Francisco Javier Bautista Lara
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“Año que te vas marchito, /
Te dejo, me dejas,
has agotado tus días, /
no te acompaño aún,
tienes que irte ahora /
inevitablemente te agotas.”

Fin de año (Huellas del otoño).

Mi hijo, como un destello con el que abrió el Año Nuevo, no vio el amanecer del primer día, yo, a pesar de haber recorrido casi el doble de los años que él tenía, estoy por ver, en la imposibilidad de pronosticar el futuro incierto, el anochecer del año viejo, el último día del ciclo con el que medimos la vuelta elíptica y constante de la Tierra alrededor del Sol, para continuar sin pausa la siguiente. ¿Por qué? Esa pregunta, hace rato dejé de hacérmela, para no perder el breve tiempo que tengo ni desgastar las limitadas capacidades que dispongo, no hay manera ni ruta, ni en la más racional y prolongada búsqueda, de llegar a ningún lado, ni tener evidencia de lo que no sabemos y apenas sospechamos. Ahora, la pregunta en la madurez, forzada en el camino de la vida, ante las sacudidas de la realidad que se impone, frente a las confusiones que en mí subsisten, rodeado por las cosas y las personas próximas y lejanas, presentes y pasadas, las que apenas percibo y trato de comprender, la pregunta actual, la que quiero escuchar y atender, en la que hago el esfuerzo por aprovechar, en el silencio y en la soledad, mi energía, es: ¿para qué? Para qué quedo, para qué sucede lo imprevisto, para qué se entrecruzan las circunstancias casuales e inesperadas, sin sentido o lógicas y esperadas… Ello trasciende a la racionalidad, lo muy mental que he cultivado, y es sustituido -o complementado-, por lo que es difícil de definir, lo que llamamos intuición, simplemente se siente, entiende, huele… Como el olor de una flor, ¿cómo explicarlo si no has sentido su aroma?, el paisaje de un atardecer, ¿cómo explicarlo si nunca lo has visto?, como el sufrimiento de la guerra, el exilio, la tortura, el terrorismo, las hambrunas, las epidemias, la enfermedad terminal y las múltiples exclusiones, ¿cómo entenderlo si somos espectadores cómodos, quizás indiferentes, del dolor ajeno? ¿Y la muerte? solo comparando, identificando similitudes que ilustren y aproximen, abriendo nuestra capacidad intuitiva. No se trata de explicarlo a otros, sino de percibirlo uno, sin más preguntas que agiten las ideas y las sensaciones, carentes de propósito, sin desperdiciar el potencial que tenemos, aunque lo ignoremos.

¿Por qué? cuestiona el pasado irreversible, puede ser útil para aprender y seguir cuando lo ocurrido depende de uno, puede producir impotencia y desesperanza cuando no. En ¿para qué?, se enfrenta el futuro esperanzador.

¿Para qué transité todo este año que se va y para qué estoy por iniciar el próximo? De allí se derivan las aproximaciones, respuestas que son otras interrogantes, pero que constituyen, en esencia, respuestas.

¿Qué debo hacer en mi vida frente a mi existencia? ¿Qué debo hacer ante otros, qué esperan de mí, qué puedo dar, qué debo recibir, qué aprender, qué enseñar, qué es esencial? Los que están en mi entorno, los hijos que tuve, los nietos que llegan, el vecindario, los desconocidos que encuentro, las personas con las que me he relacionado por motivos laborales y personales, los que escuchan lo que digo y leen lo que escribo, con quienes he transitado parte de mis años ¿qué di, qué me dieron, qué queda pendiente? Algo debo hacer, si tengo vida, si tengo alguna competencia, en el entorno histórico, social, natural y político, debe ser para influirlo ¿cómo? y a la vez, para ser influido. Somos transmisores y receptores. Actor y sujeto en la compleja constelación de existencias.

No escogí nacer en Managua, pero aquí estoy. No decidí venir en esta época, pero aquí existo. No escogí padres, ni la familia, ni el idioma materno, ni la religión inculcada que asumí, ni la cultura que me influye, ni las escuelas que cursé, ni el contexto revolucionario en el que tuve la dicha de participar... De las circunstancias que me han formado, muchas no las decidí; trato de acomodarme, aprovecharlas e identificar los actos personales posibles.

El año, esta mínima porción del tiempo que no sabemos cómo funciona, se fue; el tiempo continúa. ¿Para qué estamos, usted y quien escribe? ¿Sabe?, se desgasta preguntándoselo, o, por la bulla, las fiestas y la publicidad, en comprometidas agendas, tráfico y otras inutilidades, ¿no ha podido detenerse y preguntarse y responderse? ¿Es creyente? Escuche su conciencia, o a Dios, déjelo hablar, llámele como aprendió a llamarle, oiga la naturaleza, no anule la fuerza que alimenta su existencia. Para algo estamos, sin duda.

Identifiquémoslo. Aprendamos. Avancemos en este año que comienza, pasará rápido, algo se llevará y dejará...

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