Jorge Eduardo Arellano
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Ayer 27, el doctor Edgardo Nicolás Buitrago Buitrago recibió un merecido homenaje nacional. Iniciativa de la Embajada de España y del Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, que le otorgó la recién creada Orden Darío-Cervantes por su aporte a nuestra cultura (y ser, con José Joaquín Quadra Cardenal, uno de sus dos miembros fundadores vivos) se sumaron la Academia Nicaragüense de la Lengua y otras nueve asociaciones civiles e instituciones del Estado. El apoteósico reconocimiento coincide con sus 85 años. ¡Enhorabuena, beato Edgardo, el último de los Buitrago y de los grandes leoneses!
Es decir, el heredero de una tradición intelectual remontada al siglo XVIII, a una retórica hablada —o arte del buen decir, de embellecer la expresión de los conceptos y otorgar al lenguaje eficacia para deleitar, persuadir o conmover— que él representa, en nuestros días, como nadie. Una retórica o Culto a la Palabra, consustancial a la antañona León, relacionada con la cátedra universitaria, la reflexión filosófica, la insaciable curiosidad enciclopédica y el afán de comprensión universalista.

Tales fueron las cinco dimensiones que me reveló Edgardo en la casa solariega de su familia, a mediados de 1966 —tenía yo veinte años— cuando le conocí, desayunando en compañía de Pablo Antonio Cuadra, quien me había llevado en su automóvil a la Metrópolis de Nicaragua. Entonces la ciudad natal de Edgardo estaba en su esplendor productivo —basado en la siembra y exportación algodoneras— que facilitaba a las librerías, comenzando con la Universitaria, importar por ejemplo obras de teatro moderno, libros de reproducciones artísticas de los grandes maestros, tratados de filosofía, cuentos de las regiones y épocas más remotas de la
tierra.

Yo no viví esa experiencia sino a través de notables amigos leoneses, destacándose entre ellos el Decano de la Facultad de Derecho y Profesor de Historia de la Cultura, objeto de estas líneas, a quien en otras ocasiones y textos he manifestado mi admiración. Porque él siempre, humilde como sabio verdadero, me ha comunicado sinceramente sus ideas, trasmitido sus consejos y mucho más que un anecdotario local tanto en sus escritos como en los sostenidos diálogos interminables que hemos desarrollado a través de varias décadas, telefónicamente. En mi libro de casi 400 páginas León de Nicaragua / Tradiciones y valores de la Atenas centroamericana (2002) se aprovecharon al máximo. Por esta razón no podría dejar de incluirlo en mi librito Sonetos, sonetejos y sonetillos (2001), intentando retratarlo en los siguientes alejandrinos:
Don Edgardo Buitrago, el leonés abogado, / catedrático fue de varias generaciones, / un supremo orador, un soberbio togado / e indispensable teórico de investigaciones. // El cristianismo puro y la presencia hispana / a través de la Lengua y la marca franciscana / estudió con pasión y seguro y tino y brillo, / sin excluir nuestra historia y nuestro Rubén Darío. // Sólo la fiebre lírica versera no entona, / en su afán de auténtico intelectual, / pero rescató bombas de la gran Gigantona, / la tradición del barrio de Sutiaba ancestral / y obsequió la indeleble y dulce y fiel alegría / de la fe melodiosa de nuestra Gritería.

Edgardo, pues, es el mayor leonés representativo y el último gran valor de su familia, vinculada a otra tradición: la del foro, o mejor dicho, jurídica. Tradición, en el mejor de los sentidos, colonial, pues su ascendiente más antiguo es don Nicolás Buitrago Sandoval, uno de los primeros jurisconsultos criollos de la provincia española graduado (como don Miguel Larreynaga) en la Universidad de San Carlos, Guatemala. Hablo de su tatarabuelo, el primero Nicolás de los Buitrago, hijo de don Antonio Buitrago y de doña Manuela Marín de Sandoval, Nativa y Mendoza, Olaya y Herrera, “Aquí y donde quiera”, como afirmaba con todos sus apellidos y una coloquial expresión rimada, signo del altivo orgullo de su estirpe.

Como la de los Quadra de Granada, tal estirpe asimilaría el mestizaje de raíces africanas y tendría como único blasón el talento, aparte de prescindir del romanticismo liberal o viceversa —más disolvente que iluminista— y optar por el conservatismo y sus pilares: Dios, Orden y Justicia. Un conservatismo compartido por otras tantas familias leonesas, como los Aguilar, Ayón, Balladares, Cardenal, Cortés, Duque Estrada, Guerrero, Gurdián, Herdocia, Icaza, Juárez, Montalván, Terán, Tijerino y Zepeda. De allí la imbatible labor de Edgardo por conservar y rescatar la trascendencia histórica de su ciudad, continuando ejemplarmente la fecunda labor de su padre Nicolás Buitrago Matus (1890-1985), como último intelectual orgánico de la misma.

Por eso ha publicado monografías y ensayos como La casa de Rubén Darío / Influencia del medio en el poeta durante su infancia. Breves apuntes históricos sobre la ciudad de León, Las purísimas: su forma y orígenes, José de la Cruz Mena: su vida y su obra; León y Granada en el destino histórico de Nicaragua, La ciudad y la vivienda nicaragüense; Pasado, presente y futuro de nuestra Escuela de Derecho; Los bailes de la Gigantona y sus derivados de “El Enano Cabezón” y “El Pepito”, de “La Yeguita” y “El Toro Huaco”. Por eso ha concebido el magnicidio sacrílego del Obispo fray Antonio de Valdivieso en León Viejo como el escenario de la significación continental en la aplicación de las “Leyes Nuevas” en defensa de los indígenas y de la organización del Imperio Hispano. Por eso ha puntualizado sobre las seis catedrales de León, especialmente la definitiva: máximo legado arquitectónico del coloniaje.

Por eso ha formulado que existe en León la presencia de algo misterioso —contagiante y envolvente también— que fluye de su misma naturaleza y adquiere expresión y realidad tanto en las variadas formas estéticas de la poesía, música y pintura, como en la reflexión intelectual, llegando —el caso supremo es el de Darío— a la altura de genialidad. En abono a sus tesis, agrega que es digno de tomarse en cuenta el enraizamiento de León en la extensa llanura de la zona Occidental del Pacífico, integrada y prolongada con el Océano por una parte, y elevándose repetidamente —no sin ansia de eternidad— con la cordillera volcánica de los Maribios, por otra. “Se trata de algo que se mueve desde lo más recóndito del alma comunitaria del pueblo y se define ante el tiempo con los signos de su Catedral”.

Igualmente, además de ese telurismo a lo Taine, Edgardo Buitrago “al cuadrado”, contribuyó a que el suscrito pudiera aportar su interpretación de la leosidad a través de sus otros elementos constitutivos: Sutiaba como “alter ego”, su conciencia de capitalidad, la vocación y proyección universitarias, la herencia liberal y unionista, su violencia agraria y valentía fraticida, el espíritu de Atenas y de su trato artesano, la actitud introspectiva y Poneloya como recreo.

No a otro sino a él, al maestro y amigo de tantos años, debo el siguiente párrafo de 75 adjetivos (vitales, no letales) que atribuyo a León en el tiempo: una ciudad apasionada y centrípeta, abogadil e hipocrática, artesana y algodonera, barroca y lugareña, beata y supersticiosa, parroquial y espiritista, catedralicia e hispana, caballeresca y mítica, huertera e ilustrada, romántica y provinciana, calurosa y versificadora, severa y conventual, seminarista y universitaria, eucarística y diocesana, huelguista y guerrillera, bohemia y estudiantil, filarmónica y modernista, retórica y solemne, valiente y violenta, egoísta y envidiosa, avara e indiferente, teatral e ingenua, masónica y teosófica, altanera y mengala, espesa y pendenciera, empedrada y polvosa, indígena y metropolitana, ruinosa y volcánica, chismográfica y tribunicia, municipal y machista, apostólica y sonora, alfosina y dariana, mártir y patriota, prócer y egregia, conservadora y semanasantera, liberal y revolucionaria, gloriosa e
inmortal.