Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

¿Ya les conté alguna vez lo de José y Rosa? ¿No? ¿De veras? Miren que a veces me repito como viejito. Ah, pues si no se lo conté, aquí tienen lo que para mí es uno de los mejores gestos de amor que yo haya visto. ¿Pero de verdad que no se lo conté? Bueno, pues…
Ocurría en Semana Santa. Quiero decir que yo era testigo en Semana Santa, porque desde chiquito me fascinó toda ese despliegue de ritos, ceremonias e imaginería de origen esencialmente andaluz. El olor a incienso y cera, los silencios y la bulla al mismo tiempo, la música, y el ritmo. Como me gustaba el teatro, por supuesto la representación de la Semana Santa también. En particular, lo mejor eran los preparativos, comprobar dentro de las iglesias cómo vestían a las imágenes. José, un hombre mayor, que era de los fundadores de una hermandad en aquella Iglesia de San Pedro, me dejaba estar merodeando mientras él vestía a las imágenes. Creo que era la de la Virgen de los Ángeles, y la túnica y la saya eran celestes, con muy pocos bordados, casi lisos. La única condición que me imponía era la del silencio. Difícil, pero lo trataba de cumplir, embriagado por ese ritual de vestir imágenes. Recuerdo que por entonces, había salido una mancha de humedad en las viejas maderas que sostenían el techo de la iglesia. Vinieron muchos beatos y beatas a verla y a fuerza de presionar, hicieron que el arzobispado se preocupase por decidir si aquella mancha misteriosa correspondía a una señal divina, un saludo del cielo. Incluso me acuerdo de que algunos discutían con toda seriedad si aquella mancha semejaba la cara del Nazareno, o era la de Moisés. ¡Imagínense!, como si dispusieran de fotos de hace más de dos mil años para comparar.

José había sido pescador, y aplicaba su viejo oficio al vestir imágenes, porque algunas, por su disposición requerían de una sujeción oculta que él fabricaba con una red de pescar. Yo creo que una de las cosas más bellas que hay en el mundo son los dedos de un señor o una señora mayor, cuando adoptan el tono y la caricia de una madera nueva, paradójicamente. Me podía pasar horas mirando, como me las paso, mirando un artesano en su torno, los dedos de José repasando el terciopelo con el que vestía las imágenes y los altares. Y si me siento en silencio, hoy como entonces, aún puedo oír cómo suena el roce de sus dedos de madera nueva por el tejido. En ese momento, ocurría. Un sobresalto. El pinchazo, y el dedo de don José chorreando sangre lentamente. Enseguida se lo llevaba a la boca, y lo curaba con su propia saliva. Ya estaba. Seguía vistiendo la imagen. Pero no acababa ahí. Cuando menos lo esperaba, otro pinchazo y otro. A veces, hasta cinco. Había alfileres prendidos por todo el tejido. Alguien se había olvidado de quitarlos.

“Son de Rosa, mi mujer”, me dijo. “Los deja ahí para que me acuerde de ella”. Y el caso es que Rosa y José vivían al lado de aquella iglesia, casi podían verse el uno al otro todo el tiempo. Pero Rosa, en ese momento único de José, en la intimidad de una labor como aquella, quería decirle, como si se le pudiera olvidar, que ella había cosido aquellas ropas, y sus pinchazos eran recuerdos de que aunque no estuviera ahí pegadita, era como si lo estuvieran haciendo juntos. A mí me parecía una exageración. Después, recordándolo de nuevo, empezó a parecerme que Rosa no le dejaba alfileres a José para pincharse, sino como una original manera de decirle que a pesar de todas las dificultades, viéndose o no, le quería.

Una tarde, José me invitó a comer unas galletas a su casa. Rosa había preparado la merienda. Me fijé en los retratos. En uno de ellos, estaban los dos, cuarenta años antes, vestidos de boda. Me tuve que acercar bien, abrir los ojos, para no fallar en la pregunta de “¿pero eran ustedes de verdad?” Tenía que estar seguro. Él tenía un pelo negro brillante, y ella, Rosa, ahora encorvada, lentes gruesas, con las piernas hinchadas, y la espalda doblada de su propio peso de más, aparecía en esa foto como si pudiera tenerse varias vidas en una, una de las mujeres más bellas que yo había visto, con la picardía en los ojos de quien ha ganado un juego. Cómo se puede cambiar tanto, pensé. Sí, eran ellos dos, sirviéndome una merienda en la pequeña casa que compartían junto a la iglesia. Ellos dos, dejándose postalitas de amor y sangre, como para que no se apagase la picardía y la viveza de aquella foto de hacía cuarenta años. Era algo más que la ternura. No se hablaban con especial dulzura, sino que se amaban con una realidad que ellos mismos inventaban.

No sé si a ustedes les pasa con algunos libros. Yo al menos no he terminado de leer nunca obras como El Quijote, o En Busca del Tiempo Perdido. Los empiezo y los vuelvo a empezar por un sitio y por el otro, y creo que estaré leyéndolos toda la vida, sin llegar a terminarlos, aunque los lea al revés. Creo que José y Rosa se leían así, como leían el amor, por un sitio y por el otro, buscándose las vueltas, sorprendiéndose, sabiendo que si uno nunca se conoce del todo, menos se conoce a otra persona, y como las buenas historias, se pasarían leyéndose toda la vida sin llegar a su final.

¿Pero, están seguros que no les había contado ya esta historia? Díganme por si me visita ese temido amigo de otro enamorado, el poeta Josecito Cuadra y su Alzheimer de mentira.

franciscosancho@hotmail.com