Erick Aguirre
  •   Managua, Nicaragua  |
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En 1990, un año antes de su muerte, el escritor inglés Graham Greene (quien al igual que Karol Wojtyla visitó Nicaragua durante el gobierno sandinista en los años ochenta, pero que al contrario del cura polaco más bien denunció el cerco de presión política y guerra sucia emprendido en su contra por el gobierno de Estados Unidos) publicó La última palabra, una compilación de narraciones de muy variado carácter escritas entre 1923 y 1989.

Son textos que van desde el relato policiaco hasta la recreación narrativa de ambientes y temas cercanos a los de su obra cumbre, El poder y la gloria (1940), pasando por historias de ambiente bélico relacionadas con sucesos y personajes de la Segunda Guerra Mundial, hasta lo que sus editores en castellano consideran su “concisa obra maestra” y que da título al volumen.

La última palabra es un impresionante relato futurista donde, independientemente de sus filias políticas de tendencia más bien progresista, Greene revela casi abiertamente su ya muy conocida filiación religiosa: la narración es en realidad una conmovedora apología moral del catolicismo y de la representación, en mi opinión fetichista y mesiánica, de la Iglesia Católica y en particular del papado como encarnación casi deificada del cristianismo en el planeta.

El relato nos induce a ver casi con simpatía o incluso con ternura a un anciano y amnésico Papa Juan XXIX, el último de la Historia, sobreviviendo en soledad, confinado a un vecindario común en un mundo futuro anticristiano donde la fe religiosa ha envejecido y presuntamente también ha muerto.

“El comunismo envejeció y murió, y lo mismo le sucedió al imperialismo. El cristianismo también está muerto, a excepción de usted”, le dice el General, supremo gobernador de un Mundo Unido, donde parecen haber acabado las guerras y las ideas de nacionalidad se han destruido en beneficio de una entidad global.

El General ha hecho llegar al anciano hasta su despacho para sostener una última entrevista antes de ejecutarlo. El último Papa ha vivido veinte años solo y sin memoria en un pequeño apartamento. Quedó amnésico a partir de lo que apenas recuerda como un accidente y que en realidad fue un fallido atentado contra su vida en la víspera del fin del cristianismo y la llegada del nuevo régimen mundial.

Fue trasladado hasta el despacho supremo en un avión especialmente enviado por el General, en un 25 de diciembre que (aunque no para él) ya no tiene importancia en el mundo, pues el día de Navidad ha sido abolido. “¿Cómo se puede abolir un día?”, se pregunta el anciano en silencio antes de emprender el vuelo.

Viaja acompañado de un oficial que lo deja leer en paz, pese a las prohibiciones, el viejo testamento, y cuyas únicas palabras durante el vuelo estuvieron encaminadas, más que a interrumpir su lectura, a subrayar que las épocas de cambios han terminado, que el mundo está en orden y en él reina la paz. “Ya no hay necesidad de cambios”, le dice el oficial en medio de la mansa tensión del viaje.

Antes de la entrevista con el General, el anciano Papa será despojado de su viejo testamento e incluso de un crucifijo de madera que un día encontró entre los desperdicios de su vecindario y que con un celo aparentemente intuitivo guardó entre sus pertenencias.

Durante la conversación, su poderoso anfitrión le dice que la imagen será añadida a una colección especial y le explica cómo cayeron en el mundo primero las ideologías y después las religiones. Le explica también que ha sido mantenido con vida por conveniencia, pero que al fin ha llegado el momento de terminar con el último vestigio del cristianismo en la tierra.

Con amabilidad le advierte que, en realidad, lo que hará es librarlo limpiamente de las tristes condiciones de soledad y reclusión en que ha estado los últimos veinte años de su vida. Finalmente, después de rehusar la cena y aceptar compartir una copa de vino, mientras murmura ciertas palabras (corpus, domini, nostri...) en una lengua que el General no comprendía, el último Papa de la historia muere ejecutado.

El relato me ha resultado interesante. La idea de un Papa transportado a un mundo “tras el espejo” me recuerda la primera visita de Karol Wojtila o Juan Pablo II a Nicaragua en 1983. Ahora Wojtyla también ha muerto, y su legado llevó al catolicismo a una crisis de credibilidad histórica que parecía acrecentarse con su sucesor, que acabó por renunciar.

Hoy la Iglesia Católica escribe para el mundo algunas de las páginas más impredecibles de su historia. Un nuevo Papa latinoamericano, más abierto y dialogante, quizás marque con su acción a esa Iglesia por los siglos de los siglos.