Francisco Javier Bautista Lara
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“Es que doy gracias a Dios… / 
¿Por no tener alimentos?
—No / ¿Por qué? / —Después de cuatro días, / Dios no me ha dejado sufrir, / 
me ha quitado el hambre”
Motivos (Huellas del otoño).

Hace algunos años, un amigo exclamó al llegar a su casa: “¡aquí falta el espíritu navideño!”. En la sala: un árbol artificial adornado de luces de colores, debajo, varios regalos empacados y en la puerta, otros motivos de la temporada colgados. No sabía a qué se refería. Lo supe cuando sacó unas cervezas, una botella de ron y unos vasos. Entendí que para él “espíritu navideño” es que haya licor y tomar “hasta caer morado”, comentó. ¿Cuál es para vos el espíritu navideño? ¿Los juguetes, la ropa, la comida, los regalos, los adornos, la fiesta, la música, el dinero,…? La fecha está en extremo contaminada “por el comercio y el bebercio”, diría nuestro laureado amigo Carlos Mejía Godoy. En medio de tanta envoltura, maquillaje, bullicio y publicidad, se ha perdido de vista lo esencial. La inocencia de las cartas que los niños escribían, en donde expresaban sus ingenuos propósitos, se extingue.

La paz, interior y social, está en la esencia de Navidad. En Siria y otros territorios, miles de personas sufren la inclemencia despiadada de la guerra. ¿Noche de paz? Millones de seres humanos yacen, producto de la violencia, en la paz de los sepulcros, muchos sufren las consecuencias de la confrontación y la intolerancia, prolifera la destrucción material y humana, huérfanos y lisiados, los traumas contaminan el presente y el futuro de la humanidad; el hambre, la enfermedad y la miseria nos generan culpas personales, sociales, generacionales e históricas. En el interior de cada persona, se agitan incontrolables las pasiones, el egoísmo, los resentimientos, las complicaciones inútiles… 

La solidaridad y la caridad son inseparables al espíritu navideño. Mientras en algunas casas la abundancia se derrama al suelo y caen las migajas, barriles de basura se llenan, la comida intoxica por los excesos, en muchas familias, quizás en la de nuestros vecinos, no hay nada, falta lo básico.  Muchos permanecen en la angustia de los hospitales y el encierro de la cárcel, en el abandono de la vejez, la incapacidad y la enfermedad, en la lejanía del exilio y en el fango de la descomposición física y moral. 

El perdón y la reconciliación están en la base de la paz interior y social; solo la justicia con equidad puede sustentar la solidaridad. ¿Dónde está la estrella que anuncia el nacimiento del Niño? ¿Dónde está el pesebre que has arreglado para que nazca en tu corazón la esperanza?

Rubén Darío, nuestro poeta centenario, escribió un artículo Santa Claus en Panamá,  en Navidad de 1892 (Panamá, 27 de diciembre), al regresar de España, donde participó como parte de la delegación de Nicaragua en las celebraciones del cuarto centenario del descubrimiento de América, el último párrafo de aquel texto, que inaugura en el istmo centroamericano la presencia de esta tradición europea y anglosajona (ahora producto distorsionado, comercial y global): “Mas al partir, el viejo bueno, Santa Claus, tenía, entre tanta fiesta, en el rostro un algo triste, y algo húmedo temblaba en sus cansados ojos paternales. Es que tuvo un doloroso recuerdo: ¡el recuerdo de los pobrecitos niños pobres y huérfanos que no tendrían en la fragante y luminosa Navidad el regalito de Noche Buena; ni en el siguiente día una madre que les despertase con un beso, a la salida del sol!”.  

Navidad, ¿dónde está el espíritu que alienta tu existencia?  ¿O es que se ha extinguido y quedó reducido a la categoría del dinero, que todo lo compra y todo lo vende? Hay algo que no es posible encontrar en las tiendas y que las cuentas bancarias ni las tramposas tarjetas pagan: la paz. Está en un gesto franco, en la solidaridad, en la quietud silenciosa que se abre a esperar el nacimiento. La Navidad puede ser una oportunidad para calmar las tempestades y contemplar desde la quietud, el amanecer de un nuevo día.

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