Lesli Nicaragua
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Sentado en un enorme tajo de lo que alguna vez fue una ceiba, Juan “Pelón”, a la vista está, espera bajo el resguardo de una higuera a que lleguen sus invitados. No es un personaje glamoroso, sino agradable y básicamente sencillo desde sus dos metros de altura y su sonrisa de andar por este pueblito de unas 50 casas esparcidas a lo largo de unos farallones revestidos de vegetación, musgo y frío.

Se llama El Tigre y se llega por un desvío ubicado no más salir de Diriamba hacia La Boquita. En un camino adoquinado que se tuerce sobre sí mismo en unas pendientes de 45 grados, que diez kilómetros más adelante se vuelve de macadán estriado por las corrientes pluviales. A los lados del camino, una iglesia, y más adelante otra, todas blancas, breves y limpias por una interminable e intermitente lluvia.

Hemos llegado, aunque no hay letreros que digan que se está en El Tigre. Ni signos que limiten otros pueblos.

Estamos porque la gente lo dice. Porque el viento se devuelve ante nosotros en unos conos furiosos hasta ascender al camino principal en una onomatopeya casi desgarrada de tan fina. —¿Por acá vive Juan “Pelón”? —pregunta el extraño. “Regrese y suba un poco, a la izquierda hay un desvío estrecho, como zanja, suba un poco más y a la izquierda va a ver una casa en alto, con dos higuerones al frente. Allí es” —responde una mujer menuda, blanca blanquísima, sin dejar de caminar.

La lluvia que nos ha acompañado la media hora de viaje desde la carretera da una tregua de varios minutos, antes de desprenderse en unos latigazos de agua fría con ecos como de truenos entre las hojas. Juan “Pelón” se levanta y estira la mano, fibrosa y grande.  “Ya son las cuatro” —dice. De su muñeca —que vuelvo a ver de inmediato— lo que resalta es su piel de basalto, todavía elástica para sus 68 años. “Es por esta lluvia” —aclara— “que siempre cae a las cuatro”.  

A los minutos, una fila de niños —varios con acompañantes— suben la pequeña ladera en que se asienta la casa de media falda —cantera y madera—, pintada y vuelta a pintar con carburo. Y se acomodan en sillas y troncos serrados perfectamente para sentarse. Lo primero que les ofrecen es una torrentera de refrescos de naranja y mandarina. Que los han estado preparando desde ayer, cuando también sacrificaron una res, picaron repollos y tomates, trajeron cuajadas y quesos, y empacaron decenas de regalos. Los que se repartirán más tarde.

“Mi papá fue el que me enseñó a trabajar la tierra. Y me dejó este tuquito”, cuenta, a la vez que señala, detrás de su casa, un trigal cortado ya en tumultos resecos aquí y por allá; al lado, un potrero donde están reunidas varias vacas, y donde además parece ocultarse un sol bermellón. “Todo se lo debo a Dios, que me da las fuerzas y me dio esta familia. Por eso cada año comparto las bendiciones con los niños de por acá”, explica ahora su celebración ya tradicional.    

Volvemos a la reunión. Los pequeños están comiendo un asado de res, con ensalada. Se escuchan canciones cristianas desde la casa. Cuando vienen los regalos, los ojos de los niños se acrecientan como pocillos de café negro.

La felicidad es total y contagiosa. A las cinco y media, cuando todo ha terminado, la noche descansa del día, porque aquí oscurece temprano. Media hora más tarde estoy en Diriamba, aún vengo con miedo por el viento ululante y los látigos de frío, pero con una perenne sonrisa de andar, la que regala cada año a esos niños, Juan “Pelón, el mecenas de El Tigre.

*Periodista y escritor.
leslinicaragua@yahoo.com