Jorge Eduardo Arellano
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En el artículo anterior, al hablar sobre los abusos cometidos por sacerdotes o pastores, lanzaba la siguiente pregunta: ¿por qué las iglesias no sólo permiten que esto ocurra, sino que además encubren y protegen al delincuente? ¿Por qué la misma comunidad se vuelve en contra de la víctima?
Desde el punto de vista cristiano no hay excusa alguna para una conducta que fomenta la impunidad para el abusador, la indefensión para la víctima.

Por el contrario, Jesús tiene palabras muy fuertes contra quienes “escandalicen” a los niños y niñas:
“Dijo a sus discípulos: “Es imposible que no vengan escándalos; pero ay de aquel por quien vienen. Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños” .(Lc. 17.1-2)
¿Qué se entiende por “escandalizar”? En este contexto significa sacar a un niño y una niña de estado de gracia original en que ha nacido, de inocencia (porque nacemos en “gracia”, no en “pecado original”). Entiendo aquí por inocencia, el no haber conocido el mal. Quien maltrata física o sicológicamente a un niño o niña, le hace salir de ese “paraíso” inicial, y lo lanza al mundo del dolor, del sufrimiento. Esto es válido para todo tipo de violencia. Y una de las mayores violencias que se puede ejercer sobre un o una menor, es precisamente el abuso sexual.

Según palabras de Jesús: “Es imposible que no vengan escándalos”. Tarde o temprano el ser humano recibe el daño de parte de adultos insertos en una sociedad que no ha sabido sanar sus muchos defectos y crueldades. Pero Jesús no para ahí, sino que agrega: ¡Ay de aquél por quien vienen! ( los escándalos). En otras palabras, el hecho de que es imposible que el mal no caiga en algún momento sobre los pequeños, no excusa ni mucho menos a los responsables de ese mal. Las palabras de Jesús son sumamente duras. Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños” (Lc. 17.1-2).

Para proteger al abusador se suele citar el párrafo siguiente: “Si tu hermano peca, repréndelo; y si se arrepiente, perdónalo. Y si peca contra ti siete veces al día, y siete veces se vuelve hacia ti diciendo: ‘me arrepiento’ lo perdonarás” (Lc. 17, 3-4). Desgraciadamente, la idea del perdón se ha utilizado tantas veces en contra de la víctima, para convencerla de que “tiene que perdonar como perdona Dios”.

Pero veamos cómo dice Jesús que debe ser el perdón: “Si tu hermano llega a pecar, vete y repréndele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano (Mt. 18,15-17).

Evidentemente, no es el niño o la niña abusados, dada la enorme desigualdad de poder en relación con el abusador, quien puede reprender al sacerdote o al pastor. Pero de seguro tarde o temprano se lo contará a alguna persona adulta. Según las palabras de Jesús, esa persona adulta, tiene la obligación de reprender al abusador, ya sea sacerdote, pastor, obispo, cardenal o Papa, que ha violentado al o la menor. El evangelio dice “si te escucha”. ¿Qué significa aquí escuchar? Escuchar implica conversión, es decir, aceptar que se ha cometido un pecado que es además un delito, y asumir las consecuencias, es decir, confesar la verdad ante la comunidad y presentarse ante los tribunales civiles para recibir el castigo correspondiente.

¿Y si no lo hace? Pues denunciarlo ante otros miembros de la comunidad, e ir a hablar con el culpable. Si no “escucha”, que la comunidad entera lo emplace. Y si aún así no asume su delito, lo confieso, y se hace justicia, entonces, dice Jesús “sea para ti como el gentil y el publicano”, es decir hay que expulsarlo de la comunidad de fieles, excomulgarlo y entregarlo a la justicia civil. La excomunión no basta, pues el abuso sexual es, además de pecado, delito penado por la ley.

El perdón es pues un proceso que implica una conversión profunda, radical, sin medias tintas. No se trata de que el culpable pida perdón de mentiras, para que la víctima lo perdone y pueda seguir abusando sexualmente de ella
En conclusión, el abuso debe ser denunciado y castigado, no encubierto y protegido. Y si el abusador es un religioso, razón de más, desde el Evangelio, para denunciar y hacer justicia.

Movimiento contra el Abuso Sexual
hablemosde.abusosexual@gmail.com
michele@ibw.com.ni