Jorge Eduardo Arellano
  •   Managua, Nicaragua  |
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Apología del ser nicaragüense ––pese a todas las desgracias e infortunios colectivos que ha implicado este destino––, la obra escrita y representada en el escenario por César Meléndez (24 de marzo, 1996-17 de diciembre, 2016) posee la perfección de las obras maestras. En este caso, la de un monólogo de tal excelencia que nunca habíamos admirado. Además, trasciende el género, cuyo desarrollo en Nicaragua durante las últimas dos décadas no ha sido despreciable.

Pero la de César Meléndez resulta excepcional. No solo por el despliegue de sus múltiples recursos actorales ––que mantiene al espectador atento y emotivamente sensible durante más de dos horas, salpicadas de un permanente humor de raíz güegüensiana––, sino por la profundidad metafísica, la reflexión sobre la realidad social del problema que desarrolla y su mensaje o llamado a la convivencia entre dos pueblos centroamericanos.

En esencia, “El Nica” es una tragedia: la de nuestros emigrantes pobres hacia Costa Rica, donde se han consolidado como mano de obra barata ––sobre todo en el área de la construcción, de la recolección agrícola y de los servicios urbanos–– desde hace muchos años. Sin embargo, han sido conceptuados por la generalidad de los costarricenses como “los otros amenazantes”. Meléndez parte de ese fenómeno que se remonta a los años insurreccionales previos a la caída del somozato y ha tenido diversos flujos posteriores que, en definitiva, han proyectado su “nicaragüanidad” cultural entre los ticos, “nicaragüanizándolos” en muchos aspectos y sentidos. Al respecto, la personalidad imaginativa, la gastronomía, los recursos léxicos, la música y otros elementos de nuestros emigrantes han incidido fuertemente en el mismo ámbito.

Representante por antonomasia de ella es César Meléndez. Primera voz de un conjunto musical “nica” tal vez él no sufrió las desgracias de la mayoría de sus coterráneos adaptados por necesidades primarias al medio tico; pero las ha resumido y llevado a las tablas en forma espléndida y sorprendente. Espléndida, porque el protagonista se ríe, se carcajea, se lamenta, llora, ora, insulta, increpa, se burla de sí mismo, blasfema, dialoga con un crucifijo ––el único amigo que posee––, interroga, afirma y proclama su humanidad, haciendo un llamado a la compasión humana. Y sorprendente, porque uno vive y comparte los sentimientos y las angustias del protagonista, palpa la injusticia del trato recibido por los patronos ––a quien Meléndez ridiculiza en una parodia digna de nuestro espíritu burlesco–– y siente orgullo por la autoestima que, explícitamente, Meléndez prodiga.

Eso sí: cabe señalar que este actor no pudo haber surgido en Nicaragua, sino el hermano país vecino. De hecho, su obra constituye la culminación de sus estudios dramáticos en San José. Por ello, hasta cierto punto, debe a Costa Rica su formación, lo cual es imprescindible reconocer. Sin embargo, la nicaragüanidad que Meléndez manifiesta no tiene antecedentes. Y, en la actualidad, no existe otra obra literaria que la contenga, mucho menos que la supere.

Por otro lado, el éxito de taquilla que ha tenido esta obra también carece de antecedentes. Ningún otro monólogo ha convocado a tantos espectadores como esta obra que renueva el género, como ya lo he apuntado. Realmente, es más que un monólogo. En efecto, tiene cuatro o cinco interlocutores, por lo menos: Cristo (representado por el crucifijo), el patrón explotador, la esposa que se quedó en Nicaragua y el público a quien se dirige constantemente. El suscrito solo disfrutó una vez la obra.

Pero bastó esta ocasión para apreciar sus valores. Meléndez fue una de las voces más representativas y uno de los artistas de nuestro país más destacados en el extranjero. En las representaciones de su obra en San Francisco y en Los Ángeles, el público ––nica o latino–– salió llorando a “moco tendido”, según me lo reportaron por correo electrónico. Apenas en Miami, a pesar de ser aplaudido unánimemente, tuvo unas críticas insustanciales. Por ejemplo: el supuesto abuso “vulgar” del habla nicaragüense y el trato irrespetuoso con el crucifijo, sin entender que el protagonista ––completamente sin nadie en el mundo–– está alienado y solo tiene sostén existencial un apoyo: Cristo. Tampoco, seguramente por su exilio de tantos lustros, los nicas de Miami se han olvidado de la espontaneidad y riqueza aparentemente mal sonante de la dicción y del vocabulario de nuestro pueblo.

En fin, “El Nica” perdurará en la medida que su factor creador desencadenante deje de ser un problema latente.