Adolfo Miranda Sáenz
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Hay quienes buscan la felicidad en el dinero, el prestigio o el poder. Pero allí no se encuentra la felicidad. El mundo nos pone una trampa mortal cuando nos tienta que escojamos el camino de las apariencias, la competitividad y el consumismo. Nos hace creer que una persona vale según el tamaño de su casa, de su auto, de su piscina, de sus joyas, de su cuenta bancaria, etc. Se crean “necesidades innecesarias” que se imponen, haciéndonos creer que son imprescindibles en un mundo falso donde las personas se miden por el dinero y no por sus auténticas cualidades humanas y donde nunca termina la ansiedad de tener mucho para ser “reconocido” o “aceptado” socialmente. 

La verdadera felicidad está en saber apreciar la vida y sus cosas buenas, lo que verdaderamente tiene valor. A veces nos quejamos porque las cosas no nos salen como hubiéramos querido, sin darnos cuenta de todo lo bueno que nos rodea, de los auténticos tesoros como es una buena esposa o esposo, algo sumamente importante para la felicidad de una persona. Y qué decir de la dicha inmensa de tener hijos que sepan amar, respetar y honrar a sus padres, sin vicios, con buenos principios y valores, estudiosos y trabajadores. Otra gran bendición es tener buenos padres. Lo mismo diríamos de los abuelos y nietos. No olvidemos lo valioso que es tener hermanos unidos a nosotros por el vínculo del amor de nuestros padres, y también amigos leales que nos quieran por lo que somos y no por lo que poseamos. ¡Es improbable tener todas esas bendiciones al mismo tiempo, pero basta tener algunas para hacernos felices!

Si tenemos buenos padres, esposo o esposa, hijos, hermanos o amigos, y tanto nosotros como nuestros seres queridos tenemos buena salud, solo nos faltaría “el pan de cada día”—lo necesario para vivir digna y cómodamente— para ser feliz. ¡Eso basta! El dinero en sí no es malo; podemos tener muchísimo o apenas lo necesario; lo importante es sentirnos bien con lo que tenemos, apreciarlo, sin envidiar ni competir con otros y sin caer en la trampa de ese mundo de adoradores del dinero que se someten a su dictadura que les impone cosas innecesarias, obligándolos a una vida consumista, vacía y muy costosa… ¡muy costosa en todo sentido!   

Las cosas buenas que tenemos debemos recibirlas como regalos de Dios, que nos bendice de muchas maneras. A veces lo hace valiéndose de otras personas como portadores de lo que Él nos da. También Dios nos da maravillas hasta en la naturaleza que frecuentemente no apreciamos: el sol, la luna, las estrellas, el mar, las flores, la lluvia, el viento, las montañas… Además de los dones preciosos de la vida y la salud. Pero algunas bendiciones no duran para siempre, los seres que amamos en algún momento —no sabemos cuándo— tienen que dejarnos, las enfermedades a todos nos llegan, quizá a veces no sepamos si mañana vamos a tener “el pan de cada día” o nos vendrán otros problemas. En la vida inevitablemente se sufre y tener dinero, prestigio o poder no evitará ni mitigará el sufrimiento. Por eso siento pena de los que no creen en Dios, porque cuando se naufraga en el mar de tempestades que es la vida no tienen una tabla a la que aferrarse, alguien en quien poner sus esperanzas, a quien recurrir para obtener valor, fue rza y paz en medio de las tormentas. La vida es difícil. Jesús nos dice: “En el mundo tendrán aflicciones, pero no tengan miedo, yo he vencido al mundo”. El dinero no nos evita los peores sufrimientos. ¡Jesús nos conforta, ilumina nuestra oscuridad y siempre nos abre nuevos caminos! 

Abogado, periodista y escritor
www.adolfomirandasaenz.blogspot.com