Jorge Eduardo Arellano
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Conocido por su disputa con Ernesto Cardenal sobre una valiosa propiedad en Solentiname, el alemán Inmanuel Zerger, nicaragüense consorte tuvo la original iniciativa de conmemorar el sesquicentenario de la travesía por Nicaragua del escritor estadounidense Mark Twain (1835-1910). Además de recorrer nuestra antigua Ruta del  Tránsito, el empresario turístico concibió una obra escultórica en el malecón de San Juan del Sur alusiva a esa efeméride. Para ello recibió el apoyo de la alcaldía local, del Instituto Nicaragüense de Cultura y de la Embajada de EE. UU. en Nicaragua, inaugurándose con singular y merecido éxito el pequeño monumento artístico ––elaborado por el maestro Arnoldo Guillén–– el pasado 29 de diciembre.

Como difusor desde los años 80 de la presencia de Twain entre nosotros (que abarca más de una docena de publicaciones tanto en revistas y diarios) me alegré por la realización de este homenaje. Lo mismo debió sucederle al exdiputado Pedro Joaquín Chamorro Barrios, a quien se le debe la publicación de un excelente suplemento de La Prensa difundido el 2 de enero de 1997, constando de 16 páginas (incluidos anuncios) y 18 ilustraciones. Estas procedían de la Guía de Nicaragua (Roma, 1898) de H. Falcinelli Graziosi, propiedad de Carlos F. Pellas y de la investigación escrita por Frederick Rosengartem Jr.: Freeboters must die! (Wayne, Pennsylvania, Haver Ford House, Publishers, 1973).

Yo facilité a Pedro Joaquín esa interesante obra, más el texto de Mark Twain traducido por Luciano Cuadra (q.e.p.d.) y escribí la necesaria introducción histórica. Así lo agradece Chamorro Barrios en dicho suplemento, no sin dejar de conocer que Jaime Incer fue quien le instó a materializar el proyecto. Mas para promover el turismo no se debe distorsionar la historia ni la literatura. Twain y Darío nunca coincidieron en San Juan del Sur, como lo indica el susodicho monumento donde figuran sentados en una banca conversando. El objetivo era llamar la atracción del turismo nacional, y sobre todo internacional, estafándolos brillantemente. Tampoco Twain es el “padre de la literatura estadounidense”, como reza la placa develada en la ocasión y que Zerger se negó a modificar desobedeciendo al Instituto Nicaragüense de Cultura. Porque Twain ––al contrario de Emerson, Poe y Whitman–– no desempeñó un papel fundacional en la creación literaria de su gran país, siendo ya bien adelantado el siglo XIX un notable narrador y humorista.

Mas el arquitecto Luis Morales Alonso, codirector del INC, aclaró las cosas en su discurso durante el acto inaugural. Transcribo sus palabras: Cuando Mark Twain arribó a San Juan del Sur el 29 de diciembre de 1866, Rubén Darío no existía aun: le faltaban veinte días para nacer. Por eso el encuentro escultórico de ambos en esta población ––hoy ciudad más atractiva del Pacífico centroamericano–– es ilusoria, o más bien, imaginaria. Sin embargo la idea de vincularlos tiene un ficticio sentido literario: el anglosajón es uno de los forjadores de la narrativa estadounidense del siglo XIX y el hispanoamericano el mayor poeta de la lengua española en todos los tiempos, como afirmaba Gabriela Mistral.

Rubén, por su parte, pasó por San Juan del Sur de 19 años y aquí escribió ––el 16 de mayo de 1886–– el poema “Serenata”, dedicado a una señorita rivense: Herminia Chamorro. Además, tuvo conciencia del valor de Twain, como lo demostró en su ensayo publicado en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 18 de marzo de 1896.
Cito: “Mark Twain en su tierra, y en su categoría de humorista, es consonante con el viejo, con el primitivo, bíblico y salvaje Walt Whitman. Ambos son obra del alma yankee. Su fama es universal, su seudónimo y su obra se han popularizado. En Inglaterra tiene tantos o más lectores que en la gran república del Norte y, lo que es más, Francia misma le batió palmas y oyó sus conferencias”.

Nosotros también batimos palmas recordando la travesía de Mark Twain por Nicaragua hace 150 años. Entonces Samuel L. Clemens frisaba en los 31 años y no había publicado ningún libro. Pero muy pronto escribiría el cuento “La rana saltarina en el condado de Calaveras”. Así inició su estilo coloquial y directo, nutrido de la vida cotidiana, que influiría en grandes escritores en su país, sobre todo en Ernest Hemingway. Celebremos, pues, a Mark Twain en el año del centenario del paso a la perdurabilidad de Rubén Darío, la máxima gloria de Nicaragua.