Jorge Bautista Lara
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Cuando se observan tantos ancianos abandonados en nuestras calles, uno no hace más que repetir la frase que recuerda de Carlos Martínez Rivas el Dr. Carlos Tunnermann Bernheim: “Se acordaron de olvidarnos”. Es la frase que cabe ocupar para hacer referencia, al cerrar este año, a los ancianos que deambulan como indigentes, que no tendrán en la noche de fin de año ni techo ni comida. ¿Cuántos de ellos aún tienen hijos o familia? En el año de 1969 se cantó y grabó la canción “Mi Viejo”, por Piero. Aun hoy es de obligatoria escucha como música en radios por el año viejo que se nos va. La letra de sus estrofas trae un sencillo mensaje de nuestros viejos, y su música es un danzar tan hermoso, que se acompasa con instrumentos armónicos: “Es un buen tipo mi viejo/ que anda solo y esperando/ tiene la tristeza larga/ de tanto venir andando.../ viejo, mi querido viejo/ ahora ya caminas lento/ como recordando el tiempo/ yo soy tu sangre mi viejo/ soy tu silencio y tu tiempo…/ la edad se le vino encima/ sin carnaval ni comparsa… / el dolor lo lleva adentro…”. Esos ancianos de meritorio recuerdo tienen tan distintas historias que contar de uno a otro, pero al final les unifica el estado actual de abandono y desamparo en las calles, de olvido. De cuerpos y almas cansadas. Donde sus mismas dificultades en las piernas por problemas de circulación, huesos, rodillas, falta de calzado u otros, les condena, aun estando “libres”, al encierro en un punto fijo, movilidad limitada. Dentro de un mundo que se les desarrolla y desenvuelve sin ninguna gloria, pero sí con muchas penas. Perdieron a estas alturas de la vida sus fuerzas, años y esperanza. Al punto que ven en la muerte, la entrañable amiga que tarda en llegar. Y es que como país, ciudad, familia y como personas hemos olvidado los cuerpos de estas personas, cuyas mentes se han extraviado en muchos de ellos, aunque algunas pocas aún conservan, para mayor pena, la lucidez. Algo no degradante, lo verdaderamente degradante es que nosotros los hemos extraviado a ellos. Porque nadie les ve ni les nota. Es tiempo que entremos al aposento de nuestras vidas y rescatemos algo de la poca humanidad que nos queda. Soltando por un momento las ataduras y dando un poco de consuelo a otros. Siendo instrumentos de misericordia. Si tomásemos un plato con parte de nuestra comida de la cena de fin de año y se la diésemos al que esté más cerca de estas personas, la más cerca de nuestra casa, es seguro que podríamos marcar, al menos ese día, una diferencia. Un plato no hará estragos en el resto de platos, peros sí hará mucho bien en ese estómago. Para ellos será todo esa noche. Estos ancianos tienen hambre de comida, vida y calidez. Sed de un lugar donde dormir y contar con una cama, techo, agua y comida fija al día. Hambre de solidaridad. Pero hemos convertido a nuestras ciudades en la enemiga de los ancianos mendigos. ¿Cómo estos seres, pese a tener hambre, enfermedad, frío, sed en el cuerpo que les roe, pueden dormir? Ellos no tienen prisa por caminar, no tienen dónde llegar; nadie que les espere. Tienen tres compañeros con los que platican: soledad, tristeza y abandono. Y ante ellos una respuesta: resignación. Son ancianos mendigos, están casi ciegos. Son entre los olvidados, los olvidados de la calle. No son los de abandono parcial, sino los de abandono total: sociedad, ONG, Estado, municipio, familia y nosotros mismos. Ellos viven y sobreviven en nuestras calles: son personas de la tercera edad, en el crepúsculos de sus vidas. ¡Hola, soledad! Cada ciudad posee sus propios ancianos en el abandono. Y este año viejo nos requiere y exige una nueva visión para con nuestros viejos. No solo es no tener comida, es que tampoco tiene donde prepararla o donde almacenarla. Y en el colmo de los extremos, muchos de ellos han perdido la dentadura y no tienen ni como masticarla. Y el agua. ¿Dónde agua? Ni para tomar, lavar ni para bañarse. La propia vida que llevan les hace tan pesado el cuerpo y el corazón. Ellos se mueren en las calles. Antonio Machado ha dicho en uno de sus versos del poema “En el entierro de un amigo”, que “Un golpe de ataúd en tierra es algo perfectamente serio”. Pero que en todo caso cabría tener presente algo más que ha dicho Machado, que para ellos: “…en las hondas bóvedas del alma/ no sé si el llanto es una voz o un eco”. Ellos son los ancianos de nuestras calles: un plato de comida para ellos en estas fechas.