Miguel Carranza
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La sangrienta guerra que ha mantenido enfrentados por más de cuatro años en Siria a la “oposición moderada”, las milicias kurdas, los extremistas del Estado Islámico, EI, y el Gobierno de Bashar Al Assad, está a punto de llegar a su fin, sin embargo, la participación militar de Turquía  puede atrasar este anhelado arreglo en el país árabe.

Ankara se quiere atorar cada vez más en el tremedal (conflicto) sirio. Hace semanas el mandatario turco Recep Tayyip Erdogan envió a Damasco una subdivisión de sus fuerzas especiales con el fin de no permitir el refuerzo de los kurdos en las regiones fronterizas dentro de Siria e Irak.

Estas acciones Recep Tayyip Erdogan, las realiza sin la coordinación del poder legítimo sirio y sin la aprobación del Consejo de Seguridad de la ONU,  así ponga en duda la soberanía y la integridad territorial de la República Árabe de Siria.

Por esa razón las acciones de Turquía pueden complicar las condiciones político-militares en Damasco, influir negativamente en los esfuerzos internacionales para la creación de la plataforma de un arreglo que proporcione un carácter más estable para el alto de las operaciones militares, y el suministro ininterrumpido de ayuda humanitaria, que serían las bases para la paz y las superaciones de la crisis en este país.

Recordemos que hasta el momento al único país que el régimen sirio ha permitido intervenir en su conflicto es a la Fuerza Aérea de la Federación de Rusia, por tanto, Turquía, con su soldados, estaría actuando fuera del margen de la legalidad.  

Aunque Ankara tenga un porcentaje menor de cristianos, le caería muy bien el pasaje bíblico que dice: “saca primero la viga de tu ojo para que podáis ayudar a sacarle la paja al ojo de tu hermano”. Digo esto porque últimamente en el sudeste de Turquía, donde viven compactamente los kurdos y recientemente en las grandes ciudades turísticas del centro y el occidente de este país, los actos terroristas se están volviendo cotidianos.

Esos actos terroristas en Turquía obedecen a la política anterior del presidente Erdogan. Y su consolidación cada vez más excesiva de poder puede convertir definitivamente a Turquía en la categoría de socio imprevisible y poco seguro para los demás países del mundo.

La política de aventuras de Turquía sobre el mantenimiento de los terroristas en Siria y en otros países es contraproducente para la paz en el país árabe. A ello añádasele el descontento de los países de Próximo y Medio Oriente, de las piscinas Mediterráneas y del Mar Negro por la política de Ankara dirigida a restaurar el antiguo imperio otomano en Azerbaiyán, Abjasia, Gagauzii (Moldova) y otros países de idioma túrquico.

Por desgracia, Erdoğan en sus aspiraciones otomanas no toma en consideración ni la opinión de los vecinos europeos ni la opinión de las grandes potencias. Su único objetivo es influir en los países cercanos la idea de revivir el imperio que se extendía en su máximo destelló por el sudeste europeo, Medio Oriente y el norte de África.

Turquía también no es fiable porque crece el descontento de los países europeos por la posición de Ankara sobre la crisis de los refugiados, las escalas y la crueldad de las represiones por parte de los poderes turcos luego del golpe fallido contra Erdogan. Todo esto evidencia el fracaso completo de la política exterior de Turquía.

También unos de los indicios del aislamiento de Ankara, según los expertos internacionales, es la presión creciente de EE. UU. a Turquía  para el cierre de las fronteras con Siria y así no permitir el paso de los terroristas hacia ese país.