Leonel Téller
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En octubre pasado, el entonces candidato Donald Trump dio a conocer en Gettysburg, Pennsylvania, su plan para los primeros 100 días de gobierno, refiriéndose a este como “un contrato entre mi persona y el votante estadounidense (…) para iniciar la restauración de la honestidad, la responsabilidad y el cambio a Washington” y enumeró sus prioridades:

1) Enmendar la constitución para imponer límites a los mandatos de todos los miembros del Congreso.

2) Construir un muro en la frontera con México que el vecino país del sur debe pagar.

3) Congelar la contratación de empleados federales para reducir el gobierno con excepción del personal de las fuerzas armadas, de seguridad y salud pública. 

4) Impulsar un requisito que por cada nueva regulación federal, dos regulaciones existentes sean eliminadas.

5) Prohibir por cinco años, después del cese de funciones de funcionarios de la Casa Blanca y del Congreso, que no puedan trabajar como lobistas.

6) Prohibir de manera vitalicia, después del cese de funciones de los funcionarios de la Casa Blanca, convertirse en lobistas de gobiernos extranjeros.

7) Prohibir a los lobistas extranjeros recaudar y donar dinero para elecciones en Estados Unidos.

8) Renegociar o salirse del TLCAN (Nafta) bajo el Artículo 2205.

9) Oficializar la salida de la Asociación Trans-Pacífico (TPP).

10) Calificar a China de manipulador de divisas vía Secretaría del Tesoro.

11) Identificar todos los abusos que impactan injustamente a los trabajadores estadounidenses y hacer uso de todas las opciones legales, nacional e internacionalmente, para ponerles fin vía Secretaría de Comercio y  Representante Comercial de Estados Unidos.

12) Eliminar las restricciones para producir energía con las reservas de esquito, petróleo, gas y carbón limpio, para generar trabajos en Estados Unidos por un valor de 50 billones de dólares. 

13) Eliminar las restricciones para que proyectos vitales de infraestructura energética avancen, como es el caso del oleoducto Keystone. 

14) Suspender los pagos a Naciones Unidas para programas de cambio climático para la rehabilitación y construcción de la infraestructura de agua potable y el medioambiente de los Estados Unidos.

15) Cancelar todas las órdenes ejecutivas y memorándums inconstitucionales emitidos por el presidente Obama.

16) Iniciar el proceso para llenar la vacante en la Corte Suprema de Justicia. 

17) Cancelar todos los fondos federales destinados para “ciudades santuario” que protegen inmigrantes ilegales. 

18) Iniciar la deportación de más de 2 millones de inmigrantes ilegales con record criminal y cancelar el visado a aquellos países que no acepten a sus nacionales deportados. 

19) Suspender la inmigración de los países y regiones propensas al terrorismo, cuando no se pueda realizar un chequeo de antecedentes confiable, las únicas personas que podrán entrar a Estados Unidos serán las que sus antecedentes han sido debidamente verificados. 

Estos 19 puntos del “contrato” entre Trump y el electorado serán complementados por diez leyes que el nuevo presidente anunció, y no debería ser difícil su aprobación ya que su partido controla las dos cámaras en el Congreso.  

Con estas promesas tenemos una idea de la dirección que Washington tomará y en ese sentido parece ser que la opinión colectiva es que estamos entrando a una era en que posiblemente el orden mundial, como lo conocemos hoy, no será el mismo pos-Trump.  

Prevalece el temor que se originen conflictos, no necesariamente de orden bélico, pero ciertamente del tipo comercial entre las principales potencias y regiones económicas. En esta era Trump algunas de las preguntas son: ¿hay algún espacio para mejorar el mundo por la dimensión y alcance de este país? ¿Podría esta visión “de grandeza americanista” generar un impacto inmediato en al seguridad de Estados Unidos y en el corto plazo incentivar más empleos y prosperidad para los estadounidenses? ¿Podrían, de hacerse realidad estas premisas, tener algún tipo de beneficio para el comercio y la actividad económica en el resto del mundo? La mayoría de las voces de los medios internacionales, analistas y jefes de Estados son de preocupación, aunque hay voces positivas. Por ahora solo nos resta esperar.

El autor es socio de una firma de lobby en Washington D. C.