo, la ciudad cuya superficie hoy está llena de tumultos humanos y escombros que huelen a cloro y plomo, putrefacción y sangre.     

* Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com