Adolfo Miranda Sáenz
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Una muchacha estaba enamorada de un joven, pero no sabía si a él le importaba; un día el muchacho le envió un ramo de rosas rojas y ella supo que su amor era correspondido. El muchacho no pronunció una sola palabra, pero sus sentimientos quedaron muy claros. Lo dijo sin palabras, habló de otra forma. ¿Cuántas formas tiene Dios para hablarnos? ¡Infinitas! Él lo creó todo: el lenguaje de los delfines, el lenguaje de los pájaros, el lenguaje de las abejas, el lenguaje humano. Él puede usar infinitos métodos para comunicarse con nosotros, ¡y lo hace! ¿Por qué habrá quienes aceptan sin problemas que la mente humana es capaz de hacer llegar el pensamiento de una persona a otra sin necesidad de usar palabras y no aceptan que Dios todopoderoso se comunique con nosotros en el silencio de una capilla, de nuestra habitación o de la cumbre de una montaña? Dios nos habla al corazón.  

Cada día, al amanecer, Dios nos habla dándonos mucho más que un ramo de rosas; nos da el jardín del mundo, el esplendor del sol, el canto de las aves. Y por la noche nos habla por medio del brillo de la luna, la inmensidad de las estrellas o la luz de las luciérnagas. Él nos habla con amor infinito en todo cuanto nos rodea. Dice el Salmo 19: “Los cielos proclaman la gloria de Dios y el firmamento pregona la obra de sus manos. Un día le pasa el mensaje a otro día, una noche le informa a otra noche.  Sin que hablen, sin que pronuncien, sin que se oiga su voz, a toda la tierra alcanza su palabra, a los confines del mundo su lenguaje.”

También Dios nos dio su palabra escrita, la Sagrada Biblia; una colección de textos inspirados que fueron escritos a lo largo de más de 1,300 años entre el primero y el último texto, y que contiene cartas, genealogías, narraciones históricas, leyendas, ordenanzas, parábolas, profecías, refranes, consejos y poesía. No tiene comparación con ninguna literatura humana. La Biblia, escrita por tantas personas de diferentes culturas, estilos, conocimientos, temperamentos y hasta con más de mil años entre uno y otro escritor, es insuperable por su unidad armoniosa, continuidad, circulación, fidelidad al texto original, supervivencia, enseñanzas e influencia. Y también Dios nos habla por medio de toda persona que nos da testimonio, comenta, enseña o predica sobre su amor y sus propósitos, sea niño o adulto, varón o mujer, incluyendo a los profetas y maestros del pueblo de Israel y a los ministros ordenados, religiosos y laicos de su iglesia. 

Cuando nosotros le hablamos, siempre nos responde; aunque a veces no nos guste la respuesta, porque a veces cuando le pedimos algo nos responde que no. Si un niño pequeñito quiere tocar una llama brillante y bonita su papá le va a decir también que no. Aunque el niño no lo entienda, llore y se resienta: ¿por qué mi papá no me deja tocar eso tan bonito y brillante? Pero su papá sabe que se quemaría. Quizá a veces nos parezca que Dios debió usar otra forma de hacer las cosas y para comunicarse con nosotros. Pero, ¿quiénes somos nosotros para pedirle cuentas a Dios y decirle lo que debe hacer? Miremos lo maravilloso que es su lenguaje y aprendamos a escuchar su voz en todo lo bueno y hermoso que nos rodea; y aún en aquellos momentos en que pasamos por valles oscuros y sentimos miedo, dolor o tristeza, sintamos su presencia que no nos abandona, que nos acompaña, que nos da serenidad y paz en medio de las tormentas. Porque Él es nuestro padre y nos ama con amor infinito; y aunque ahora a veces suframos, fuimos creados por Él para una vida eterna de dicha incomparable.

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com