Jorge Eduardo Arellano
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Cuando llegué a la Universidad Centroamericana (UCA), a iniciar mis estudios de Derecho, en la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Juan Bautista Arríen ya era una celebridad. Su liderazgo trascendía los muros universitarios. Poseedor de una personalidad impetuosa y desbordante, atraía al estudiantado como una aguja imantada. Era una perfecta combinación de deportista ejemplar y de catedrático entusiasta. Arríen era la cabeza más visible en el firmamento deportivo de la UCA. Sus clases de Antropología Filosófica le conferían un aura especial. Sus planteamientos abrían el debate acerca de los orígenes del ser humano y su lugar en la historia. Las interrogantes que lanzaba eran las mismas que se hacían sus alumnos.

Los jesuitas gozaban de fama por su talento y talante. Su presencia en la historia nacional puede medirse a través de las expulsiones sufridas por tratar de incidir en los asuntos políticos del país. Antes de la creación de la UCA en 1960, el Colegio Centroamérica era su símbolo emblemático. El Grupo de Vanguardia se incubó en sus aulas. Carlos Martínez Rivas y Ernesto Cardenal, dos de los más altos exponentes de la poesía nicaragüense, egresaron del Centro América. El grupo de jesuitas en la UCA constituía un conjunto graneado. Se distinguían por sus altas credenciales académicas. Sus grandes cualidades como notables matemáticos, físicos distinguidos, botánicos sobresalientes, filósofos aventajados y pedagogos consagrados, habían convertido a los jesuitas en educadores de alto renombre y en cuyo prestigio se apoyaron para fundar la UCA.

Al despuntar los sesenta cuajó la idea de crear una universidad que diese continuidad a su empresa educativa en Nicaragua. Los granadinos Alberto Chamorro y José Joaquín Quadra, materializaron esta iniciativa junto al sacerdote León Pallais Godoy. Para conseguir el éxito sumaron los afanes de Manuel Otaño, Manuel Pérez Alonso, Carlos Caballero, Ángel Martínez, Santiago Anitua, Álvaro Oyanguren, Adolfo y Julio de la Fuente, Álvaro Argüello Hurtado, Juan Bautista Arríen y Ángel Ugarte, quienes se convirtieron en piedras angulares de esta nueva aventura del espíritu, como denominó a la fundación de la UCA, el poeta José Coronel Urtecho, en su discurso inaugural. La voz de estos académicos resonaba potente y clara en las aulas. Cada uno aspiraba a distinguirse como el mejor profesor. Su influencia se irradiaba a toda Nicaragua. Arríen pronto se convertiría en un interlocutor válido para estudiantes y profesores. Todos le buscaban con la intención de encontrar respuestas a sus preguntas y acogida a sus inquietudes.

El año 1966 marca el inicio del deslinde de la UCA. El dirigente estudiantil Casimiro Sotelo, siendo presidente del Centro Estudiantil Universitario de la UCA (Ceuuca), fue expulsado por sus vinculaciones orgánicas con el Frente Sandinista de Liberación Nacional. El cuatro de noviembre ofrendó su vida por ver una patria liberada. En menos de un decenio, la universidad creada con la pretensión de formar los cuadros profesionales que el país requería, sin padecer las jaquecas y agruras provocadas por los profesores y estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN), se deslizaba por un camino diferente al trazado por sus gestores. A partir de ese momento Arríen comenzó a adquirir una visión diferente de su compromiso con el estudiantado. Se percató que sus vínculos eran más profundos y que las clases sobre filosofía del hombre, sólo adquirían plenamente sentido, siendo consecuente con los principios vertidos a sus alumnos. La asignatura que impartía estaba enraizada en el suelo de la historia.

La huelga estudiantil de 1970 sirvió como detonante. En La vida más allá de uno, puede seguirse paso a paso el itinerario de un acontecimiento que cambió para siempre el destino de la UCA, de sus estudiantes, autoridades, profesores y del mismo Arríen. Su valoración en ese mismo año, de que “la huelga ha sido absolutamente necesaria e indiscutiblemente positiva”, le conduce a expresar que la universidad “estaba estancada y con algunos vicios acumulados”. Sus dilemas éticos quedaron resueltos. Inclinó la balanza a favor de los estudiantes. Este capítulo esencial en la vida de la UCA, adquiere especial relevancia en sus memorias. Sirve para constatar que Arríen había adquirido la suficiente conciencia de que la UCA no era un gueto ajeno a los vaivenes políticos que estremecían al país. Estoy seguro que su preocupación posterior por insistir en que la realidad nacional debía ser el eje articulador de toda iniciativa desarrollada en la UCA, tanto en el campo docente, como en investigación y proyección social, nació de los entresijos de esta huelga. Nada fue igual en la UCA desde entonces.

La crisis provocada por la huelga universitaria, la toma de Catedral y los cuestionamientos explícitos de los estudiantes al régimen somocista, alcanzaron el país. La Compañía de Jesús decidió cambiar al Rector León Pallais, trayendo de Guatemala al uruguayo, Padre Arturo Dibar. Los sacudimientos experimentados en el campus universitario condujeron a que Arríen se fuese a Boston a realizar sus estudios de doctorado en educación. Lejos de debilitarse por la lejanía, sus vínculos con la UCA crecieron y se profundizaron. La vida más allá de uno, cruza de punta a punta la historia de la UCA, y su compromiso permanente con la educación nicaragüense. Arríen ha consagrado su vida al estudio y análisis del desarrollo de la educación nacional. Todo cuanto hace o deja de hacer, ha tenido como centro de gravitación, la mejoría de la enseñanza y la investigación académica. Su mirada no se reduce ni se circunscribe a la universidad. Sabe que del equilibrio de los tres subsistemas educativos -primaria, básica y universitaria- depende el futuro del país. Sus diversos libros son el complemento de una pasión llamada a ensanchar la base de letrados y a permear sus repercusiones subsecuentes con la ruptura de la pobreza y las inequidades prevalecientes en Nicaragua.

Su nombramiento como Rector de la UCA en 1976 le abren las puertas para despegar vuelo. La universidad entra de lleno a un proceso de transformaciones académicas. La oportunidad ansiada le había llegado. Arríen amplía su oferta educativa y fortalece las condiciones para el resurgimiento del movimiento estudiantil, aplastado durante la huelga de 1970. La firme convicción de Arríen por consolidar la organización magisterial en la UCA, muestran su faceta de pedagogo desde una perspectiva distinta. El propio rector se encargó que los estudiantes y profesores contaran con instituciones que hicieran prevalecer sus derechos. Los estudiantes renovaron su combatividad de siempre y los profesores revalidaron su creatividad y credibilidad. Muchos llegaron a formar parte del equipo del rector. Arríen tuvo la suficiente confianza en estudiantes y profesores, convirtiéndoles en sus principales aliados para proyectar a la UCA en el escenario nacional.

Las memorias de Juan Bautista Arríen rebozan optimismo. La vida más allá de uno constituye la demostración más elocuente de su fortaleza cristiana. Ninguno de los reveses que ha sobrellevado han amilanado su espíritu. Más bien uno comprueba cómo se crece ante el infortunio. Su actitud frente a la adversidad es una nueva lección recibida de parte una persona educada bajo los preceptos de San Ignacio de Loyola. La primera provino del Padre Xavier Llasera. El cáncer que devoró la vida de Llasera nunca pudo doblegar su ánimo. Acudía a su despacho todos los días con una serenidad y una entereza digna de reconocimiento y aplausos. La muerte del hijo menor de Arríen, Xavier Ignacio, le estrujó el corazón. Las seis operaciones practicadas a su nieto Xavier Ignacio lo mantienen el vilo. Superó el trance doloroso del cáncer y de la hepatitis C, dando muestras de su acendrada fe en Cristo. Ningún obstáculo ha podido apartarlo del camino esbozado. Arríen continúa trabajando con el mismo interés y disciplina, irradiando alegría a su paso. Su regocijo por la vida se ensancha y contagia.

Mi vida se cruzó con la de Arríen. Desde 1969 recibí sus sabias lecciones del compromiso decidido con la academia. Si Arturo Dibar se encargó de mostrarme la importancia de mantener una prudente distancia frente a los poderes constituidos, en Arríen encontré al educador comprometido con el destino de una patria mejor. Se encargó de enseñarme que de nada servía impartir clases, si uno no asumía en la práctica, las lecciones dictadas a los estudiantes. La razón de ser de una universidad son sus alumnos, recitaba en las aulas. La universidad en su visión tiene un profundo sentido ético. Su ascendiente con los alumnos se debió a que ligó su labor, con sus deseos de hacer de Nicaragua un país distinto. Sus vínculos con Xavier Gorostiaga lo trajeron de nuevo a la UCA. El Instituto de Educación de la UCA (Ideuca), es su magna empresa.

La vida más allá de uno, traza el arco de su vida fecunda, su arraigo con Nicaragua; su grandeza de educador y su firme creencia en la educación, como forjadora de valores y voluntades, no como simple fábrica de profesionales para nutrir el mercado. Su concepción de que la vida sólo adquiere sentido a través del prójimo, del otro como advierte Fernando Savater, testimonian sus cualidades de educador y sus compromisos ciudadanos. ¡Los mismos principios que un día nos enseñó a sus alumnos de toda una vida!
Sus memorias son como “esas palomas que parten al alba y todas las tardes retornan al nido, trayendo una vieja canción en sus alas”. La vida más allá de uno es la melodía que resume su vida. Revelan que su más grande apuesta, ha sido consagrar todos sus esfuerzos, en la búsqueda de una educación liberadora como lo quería Freire y derrumbar las paredes que la separan del mundo, como lo reclama Iván Ilich. ¡Logró que su vida fuera más allá de él y fructificara en cada uno de nosotros para multiplicar su savia!