Jorge Isaac Bautista Lara
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Laura Esquivel, mexicana, es autora de “Como agua para chocolate” (1989). Una obra llevada al cine y traducida en más de 30 idiomas. Donde rescató la cocina y su arte; su verdadero papel, sentido y función en la familia. No siendo tan solo un asunto de menú. Es el cocinar  un acto de amor para con los nuestros (hijos, sobrinos, padres, hermanos, tíos, abuelos y amistades más cercanas). Un acto de servir y servirnos unos a otros.

Donde la cocina se hace territorio de participación; los que consiguen ingredientes, los que hacen la ensalada, la carne, el pollo, el arroz, etc. No el acto de ser comensal y comer. La misma búsqueda del financiamiento es colectivo: de colaboración, de junta de pequeñas cantidades para dar el total. Es cien veces más que eso, profundamente más, intensamente más que un masticar. Diríamos que la cena de días como el 24 o el 31 de diciembre son actos finales del ritual. Que nace desde en el mismo surgimiento de la idea: el que se hará. Y se concretiza en el cocinar el propio día. Un acto de horas, aunque se llore al partir las cebollas. Con el condimento de carreras y órdenes entremezcladas de los que cocinan. Con la magia de alistarse en el corto tiempo que ha quedado entre la preparación y la llegada de los amados invitados de la familia. Se lee en el libro “Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de fósforos adentro, pero que no podemos encenderla solos, necesitamos de ayuda de oxígeno y una vela. En este caso el oxígeno, por ejemplo, vendrá del aliento de la persona que amamos; la vela podría ser cualquier tipo de comida, música, caricia, palabra o sonido que engendre la explosión que encenderá…”  El rito de trabajo en unidad se da en el lugar más íntimo de la casa; que no es el cuarto  sino la cocina: el lugar donde entramos los de confianza del hogar.

En ese territorio se cocina, dialoga, cuentan cuentos, historias, chismes, problemas, aventuras y se resuelven los asuntos pendientes. Es el lugar de los encuentros. Basta ver la algarabía de una abuelita con las hijas, nietas o sobrinas reunidas para cocinar. Dichosamente esto aún se conserva y cultiva en algunos hogares. Y mientras se cocina; se cuecen ideas y se acicalan los hilos de los vínculos: se renuevan, se fortalecen, se actualizan. Seguramente tiene tanta razón cuando dice Laura Esquivel: “Creo que actualmente la cocina es el último reducto que el mundo civilizado nos ha dejado para ejercer la generosidad”. Concentrando la trilogía del amor, familia y cocina. En su lectura tan sabrosamente sencilla deja en el paladar el gusto de lo que llena pero no empalaga, de lo que gusta y se desea releer. Virtualmente establece un recorrido por la cocina de México, un platillo por cada mes. Porque el ritual de la cena hace la solidaridad. Todos ponemos algo; los que tienen más dan más, los que tienen menos menos; los que no tienen dan su presencia, tan altamente importante. Porque el que tiene dará por el que no ha podido. La meta: lleguemos los más posibles.

La cena es de familia, para la familia, dentro de la familia y para ella se cocina. Es nuestro encuentro con nosotros mismos, con el amor y el amar, porque “El amor no se piensa, se siente o no se siente”. Dice el libro: “El chocolate es para el cuerpo, la espuma para el alma”. Pues ahí en la cocina, en la preparación de la comida puede nacer o construirse hasta el amor “… y sus ojos se encontraron con los de Pedro. En ese momento comprendió perfectamente lo que es sentir la masa de un buñuelo al entrar en contacto con el aceite hirviendo…”. Preparar la cena en paz logra hacer verdad una llama: “Recordó en ese momento las palabras que John había dicho; si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos los cerillos y llevamos a nuestro interior de un solo golpe, se produce un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso y muestra el camino que olvidamos en el momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro origen divino. El alma debe reintegrarse al lugar de donde procede dejando el cuerpo inerte.” Y es que la alegría en la vida está en las pequeñas cosas que se viven, disfrutan y se recuerdan. Es hacer de nuestra cena de familia un ritual, desde su preparación, que nos construya o reconstruya como grupo.